20 años de ‘Fargo’ o cómo fracasar mejor

Escena de Fargo, con McDormand en uno de los escenarios del crimen.

Marcelo Cohen asegura que los personajes de las obras de Beckett quieren actuar mientras exaltan el estancamiento. Como si quisieran echar un pie adelante y luego el otro, pero se mantuvieran paralizados. Joel y Ethan Coen, que no tienen nada que ver con el escritor bonaerense salvo en sus orígenes judíos pero sí mucho con Beckett, firmaron hace veinte años el guión de Fargo, donde sus personajes principales apenas balbucean o contemplan el paisaje pese a la debacle que se les viene encima. Quieren evitarla pero, o no reaccionan, o todo va a peor. Hasta su embarazadísima e inesperada antiheroína gana prácticamente por inercia, casi sin creérselo.

Los Coen, como Beckett, escriben de fracasos, de largas esperas por cosas que nunca llegan y, en general, de la avaricia, “que suele ser siempre pobre”. Frustraciones y ambiciones que no hacen más que desatar los impulsos más irracionales y acrecentar (aún más) la estupidez humana. Fargo envejece bien porque apunta a cuestiones eternas y dirige su mirilla hacia la pura condición humana. Espejo en el que todos podemos vernos reflejados de forma cóncava o convexa. Y también envejece bien porque, qué demonios, está muy bien hecha.

Este clásico contemporáneo del cine centra su acción en el terreno natal de sus autores: el Medio Oeste norteamericano. Esa Minnesota donde suelo y cielo en sus paisajes se confunden en un todo de blanco nieve. Como sus gentes, anodinas, grisáceas, aplastadas por la cotidianidad. Ahí queda la magistral secuencia final en la que Marge, la jefa de policía de Brainerd —superlativa Frances McDormand—, es la que en el lecho observa orgullosa a su marido por haber logrado que una pintura suya de un pato ilustre un sello de correos. ¡¡¡Pese a que es ella la que ha resuelto, bombo de siete meses incluido, una cadena de asesinatos y un secuestro!!! En el otro extremo, Jerry Lundegaard —H. Macy no puede resultar más creíble en su condición de auténtico prototipo loser— no para en todo momento de torpear con sus estúpidos planes, ya sea para simular el secuestro de su esposa con unos matones (a los que todo se les va de las manos) o para convencer a su déspota (pero triunfador) suegro de que le preste dinero para embarcarse en un negocio que tiene en mente. En el fondo, tanto Marge como Jerry, los ejes de la trama, son lo que en la sociedad posmoderna podrían considerarse unos fracasados. Ella porque ni siquiera intuye cuando ha ganado —o no le da mayor importancia, no va a correr a publicarlo a facebook— y él porque sabe que podría ser mucho mejor de lo que es y, en cambio, acaba siendo cómplice de una panda de psicópatas.

Hay lugares apacibles o incluso páramos estériles en los que a veces suceden cosas extraordinarias. O incluso terroríficas. Hay barriadas donde, de repente, ese tipo normal se convierte en un asesino con katana o donde el vecino que iba a recoger comida al comedor social tiene la suerte de que le toque un cupón. Cualquiera sabe. Hay cosas que suceden donde nunca ocurre nada, como propone el claim de la película. “Esta es una historia verídica”, anuncian antes de los títulos iniciales de crédito. Luego supimos —los actores se enteraron a las dos semanas de rodaje— que todo era una trola de los Coen, pero aun siendo ficción, la historia puede llegar a ser tan real, sus personajes tan de carne y hueso, que acabamos tragándonoslo todo. Porque en el fondo, sin despejamos la nieve de las carreteras y a Paul Bunyan, los paisajes de Fargo podrían ser los de por aquí. En el fondo, Fargo es ese pequeño gran universo donde vivimos cualquiera de nosotros; y su fauna de personajes, muchos de nuestros convecinos o nosotros mismos. Esos a los que nunca les ocurre nada. Esos que, como decía Beckett en Rumbo a peor, solo aspiran a fracasar mejor. A seguir intentándolo en un intento continuo en el que se les va la vida.

Nadie sabe cómo vivir realmente debajo de esa corteza que recubre la civilización occidental entrado el siglo XXI, donde el éxito y el triunfo, la rentabilidad y la competitividad, lo miden absolutamente todo. “Hay cosas más importantes en la vida que un poco de dinero, ¿es que no lo sabe? Aquí está, con este precioso día. No lo comprendo”, le suelta Marge a uno de los asesinos a los que ha logrado capturar mientras lo lleva en el coche patrulla. Al margen de esa especie de moraleja final, la visión absurda y nihilista, tan beckettiana, que imprimieron los Coen hace dos décadas en la cinta original, vuelve a revisitarse en la serie homónima de dos temporadas inspirada en aquella. Veinte episodios con dos historias diferentes —incluso respecto de la época en la que suceden los hechos que se narran— que caminan por libre, aunque con idénticas motivaciones y atmósfera que la original.

En Fargo, tanto en la peli como en la serie, el hielo lo cubre todo, el frío congela los huesos y el fracaso tiene tantas formas de pronunciarse como los esquimales de referirse a la nieve. “Soy un perdedor, nena, ¿por qué no me matas?”, canta Beck en su Loser. “La vida puede recorrerse por tres caminos: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer”, sostiene el Ignatius de La conjura de los necios. “Todos llevamos una triple vida: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos”, dice Antonio, el narrador y protagonista de El azar y viceversa, de Benítez Reyes. En Fargo pierden hasta los que ganan porque ninguno sabe vivir de otra manera. Porque cada uno de sus personajes recorre el camino que le dejan recorrer, sea bueno o sea malo, lo que a veces puede llegar a resultar igual de patético.