Acción reacción

El desagradable saxo de Kenny G es interrumpido por un agudo timbrazo, también desagradable, aunque algo menos.

Se abren las puertas metálicas de un gran ascensor del que sólo salen una pequeña mujer acompañada de un corpulento calvo.

Ella tararea una alegre canción mientras recorre el hall enmoquetado de una inmensa oficina.

No dice nada pero saluda a todo el mundo con una escueta sonrisa.

Todos le devuelven cariñosamente el saludo.

El calvo la sigue a un par de metros. No saluda a nadie.

Ella no deja de sonreír. Recorre ágilmente los laberínticos pasillos transportada por unos diminutos pies calzados con unos sobrios mocasines de piel marrón. Parece que tiene un motorcito interior.

Su acompañante intenta seguir su ritmo, chocando de cuando en cuando con las mamparas prefabricadas que van delimitando los estrechos pasillos.

La mujer se detiene. Coge un poco de aire. Entra en un geométrico habitáculo y repite por quincuagesimanovena vez con la misma sonrisa.

Un hombre regordete y sudoroso da un respingo apartando las manos de su teclado.

-Hola Cariño. ¿Qué haces aquí?

El gran calvo también entra en el despacho. Queda poco espacio libre. Son tres personas, el monitor de tubo, una ruidosa CPU, una montaña de dosieres, un caduco material de oficina, una raída silla a la que le falta la rueda de una pata, un ventilador de sobremesa y una descolorida foto de él, la mujer y un niño feo pinchada en una corchera.

El calvo inmoviliza al hombre por detrás.

Ella se acerca a la silla. Sonríe. El hombre grita.

-¿Qué haces?

El calvo le tapa la boca.

Ella se inclina y manipula los pantalones del hombre has que consigue quitárselos, calzoncillos incluidos.

Él patalea e intenta gritar. Pero el calvo ejerce un poco más de presión sobre su boca y su torso.

Una patada despeina a la mujer. Ni se inmuta. Se le corre un poco la pintura de labios. Le sangra la nariz.

Le mira. Sonríe. Abre su bolso y saca unas tijeras de acero inoxidable de unos 20 cm de largo.

Las abre y cierra un par de veces.

El calvo sujeta al hombre con firmeza. Sus ojos se quieren salir de sus órbitas. Pero por desgracia siguen allí, viéndolo todo. No puede gritar, sólo mugir.

La mujer coge con sus dedos pulgar e índice de la mano izquierda el pellejo del prepucio y estira el pene del hombre. Acto seguido lo corta desde el escroto.

El “chas” de las tijeras es limpio y agradable.

Se incorpora y recoloca un poco el pelo. Abre el bolso. Guarda el pene, la tijeras y saca un pañuelito y un espejo. Se limpia la sangre y el carmín que mancha sus mejillas.

Lo vuelve a guardar todo. Cierra el bolso, se estira un poco el traje de chaqueta y sale del despacho.

El calvo la sigue como un autómata.

El hombre ha perdido el conocimiento y duerme en su silla de trabajo, como muchas otras veces.

Recorren los mismos pasillos por los que llegaron. Ella sonríe a las mismas personas que antes saludó.

Se escucha un agudo timbrazo. Entran en el ascensor. Suena Richard Clayderman.