Agujeros negros

En el vagón del metro en el que voy sentada, entra una pareja con una niña. Escogen un asiento y colocan a la niña a su lado, en uno de los extremos. Por algún motivo que desconozco, a la pequeña le da miedo agarrarse a la barra. Lloriquea cuando el metro arranca y las ruedas chirrían. Los padres intentan tranquilizarla y sacan un cuento de una bolsa. La niña le pega un manotazo, lo tira al suelo y rompe a llorar. Los padres se miran y comentan: «Nada, que ahora le da miedo este cuento».

Yo también tuve una infancia como la de todo el mundo: llena de miedos.

Treinta y tantos años después, todavía sigo recordando un sueño que tuve, en el que a mi profesor de natación —Goyo. Cómo olvidar el nombre del malvado señor que me lanzaba al foso de los cocodrilos cada sábado por la mañana— le salían unos gusanos de la frente. Nunca he intentado interpretar este sueño, pero intuyo que no quería decir nada bueno.

A mis padres les costó un poco pillar que no me gustaba ir a natación; que los dolores de tripa y berrinches, justo antes de salir de casa, y los arañazos dejados en el marco de la puerta, mientras tiraban de mí para meterme en el coche, no eran del todo normales. Mi abuela los puso tras la pista: «Yo creo que la niña no quiere ir a natación». Qué sabias son las abuelas.

Mis padres dejaron de llevarme y yo dejé de relacionar el olor a cloro con aquellos vestuarios fríos, y empecé a fabricar bonitas asociaciones con la tortilla de patata y los filetes empanados que mi abuela preparaba cuando pasábamos el día en la piscina del barrio.

Unos días antes de que cerraran la piscina, al final del verano, mi madre, mientras yo me tomaba un Cola Cao en la cocina, me dijo: «La semana que viene empiezas el colegio». Yo la miré, con ojos tristes, y le dije, con voz lastimera: «Pero yo no quiero ir al colegio». Todavía sigo esperando el «Pues, hija, no vayas. Quédate en casa, a salvo del mundo, todo el tiempo que quieras», que nunca llegó y que me habría librado de pasar el primer recreo de mi vida agarrada a los barrotes del patio del colegio, mientras me comía un dónut de chocolate con cierto sabor salado. En lugar de eso, mi madre me dijo «Pues tienes que ir al colegio», mientras, seguramente, pensaba «Pues no te queda nada».

Los fuegos artificiales de las fiestas del barrio de aquel año, que siempre coincidían con el fin del verano, me sorprendieron montada en un columpio. En cuanto escuché estallar el primero de ellos, quise salir corriendo para ponerme a salvo, bajo techo, para verlos en la distancia; pero tropecé, me caí y el columpio me golpeó la cabeza. Yo, que siempre he sido muy de asociar cosas, sigo notando el columpio en mi cabeza cada vez que veo unos fuegos artificiales.

El metro se detiene unos minutos en la estación y yo busco, instintivamente, como siempre, el enorme agujero de ventilación que tanto miedo me daba cuando era pequeña. Desde mi posición, no puedo verlo, pero sé que está ahí.

Veo que la niña me está mirando, con curiosidad y miedo. «Sé que tú también sabes que está ahí, pero no te preocupes, que no va a hacernos nada», le digo telepáticamente. La niña me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa y respiro profundamente. Ahora soy mayor y el agujero no me da miedo, pero ojalá el tren arranque ya y nos marchemos a la otra punta del mundo.