Dos bocadillos para el recreo

Paso por la calle de un colegio después del recreo. Dentro de éste poca basura. No es como cuando yo era pequeño, por más que se empeñen en decir, los niños de hoy en día tienen más educación que los de antes. No sé si la tienen, pero al menos la reciben.

No pasa lo mismo fuera. Un ejército de niños sobrealimentados hacen su ritual diario. No tienen hambre o, simplemente, lo que les han puesto de desayuno no les gusta y tiran el bocata al exterior. En un intento de limpiar sus pecados ‘bocatiles’ se deshacen de las pruebas. Decenas de panes con un mordisco o dos, semidesnudos, cubiertos por un papel de aluminio arrugado. Y el foie-gras ennegrecido. El paseo de la vergüenza del hambre y el consumismo.

La nostalgia se empeña en maquillar los recuerdos. No me consta que esa práctica fuera normal cuando era pequeño. Todos nos comíamos lo que nuestras madres habían metido en la mochila. Las había ingeniosas que cada día preparaban algo diferente y te sorprendían; y las había clásicas que no salían de la seguridad del chorizo. Había niños que eran conocidos por sus bocadillos, no famosos por ellos, sino diferenciados de otros por lo que traían entre pan y pan: “Andrés. Sí, hombre, el que trae bocata de mejillones”. Qué asco, hijo mío. Ahora sí que me lo podría comer, pero el paladar de un niño de nueve años es un poco diferente. Al menos el mío.

Algún suertudo llevaba Bollycao, que en un colegio público era como “buah, este es rico”. Querías que te adoptaran sus padres. Una familia que te da dulces para comer en el recreo debe de ser la bomba. Otros traían fruta, los muy pringados, claro. El que sacaba el sandwich de pan Bimbo, por mucho que fuera de tres pisos, era tachado de cutre, y el de las ‘mediasnoches’ de jamón de york y queso, como mínimo de mariquita. Y por desgracia, más de uno que no traía nada. Los niños eran crueles, como ahora, pero había muchas excepciones, muchas, que daban la vuelta a la regla. Como limosna o como lo que fuera, esos niños siempre recibían medio bocadillo de alguien: de Dani, el de los bocatas gigantescos que nunca se los comía enteros, pero nunca los tiraba; o del otro Dani, el que tenía el alma más grande que las costillas. En resumen, que no se tiraba nada, porque éramos de la generación de los que se criaron viendo ‘negritos’ con la panza hinchada en la tele -que tú pensabas que tampoco estaban tan delgados con esa barriga. Ay, madre-.

No sé si ya todo el mundo tiene para el ágape de entre clases, si lo que os cuento era realidad o no, o sólo una ilusión de mi mente ochentera. Lo que sí sé es que la comida era otra cosa, no era de usar, manipular y tirar.

Yo, que era un gordito, me lo comía todo. Y era de los que pedían, de los que les tenías que poner los dedos para que no diera el bocado más grande de la cuenta. Puede que me comiera la parte de algún niño desfavorecido. Puede. Y también puede que algún día llevara dos bocadillos para un amigo que lo necesitara. También puede que algún día me comiera los dos. Y sobre todo puede que un día me trajeran un bocata a mí porque creían que no llevaba nunca. Porque puede que durante un tiempo me diera por comérmelo antes de entrar, por la mañana y llegara al cole con las manos vacías. Pero sólo puede.

Qué hambre me ha entrado.