Alicia a través del armario

Eligieron ese piso por el precio, el barrio no era malo y había un colegio cerca. La mudanza les estaba costando un poco más de la cuenta, el embarazo de Laura hacía que todo fuera más despacio. Trasladaron las cajas con la ayuda del padre y el hermano de Toni; faltaban pocas cosas, terminarían ellos solos. Laura y Toni eran una pareja feliz, el próximo nacimiento de Alicia les llenaba de esperanza.

Era un segundo sin ascensor y quedaban dos cajas por subir. Laura se empeñó en subir una, la agarró y se la pegó a su barriga de siete meses. Tenía los brazos estirados y apenas sostenía el cartón con la punta de los dedos. Paró en el primero para descansar y se abrió una puerta. Una señora mayor, de unos 70 años, con bata rosa y rulos en el pelo, les dio la bienvenida.

Buenos días. Sois los que habéis comprado el piso del carpintero, ¿no? dijo la señora con una sonrisa amable.

Laura soltó la caja en el suelo y resopló. Miró hacia atrás, Toni subía con otra caja en la que se podía leer “CAZOS Y CUCHILLOS”. Él era cocinero.

—Hola. Bueno, se lo hemos comprado al banco —rectificó Laura.

—Ya, claro. El deshaucio. No hay derecho… Desaparecieron sin dejar rastro. Encima de que era viudo, tuvo que criar él solo a su hija mongólica.

—Señora, por favor —le espetó Laura.

—Sí, ya —la señora hizo gestos de desprecio —. Yo sólo os pido que no hagáis mucho ruido, que ayer ya hicisteis bastante.

Toni terminó de subir al primer piso y frunció el ceño sorprendido.

—¿Ayer? No estuvimos aquí.

La señora cerró la puerta haciendo caso omiso y Laura miró extrañada a Toni.

Los muebles no estaban montados, por lo que la cama era un colchón sobre los cartones de la caja del frigorífico nuevo. Para que no pasara el frío del suelo. Toni, tumbado, acariciaba la barriga de Laura mientras escuchaba música a través de unos auriculares.

—Estoy eligiendo música para ponértela en la barriga y que la escuche el bebé —Toni señalaba su oreja—, dicen que es bueno.

—Alicia —vocalizó Laura.

—¿Ya está decidido? —gritó Toni a causa de la música en sus oídos.

—¡Calla!

El día había sido duro y estaban muy cansados. Laura observaba el armario de la habitación. Dos gigantescas puertas correderas de color cerezo. Laura se enamoró del piso por sus armarios: forrados por dentro, amplios; y por el precio. Demasiado barato. Toni acercó su boca al ombligo de Laura.

—Aliiiicia.

—¿Quéee?

Una voz respondió, hueca, desde la habitación contigua. Laura se incorporó bruscamente empujando la cabeza de Toni.

—¿Has oído eso? —jadeó Laura.

Toni, extrañado, se quitó los auriculares.

—¿Qué pasa?

—¿No la has oído? ¡Una voz!—aseveró Laura.

—Tranquila, cariño. Habrán sido los vecinos. Yo no he escuchado nada.

—¿Los vecinos?

—Estamos muy cansados, debe de ser eso.

Laura se volvió a tumbar sin dejar de mirar el impresionante armario. El sueño le pudo.

Se despertó casi a las dos de la tarde. Muy cansada. Toni se había ido a trabajar a las 12 y la dejó descansar. Laura fue directa al cuarto de baño para darse una ducha relajante. Puso música en su móvil y apartó la cortina de la bañera. A los cinco minutos se apagó la luz del sombrío baño. Lo que faltaba, problemas con la luz. Ella creía que Toni ya había hecho todas las gestiones con la compañía eléctrica. Salió de la ducha con la toalla y miró hacia la lámpara, accionó el interruptor sin mucha esperanza y la luz se encendió. El interruptor estaba en posición de apagado antes de que ella lo pulsara. Todos los vellos de su cuerpo se pusieron de punta al ver una inscripción en el espejo: “FUERA”. Se escuchó un portazo en una de las habitaciones y tembló el tabique del pasillo. Laura salió apresuradamente de la casa, enroscada en la toalla, descalza; y desde el portal llamó a Toni.  El miedo atrofió sus manos y apenas podía marcar.

Toni salió del apartamento junto a un agente de policía.

—No hay nadie —dijo el agente—, y en el espejo no había nada. ¿Seguro que su esposa se encuentra bien?

—Muchas gracias, no se preocupe. Están siendo unos días complicados: mudanza, trabajo… embarazo —Toni sonrió al agente y éste afirmó con complicidad.

Toni trató de calmar a Laura, pero no entraba en razón. Insistía en que escuchó a una voz responder y que en esa casa había alguien. Volvieron a entrar en el piso y Toni lo revisó todo de nuevo.

—¿Ves? Nada.

Toni levantó los brazos, haciendo un gesto triunfal. Quizás Laura estaba demasiado cansada, empezó a pensar que era fruto del embarazo. Lo cierto es que últimamente no se encontraba muy bien. Se acurrucó en la cama junto a Toni y éste le puso la boca en el ombligo. Laura lo apartó firmemente, antes de que dijera nada, y se dio la vuelta.

Al día siguiente también se levantó tarde. Toni se había ido. Se dirigió a la cocina, se pensó dos veces si darse un baño. Vio, claramente, una sombra desaparecer detrás de una puerta que se cerró con un sonoro golpe. Esta vez no tembló nada. Cogió un cuchillo de la caja de Toni y, desquiciada, se dirigió a la habitación.

—¿Quién eres? —gritaba.

Entró en la habitación y vio moverse un bulto detrás de una sábana. La apuñaló sin piedad hasta que se tiñó de rojo. Se empapó. A su espalda, se abrió la puerta del armario. Un hombre, de verdad, de carne y hueso, dejaba atrás una pequeñísima estancia en un doble fondo del armario. El hombre, el carpintero, había hecho un gran trabajo.

—¡Alicia! —lloraba el hombre —¡Alicia!