Aparatejos

Probablemente, el regalo que más utilicé de pequeño, fue el walkman. Ese aparato en el que metías una cinta de casete, te ponías los auriculares —aka cascos—, dabas al botón de play y disfrutabas de tu música preferida. La ventaja de este aparatejo era que podías llevarlo a cualquier parte, eso sí, nutrido con un buen paquete de pilas. Eso sí, era un ladrillo de cojones.

Aun así, cualquier chaval deseaba tener uno. Lo que era un coñazo, sin duda, es cuando querías ir a una canción, tenías que hace rewind o flashforward. Podías eternizarte. Sea como fuere, antes de salir a dar un paseo, tus padres te advertían que tuvieras cuidado al cruzar la calle, que: “Como vas con la música a todo volumen, no te enteras y un día vamos a tener un disgusto.

También tuve un discman (yo es que he tenido una infancia, en ese sentido, muy maja ella). Era como el walkman, pero con un CD. Creo que eso fácilmente deducible. También ocupaba lo suyo, aunque era más “compacto”. Y lo maravilloso, lo mágico del asunto, era que en éste, podías elegir la canción en dos segundos, porque era todo digital. En este caso las advertencias eran las mismas a la hora de cruzar.

Y os hablaría del hermano pequeño de estos dos, el MP3, pero tenéis la edad suficiente para no recordar con esa nostalgia que producen los dos anteriores.