“Cosas que yo tengo y vosotros no” (V)

Acaba el año y “Cosas que yo tengo y vosotros no”. Después un mes lleno de historias increíbles, aquí tenéis las últimas.

Foto: Dani Bordas

Usera, 1995

Mi tía Juani, que en realidad era la tía de mi madre aunque a nosotros ese detalle nos daba igual porque era nuestra tía, no se casó nunca con ningún señor y en vez de quedarse para vestir santos prefirió vestir a sus sobrinos. Y cuidarlos cuando se ponían pochos, o llevárselos al cine, al centro o a su casa a que le pusiesen la cabeza como un bombo. O darles más caprichos de los que se merecían.

En el 95 yo tenía trece años y estaba muy a tope con el fútbol. El caso es que no tenía ni el talento ni las hechuras para ser un gran jugador del Real Madrid, pero sí que podía tener la camiseta de mis ídolos. O, bueno, regular. Valía una pasta y los Reyes Magos ya habían dicho que ni de coña. Afortunadamente la petición llegó a oídos de cierto paje y un sábado de diciembre por la tarde nos fuimos a una tienda de deportes de su barrio a comprarla. Qué ilusión me hizo. Y todavía hoy me siento orgulloso de haber sabido valorar con una edad tan complicada el esfuerzo que hizo para hacerme ese regalo sin esperar absolutamente nada a cambio.

Eso sí, porque en mi casa somos muy cumpliditos y ceremoniosos con estos asuntos, hasta el día 6 de enero, ni tocarla.
Después sí, después vinieron mil partidos en el recreo y mil veces más que me la puse porque sí. Bueno, porque sí, no; porque me la había regalado mi tía Juani.

 

 

@empeltada hizo una amiga argentina entre rulos y secadores:

Foto: @Empeltada

“Cuando era pequeña siempre acompañaba a mi madre a la peluquería.  Me encantaba el olor del champú,  de la laca y me gustaba ver qué guapa estaba al salir de allí.  Pero siempre se me hacía un poco largo. Un día,  la peluquera (Teresa, una mujer  maravillosa en muchos aspectos) me dijo: “espera, lee esto.  Así no te aburrirás”. Me dio un librito no muy grande, un conjunto de viñetas sobre una niña. Al principio pensé: ” Qué cosa más sosa, esta niña es rara”, pero seguí leyendo. Esa niña no era rara, sino muy interesante. Hacía preguntas muy interesantes. Y me pregunté: “¿Por qué no sabía yo que existía este tebeo?”. Cada vez que iba con mi madre, buscaba rápidamente ese librito y descubrí que había más con esa niña de protagonista,  y con su hermano y sus amigos. Ese año, por Navidad, mis padres me regalaron uno que reunía las aventuras de esa niña a ratos brillante, a ratos impertinente, que aún me sigue fascinando hoy en día.  De ahí que buena parte de las hojas ya no estén encuadernadas. Pero siguen en mi mente como el primer día que las leí.”

 

 

@Concejajala es de las que te dice que los inviernos de antes eran más fríos CON RAZÓN:

Foto: @Concejajala

“En mi pueblo era frecuente que nos quedáramos incomunicados durante días. Hace años la máquina quitanieves subía, si había suerte, una vez a la semana; así que mi preocupación por que sus Majestades tuvieran serias dificultades para llegar a mi casa iba creciendo según aumentaba el grosor de la capa de nieve.

 

-No te preocupes, que son magos- decía mi madre.

 

Pero a mí me parecía que más que magos tenían que ser milagrosos para cruzar, a lomos de tres camellos, aquella nevada. Y debían hacerlo porque en aquellos sacos tenían que llevar una muñeca muy especial. Aquel 5 de enero, como todos los 5 de enero, mis dos hermanos y yo nos metimos juntos en la cama. Que una cosa es que quisiéramos que vinieran los Reyes y otra que no nos diera pánico que tres señores se pasearan por nuestra casa mientras dormíamos. Amaneció la mañana fría y por la ventana se podía ver que la noche no había dado tregua y que la nieve había seguido cubriéndolo todo. “¡Que hayan venido! Por favor, por favor, por favor…” Y mientras bajamos las escaleras pudimos ver cómo alrededor de la chimenea se amontonaban los regalos y entre ellos un paquete enorme con mi nombre escrito con esa letra que escriben los Reyes y que tanto se parecía a la de mi madre. Y allí estaba, para hacerme inmensamente feliz, la muñeca más bonita del mundo. Del mismo Oriente llegó haciendo una travesía milagrosa esta Nancy que, muchos años después, sigue recordándome que para los Reyes Magos nada es imposible.”

 

 

@puringerMe nos cuenta su relato en español, pero podría hacerlo hasta en arameo:

Foto: Puri Ruiz

“Siempre me han encantado los idiomas. Hablo con cierto desparpajo un par de ellos, además de mi lengua nativa, y me defiendo en otros dos más gracias a mi poca vergüenza para hacer el ridículo en público.

Soy la mayor de cinco hermanos, y en los setenta cursaba la EGB. Mis primeros años docentes transcurrieron en un colegio privado… hasta que nos juntamos demasiados Ruiz y aquella enseñanza para ricos que llegué a tocar con la punta de los dedos se desvaneció. Una pena, porque había comenzado a estudiar inglés y estaba fascinada con él.

