‘Black Mirror’: cuando el síndrome de Estocolmo usa iPhone

Nadie que vea Black Mirror puede dejar de darse por aludido. Puede que la serie no le ataña porque sea un ermitaño sin cobertura en lo más alto de un Ochomil. Pero quien más (esos que solo levantan la cabeza del móvil para esquivar árboles y semejantes) y quien menos (ese padre que hasta hace poco no tenía smartphone y ahora habla en los grupos de WhatsApp), sentirá una inquietante sensación. Agobio. Habrá cosas que no se le quiten de la cabeza.

Quizás haga hasta propósito de enmienda (como muchos de los protagonistas) pero está convencido de que en el fondo no servirá de nada. Reincidirá como si hubiera una plaga de afectados por el síndrome de Estocolmo, ese en el que el secuestrado siente una extraña fascinación y dependencia de su secuestrador. Sucede en ese momento como una especie de punzada en el cerebro que nos lleva a… (Clinnnn)… Disculpa. Ha sonado mi iPhone 6 (ojalá tuviera ya el 7, como bien sabe Apple). Miro la pantalla.

Tengo varias notificaciones. Nada grave: un par de corazones en Instagram y dos globos de alerta en Facebook. Alguien está comentando o compartiendo algo en algún grupo. No me resisto a mirar. Desbloqueo el móvil. A veces busco la excusa de mirar la hora para reactivarlo (sin acabar viéndola) y otra es por imperativo de alguien, generalmente, cercano, ajeno o muy ajeno a mi vida. Una publicación acumula varios me gusta; alguien me ha obligado a ver su post con las fotos del increíble viaje que acaba de hacer (esas que antes solo veíamos forzosa y solemnemente a los postres cuando nos invitaban a su casa a cenar. Ya ni eso)… Hay movimiento en WhatsApp. ¿Tuiteo algo? El mail también parece que nos reclama. Revisamos los chats y ese nuevo correo en la bandeja de entrada. Volvemos a Facebook, poca novedad más… ¡Oh, vaya! Algún capullo engreído ha editado un libro, ha plantado un árbol y ha tenido un niño. Todo en el mismo instante. El summum en el árbol de la vida, en la existencia de la raza humana desarrollada. Él sí, y tú no. Otro ha compartido por inercia una reivindicación social; otros aplauden al político de turno; otros machacan al político de turno. Miro la hora… (Clack). Bloqueo el móvil. Vuelvo a la realidad (o eso parece). Sigamos.

¿Te resulta familiar algo de lo expresado? Sabes que sí. Y no sé si sabes que de todo eso habla Black Mirror. De ese espejo fragmentado y distorsionado al que miramos cientos de veces cada día. Incontables. Porque ya no basta con levantarte y quitarte las legañas ante el espejo tras echar la primera meada del día (la de los análisis de orina). Ahora el primer acto reflejo antes de dormir y al abrir los ojos es desbloquear el móvil y ponernos frente a ese ‘espejo negro’. Hasta ahora los títulos de las dos temporadas y un episodio especial de esta serie británica casi cabían en un tuit de 140 caracteres. Con el estreno de la tercera temporada en Netflix —los seis capítulos estrenados de una tacada— vuelve esa retina luminiscente con el mismo reflejo retorcido y cruel. Más grande y más cara, mejor peinada y promocionada, pero con sus mismas obsesiones.

Charlie Brooker, el padre de la criatura, reconoce influencias de La Cabina, aquella hipérbole de Mercero sobre la alienación y la incomunicación. Su tono, a veces paródico —él también es guionista de humor— y con no poco pesimismo y moraleja, se centra en la crítica social de una forma ácida y kafkiana. Un conjunto de capítulos independientes que condenan explícitamente lo que él llama la tecno-paranoia que vivimos-experimentamos-sufrimos en estos días. Black Mirror nos señala con su dedo acusador y nos da una bofetada para tratar de devolvernos a la realidad.

Como un boca a boca o una extrema unción, quiere llevarnos a esa realidad en la que éramos capaces de concentrarnos; de leer algo más que microtextos; de limitar y refrenar nuestro narcisismo y soberbia; de influenciar solo con el boca a boca; de vernos, tocarnos y llamarnos para felicitarnos los cumpleaños. De oírnos y sentirnos. De conocernos poco a poco sin considerarnos amigos. Esa en la que no podías volar a realidades virtuales más allá de la que nos dictara nuestra imaginación. En la que los recuerdos eran eso: recuerdos. Esa realidad que ahora nos resulta a menudo tan extraña y ajena. Ese otro lado del espejo en el que a veces ya ni nos reconocemos. En cambio, estamos envueltos en un tiempo-ficción en el que un bulo viral en un grupo de mensajería instantánea se propaga a la velocidad de la luz. O en el que con tanta supuesta información ya nadie se entera realmente de nada. Nadie sabe nada de eso que llaman contexto o de lo que en las relaciones personales representan la mirada y el gesto. La serie ataca ese punto de inflexión en el que dejamos de ser conscientes de que ya no tenemos el control de la que creíamos como nuestra vida. Y nos da la agria bienvenida a esa nueva era en la que todo esto se vive y se asume como pasmosamente ordinario y cotidiano. ¿A que acojona? (Clinnnnn)