¡Arriba la calceta!

Pues sí, amigas y amigos. La calceta, hacer punto, es una actividad llena de beneficios que hoy queremos reivindicar desde aquí.

Antes de nada, hagamos un poco de historia.

La historia del tejido de punto es difícil de reconstruir, ya que las muestras de tejido rara vez han podido resistir el paso del tiempo, por lo que sus orígenes son tan antiguos como imprecisos. No obstante, hay cierta unanimidad en datar el origen de esta labor en Arabia, desde donde se extendería a occidente a partir del 622 d.c. Ya en La Odisea de Homero se relata cómo Penélope, la esposa de Ulises, tejía y destejía por las noches un sudario para guardar su castidad hasta la llegada de su esposo.

Ya en el siglo XVI, cuando se creó el gremio de los calceteros, el tejido a dos agujas era cosa de hombres. El que tejía era el hombre, la mujer hilaba. La mujer que podía tejer era la que se quedaba viuda, y continuaba el trabajo de su difunto marido.

Durante muchos años ha quedado en el imaginario colectivo como una actividad de señoras.

 Sin embargo, alrededor de 2010, el punto tomó las calles, cuando en Houston, Texas, nació el Yarn Bombing (bombardeo de hilo), movimiento de arte callejero que consistía en “pintar” elementos urbanísticos (árboles, bancos, esculturas…) con coloridas creaciones de punto. Un grafiti hecho con hilo en lugar de pintura, sin más intención que aportar color al gris paisaje urbano. Y de ahí, a Nueva York, y desde Nueva York, (claro) tendencia mundial.

En los últimos años ha ido ganando popularidad, hasta arrasar en todo el mundo, existiendo auténticas comunidades de personas que lo practican en grupo para conocer gente y pasar un buen rato.  Paradójicamente ha sido la tecnología, internet, los medios sociales, los que han resucitado una afición tan añeja. La calceta es oficialmente cool.

Basta investigar un poco para encontrar testimonios de hombres y mujeres que han encontrado consuelo en el punto para superar situaciones de ansiedad, depresión, desórdenes obsesivos compulsivos, estrés post-traumático e incluso esquizofrenia. Que no es moco de pavo.

Y es que está estudiado que hacer ganchillo y tejer aportan múltiples beneficios:

  1. Ejercitamos los dos hemisferios cerebrales: pasar la lana por una aguja y luego por otra mejora enormemente nuestra coordinación cerebral, y la destreza manual.
  1. Reduce el estrés y alivia la depresión
  2. Tejer eleva nuestra autoestima: La baja autoestima tiene un efecto negativo para la salud. Las manualidades ayudan a mejorarla: conseguir un objetivo, crear algo útil, crear algo bello a través de la auto-expresión. 
  3. Puede reducir o aplazar la demencia: Varios estudios han demostrado que hacer punto y ganchillo puede posponer la pérdida de memoria relacionada con la edad. La artesanía también puede ser un alivio para aquellas personas que ya están experimentando signos de demencia.
  4. Combate el insomnio:Centrarse en una actividad repetitiva, calma y relaja lo suficiente como para estar más predispuesto a conciliar el sueño.
  5. Reduce la irritabilidad y la inquietud. 
  6. Ayuda en procesos de duelo: Durante los períodos de profundo dolor, el punto y el ganchillo pueden ser reconfortantes: algo que se puede ir haciendo sin mucho esfuerzo, en pequeñas dosis y así poder desconectar momentáneamente de ese profundo dolor. Las texturas y colores de los hilados, el calor de la lana y los movimientos repetitivos pueden conseguir una armonía que ayuda sentirse bien de nuevo.

Por otra parte, el cerebro está preparado para hacer dos cosas a la vez, mientras una de ellas sea mecánica y la otra intelectual. Lo cuál hace de esta labor el complemento perfecto para ver la televisión sin caer en la tentación de mirar el móvil sin motivo a cada momento.

Ya en la Revolución francesa surgió la figura de las tricoteuses: mujeres que se reunían para presenciar las ejecuciones en la guillotina mientras hacían punto. Que sería algo así como hacerlo hoy día viendo, no sé, se me ocurre, Sálvame.