Llegó 6º de EGB y, con él, de nuevo, los idiomas. «Inglés, inglés, inglés», soñaba: habían sido dos años sin leerlo, sin escucharlo más que ocasionalmente en alguna canción de la radio; lo echaba de menos. Y el director de aquel colegio absurdo —un colegio público en un barrio obrero lleno de profesores de derecha— nos dijo literalmente: «Ya sé que por ahí podéis elegir entre inglés y francés, pero aquí el inglés no nos gusta y podéis elegir entre francés y francés», dijo, pretendiendo ser irónico pero en un tono que aborrecí, por desabrido. Mi gozo en un pozo. 

Regresé cabizbaja a casa. Tanto, que ni siquiera me percaté aquel día —ya llegaban los ochenta— de si me había cruzado con algún yonqui por la calle, un ejercicio visual curioso y común en aquella infancia nuestra. 

Aquel padre mío era, como todos los padres de Madrid Sur de aquellos años, un hombre que nos quería pero no sabía exhibirlo. No le habían enseñado a demostrar afecto: solo a trabajar de sol a sol para traer el jornal a casa. Mi madre debió de comentarle algo sobre mi decepción. Seguramente le llegaban quejas de todos, pero Antonio, mi padre, no sabía gestionar aquellas cosas. No nos besábamos ni abrazábamos más allá de lo protocolario: llegadas, despedidas, vacaciones. 

Aquel día, sin embargo, apareció por mi habitación y dejó caer cuidadosamente un libro extraordinariamente grueso, de tapa blanda y papel biblia, sobre mi cama. Era un diccionario de francés-español y español-francés. Nunca antes lo había visto por allí: debía de guardarlo como una suerte de tesoro. «Me vino muy bien cuando viví allí», me explicó. «Ahora es tuyo.» 

Mi padre había viajado a Francia en los cincuenta. Digo viajado y no emigrado porque no fue exactamente así: tenía veintipocos años, se guapísimo y tenía ganas de juerga. Junto con unos amigos, decidió probar suerte un año «para divertirme, para ligar con francesas», me confesó años más tarde. El francés se le dio genial: lo hablaba con una fluidez pasmosa para una persona que apenas había podido estudiar. Ese don para las lenguas extranjeras lo había heredado yo.

Sigo conservando el diccionario y ahora, cuando lo miro, recuerdo las últimas caricias, los últimos besos, los últimos abrazos que le dediqué. El pasado 17 de noviembre, horas antes de que mi padre muriera, le entregué, juntas, todas las muestras de afecto que no habíamos sabido darnos. Las aprendí de golpe.”

 

 

Si eres amigo de Txema Búa, tú solo tienes que poner el sofá y la peli. De lo otro ya se encarga él:

Foto: Txema Búa

“Como Jesús tenía su Sábana Santa, James Brown su capa y Colombo su gabardina… en Snoopy había un personaje llamado BIS que amaba a su mantita y no se separaba de ella ni un momento.
Bueno, pues así soy yo, y la de la foto es mi inseparable mantita.
Lleva conmigo 33 años y, si bien me tapaba cuando era un guisante y dormía en cuna, ahora, que soy un garbanzo, me tapa casi lo mismo cuando duermo la siesta, cuando veo la tele, cuando juego a la videoconsola, leo un libro, estoy enfermo o simplemente tengo frío y añoranza de los buenos tiempos de crío.

Las reglas básicas se cumplen:
1. Ni Dios toca mi mantita, excepto mi padre a la hora de la siesta, pero porque tiene una bula Papal. Si mi madre me la pide, también se la dejo, ¡que es mi madre!
2. ¡¡La mantita no se tira!!
3. La mantita se lava con suavizante Mimosín para que siempre huela bien y esté suave como antaño.

¡¡La mantita es mi tesoro!! ¡¡¡Y tiene 33 años y ha de durar lo menos cien!!!”

 

 

Pilar Espinosa sabe muy bien lo que es que te den la chapa:

“Hace no mucho cada uno se hacía sus propias juegos, me explico: tenías chapas o no tenías. De algo bueno tenía que servir ser nieta e hija de hosteleros. Nunca veía el lado positivo de criarse en un bar, pero llegó el furor de las chapas. Por fin tenía algo que todos deseaban, todas las chapas del mundo, diferentes marcas y colores, y todas me las proporcionaba cada tarde mi padre al llegar del colegio. Recuerdo que me sentaba en una de las mesas reservadas a la familia con mi bocata de Nocilla, los cromos que tenía repetidos, pegamento, unas tijeras y, por supuesto, algo para poder forrar la foto de cada jugador para que las chapas estuvieran perfectas (por aquel entonces con más ilusión que destreza). Cuando terminé mi colección comencé a seguir pidiéndoselas a mi padre. La necesidad agudiza el ingenio, ya no eran para mí, quería que todos en el pueblo tuvieran la misma suerte que yo de poder crear sus propios equipos sin limitaciones. De algo bueno tiene que servir criarse en un bar.”

 

 

Hasta aquí hemos llegado en 2016. Ha sido un verdadero placer contar con la colaboración y vivencias de todas las personas que han dedicado su tiempo a hacer posible esta serie de artículos. A vosotros, de nuevo: muchísimas gracias.