La chica del autobús

 

Uno de mis pasatiempos favoritos cuando voy en el autobús es observar a las otras personas con las que comparto espacio durante un rato. Me gusta jugar a adivinar cómo puede ser su vida a través de los trocitos que se les van escapando, sin querer.

Subo al autobús y me coloco, de pie, al lado de una chica que está custodiando una maleta de gran tamaño. «Irá a la estación de tren, para pasar el fin de semana fuera», pienso. Pero no me da tiempo a jugar mucho más porque, de repente, después de hacer una llamada telefónica, la chica se aproxima al conductor del autobús. Continuar leyendo “La chica del autobús”

Los pasos perdidos

Esta mañana, mientras me duchaba, las he visto, después de mucho tiempo. Mis ojos están tan acostumbrados a ellas que ya no les presto atención. Tengo que hacer un ejercicio de concentración para fijarme en que siguen aquí. Hace mucho que sé que no tienen ninguna intención de abandonarme —y lo tengo perfectamente asumido y me da igual, marcas de cremas milagrosas que me estáis leyendo y os estáis frotando las manos en este preciso momento. Continuar leyendo “Los pasos perdidos”

Sensibilidad sentida

Veo a mi sobrina, de tres años, triste, porque su mejor amiga le ha dicho que ya no quiere ser su amiga, y se me rompe el corazón. A una parte de mí le encanta que sea una niña sensible, pero a la otra le horroriza, porque sabe que le espera toda una vida de sufrimiento. Lo sé porque yo he estado ahí. Y sigo ahí, a pesar de los muchos e inútiles intentos por cruzar la línea y colocarme al otro lado, con los otros: en el lado de los sin (sin sentimientos ni empatía).

Continuar leyendo “Sensibilidad sentida”

Vecinos

En las mudanzas se hace limpieza de trastos y de vecinos. En esta última he dejado atrás un sofá y el idilio secreto entre mi vecina de arriba —La Tacones— y mi vecino de enfrente —El Guapito—, sin que La Médica, la mujer de El Guapito, supiera nada. O eso me imaginaba yo.

Me he quedado con las ganas de saber cómo continuaba la historia que me iban contando, a trozos, unas paredes demasiado finas y la falsa sensación de intimidad y confianza que te da el cerrar la puerta de tu casa y pensar que allí estás a salvo de todo. Continuar leyendo “Vecinos”

Paciencia

—¿Cuándo empiezan las uvas?

—Ahora, en un ratito, cariño.

—Pero yo quiero que empiecen ya.

—Pero es que empiezan en un rato, cielito.

—¡Quiero que me pongas las uvas!

—¡No te las puedo poner! Las uvas se toman justo antes de que den las doce y es entonces cuando salen en la tele. No se pueden adelantar ni atrasar porque tú quieras verlas. Son cuando tienen que ser. Continuar leyendo “Paciencia”

Navidad

De las Navidades de cuando era pequeña recuerdo mis mofletes colorados porque la calefacción en casa de mi abuela Pepa estaba siempre altísima; las cenas alrededor de la mesa, cuando todavía estábamos todos; la ensaladilla rusa de mi madre, que aún hoy sigue siendo un plato que le pedimos que prepare en estas fechas; las sesiones al piano, después.

Continuar leyendo “Navidad”

Descubrimientos

—¿Quién es?

—Soy yo.

—¿Qué vienes a buscar?

—A ti.

—Ya es tarde.

—¿Por qué?

Continuar leyendo “Descubrimientos”

‘Hórror vacui’

Hoy tengo uno de esos días en los que no me apetece hacer nada y no consigo centrar mi atención durante más de cinco minutos en cualquier cosa que haga: escribo una línea, la borro, apago el ordenador; cojo un libro, leo tres páginas, lo cierro; empiezo a ver una serie, me doy cuenta de que hace rato que no me entero de la trama, apago la tableta; miro el móvil, deambulo entre las aplicaciones, lo dejo. Continuar leyendo “‘Hórror vacui’”

Inocencia interrumpida

Nunca había ido con miedo por el barrio. El colegio estaba a cinco minutos andando de mi casa —«Ahí al lao», que decimos los madrileños, que, como todo el mundo sabe, medimos las distancias así—, el reguero de niños hasta el mismo era incesante y, aunque en el parque se veían algunas jeringuillas, la convivencia con los yonquis siempre fue pacífica. Continuar leyendo “Inocencia interrumpida”

Un poco de prehistoria

—Hola, me llamo Lhya y estoy enganchada al chat.

—Hola, Lhya. Bienvenida a Chateros Anónimos.

Así podría haber empezado una de esas reuniones a las que no habría estado mal asistir allá por 1998.

Continuar leyendo “Un poco de prehistoria”

‘A kind of magic’

Cuando mi profesora de parvulitos —palabra que me encanta, aunque ya no se use, porque es decirla y acordarme de los Phoskitos (tragaldabas se nace) que me comía en los recreos, cosa impensable ahora, creo, entre tantos L. Casei Imunitass— me enseñó a leer, yo no podía imaginar que, en realidad, estaba haciendo mucho más que darme la clave para descifrar lo que ponía en los carteles de las heladerías de «Mágala», como me empeñaba en referirme a Málaga (la dislexia hacía que sonase mágico), lugar donde mis padres me llevaron algunos veranos. Continuar leyendo “‘A kind of magic’”

Todos y todas

—Buenas tardes a todos. Hoy tengo el honor de estar aquí… Veo una mano levantada en la primera fila. Las preguntas las responderé al final. Continuar leyendo “Todos y todas”

La tiranía de la sonrisa

“Sonríe, que estás más guapa”, me suelta, en el metro, un tipo que no conozco y que está en el asiento de enfrente. Lo miro, con mi dolor de muela del juicio, y, como no sigo su consejo, contrariado, me dice: “Chica, qué siesa. Pues un día sin sonreír es un día perdido”. Miro el móvil: son las siete y cuarto de la mañana. Es demasiado pronto para una discusión, así que subo el volumen de mi lista de reproducción Canciones para hundirme en la miseria y cierro los ojos. Ya no lo veo ni lo escucho, pero sé, perfectamente, que él me está diciendo algo como “amargada”, “creída” o cualquiera de esas cosas recurrentes. Continuar leyendo “La tiranía de la sonrisa”

Agujeros negros

En el vagón del metro en el que voy sentada, entra una pareja con una niña. Escogen un asiento y colocan a la niña a su lado, en uno de los extremos. Por algún motivo que desconozco, a la pequeña le da miedo agarrarse a la barra. Lloriquea cuando el metro arranca y las ruedas chirrían. Los padres intentan tranquilizarla y sacan un cuento de una bolsa. La niña le pega un manotazo, lo tira al suelo y rompe a llorar. Los padres se miran y comentan: «Nada, que ahora le da miedo este cuento». Continuar leyendo “Agujeros negros”

Ave María purísima

Quiero confesarme. Sí, ahora. De algo que sucedió hace muchos años. Ha pasado mucho tiempo y supongo que el delito ya ha prescrito, pero a mí me sigue pesando. Quiero confesar y entregarme. Aunque me encantaría que viniera alguien ahora mismo y me dijera que apagara el ordenador y que me fuera a la cama, la verdad. Como aquel mensaje que aparecía cuando llegabas al final del Monkey Island, aunque fueran las cinco de una calurosa tarde de julio. Continuar leyendo “Ave María purísima”