Barro

Entramos juntos. Me cedió el paso.

Nos miramos de arriba a abajo cuando el otro hacía que no miraba.

Nos juzgamos.

Sus ojos, brillantes pero no alegres. El cuello de su camisa, de marca pero raído y desgastado.

Su pelo, algo grasiento. Su dentadura al decir “buenos días”.

Él también sacó sus conclusiones sobre mí.

Mi energía, esa que desprendes cuando las cosas te van bien.

Mi complicidad con todo lo que me rodeaba, todo en su sitio, todo perfecto.

Mi estructura ósea, corpulencia y fuerza vital. Mi sonrisa. Sincera.

Mis 80k. Mi chaquetón sin abotonar, dejando paso libre al hígado.

Mis rodillas, que se doblaron.

Caí desplomado como un ancla. Ni siquiera noté el pinchazo.

Sólo pude verle salir cuando las puertas del ascensor se abrieron.

No se despidió. No se giró para verme.

Sus zapatos, de cordones. Sucios de barro. El barro que ahogaba su mirada.

Las puertas se cerraron. El ascensor subió un piso más. Las puertas se abrieron.