Ave María purísima

Quiero confesarme. Sí, ahora. De algo que sucedió hace muchos años. Ha pasado mucho tiempo y supongo que el delito ya ha prescrito, pero a mí me sigue pesando. Quiero confesar y entregarme. Aunque me encantaría que viniera alguien ahora mismo y me dijera que apagara el ordenador y que me fuera a la cama, la verdad. Como aquel mensaje que aparecía cuando llegabas al final del Monkey Island, aunque fueran las cinco de una calurosa tarde de julio.

«Apaga el ordenador y vete a la cama». Aún recuerdo la extraña sensación de vacío que me invadió cuando apareció ese mensaje en la pantalla. «¿Cómo? ¿Ya? ¿Por qué?». Después de muchas horas frente al ordenador, diseccionando aquel juego que ahora nos dejaba un poco huérfanos, mi padre y yo, como Holmes y Watson después de resolver un caso, entre risas nerviosas, nos habíamos quedado sin nuestra excusa favorita para pasar tiempo juntos. Teníamos más. Muchas más. Montones más (Indiana Jones, Loom, King Quest…). Pero el Monkey Island era nuestra favorita.

Aquellas tardes son uno de esos instantes de mi vida en los que habría guardado partida («salvado», como decíamos por aquel entonces) si hubiera podido, para volver allí muchas veces; para refugiarme en esos momentos siempre que lo necesitara; para llegar a casa cualquier tarde, desplomarme en el sofá y decir: «He tenido un día horrible. Voy a asomarme un momentito a cuando yo cogía una silla y me sentaba al lado de mi padre, en el rincón del ordenador, para abrir, cerrar, tirar, empujar, andar, coger, hablar, dar, usar, mirar, encender, apagar, empujar, que eso ya lo has intentado antes y no ha funcionado, y vuelvo».

Durante mucho tiempo, en casa de mis padres, siempre hubo dos constantes: unos sofás naranjas y el rincón del ordenador, donde muchos años antes de que mi padre y yo nos sentáramos a entrenar para el concurso de escupitajos, había un Spectravideo MSX que tenía estropeada una de sus conexiones, lo que hacía que hubiera que manipularlo con el pulso de un artificiero y yo tuviera que contener mis ganas de aporrear el teclado, cuando me mataban, para que la criaturita no decidiera apagarse de repente y perdiera la partida a la que llevaba dedicándole toda mi… E-R-D-A. Otra vez. «LOAD”CAS:”,R». Y a esperar.

—Jo, papá. Qué rollo es esperar. Y es que, encima, este juego ya me lo sé de memoria.

—El domingo por la mañana vamos al Rastro y lo cambiamos por otro.

Ignoro si éramos la generación más preparada de la historia —empiezo a sospechar que no—, pero, desde luego, sí que hemos sido una de las más pacientes: la paciencia forjada a base de cargar juegos en cinta es de las buenas. Intentaré recordarlo la próxima vez que esté en el metro sin cobertura.

No recuerdo cuándo dejamos de jugar juntos. Supongo que fuimos haciéndonos mayores y, poco a poco, dejamos atrás aquellos ratos —nuestros ratos—; las consultas al diccionario de inglés para poder hincarle el diente, con ansia, a ese juego que aún no se había comercializado en español; la satisfacción cuando, después de muchas vueltas, por fin dábamos con la tecla; la frustración al no hallar una salida para poder continuar; las promesas de no jugar si no estábamos los dos…

Y justo eso quería confesar hoy, papá. Que sí. Que aquella vez que me preguntaste si había jugado cuando tú no estabas y te dije que no, te mentí. Pero ha sido la única vez. Te lo prometo.

3 opiniones en “Ave María purísima”

  1. – ‘Cargar’ ‘bocata de nocilla’ mientras comes ‘casette’.
    – No creo que eso funcione.

    – ‘Dejar comentario’ ‘Me ha encantado’ en ‘Ave María purísima’.
    – Ok.

  2. Muy chulo!
    Qué tiempos los de cargar los juegos con el casette mientras te comías un bocata de nocilla.

  3. ¡Qué tiempos tan bonitos cuando yo descubría al mismo tiempo la informática y los juegos de aventuras y los compartía con mi hija. Pues sí, alguna lágrima he dejado caer. ¡Precioso!.

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