Capítulos apócrifos de Guerra Mundial Z: Montelamancha (España)

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[Espiridión mueve su garrote, rotándolo entre las manos, sentado en una silla de enea desvencijada.]

Montelamancha creo que es la única pedanía de Castilla – La Mancha que está en una colina. Lo fundaron los romanos quitándole la gorra al monte, y luego fue asentamiento árabe, cristiano, hubo un castillo… en un terreno tan llano, 150 metros de altura con mucha cuesta supone una ventaja pa la guerra y desde allí se controlaba to el campo que hay entre Turleque, Tembleque, Madridejos y Villacañas. Nunca fuimos un pueblo porque el espacio arriba’l monte es pequeño, apenas caben 40 casas y somos poca gente, 150 habitantes, casi todos gente mayor, pero eso fue lo que nos salvó.

[Espiridión levanta el garrote y hace un arco amplio a lo largo del pueblo]

Estando tan lejos de la cevilización, siempre nos hemos tenido que apañar solos. Venía un médeco 2 veces a la semana y algunos sumenistros los traían en camión, pero en cuestiones de comer o te arreglas tu solo en mitad del campo o te mueres de hambre.

Eso sí, pa no faltar teníamos un terrateniente, Don Crispín, que decía que era discendiente del Conde de nosequé y que todo el mundo odiaba porque había montado una chatarrería a pie de monte y había vendido parte de sus terrenos para que guardaran allí un cementerio de mierdas.

Cuando empezó todo esto de los revivíos a nosotros nos caía muy lejos. De hecho, durante la Guerra Civil tampoco nos dieron mucho por el saco y no le dimos mucha importancia, hasta que Toño el médeco que vivía en Tembleque y que tenía aquí una sobrina, pasó a explicarlo y nos dimos cuenta que esta vez no nos íbamos a librar. El Toño nos reunió, antes de coger el coche e irse pa’bajo (al sur), que lo que venía era como la langosta, pero que no comía trigo sino personas y que para esto no había inseticida. Que había que marcharse o los revivíos se nos comerían como el gusano’la patata.

Como todos éramos gente mayor, que llevamos aquí toa´la vida, irse del pueblo era una cosa muy dura, ¿sabe? Mis padres nacieron aquí, yo nací aquí y así muchos.

[Un camión con soldados pasa despacio por la calle del pueblo – solo una – camino de la carretera]

Una noche, mientras veíamos el parte en la tele del bar, llegó la pior noticia. El gobierno había puesto una línea de defensa en la Vega de Ciempozuelos, justo donde la Batalla del Ebro, para intentar proteger lo que quedaba limpio de España pero como en la capital vivían muchas personas y estaban todos infetaos, cuando empezó el invierno y se dieron la vuelta p’abajo buscando calor, rompieron aquella barrera como quien rompe una puerta de establo mal colocá. En el parte decían que había que huir hacia el sur y ponían imágenes de los revivíos andando por el campo.

Estábamos todos más callados que putas cuando alguien al fondo del bar, nu  quién fue, va y casca “parecen El Fanegas en las fiestas del pueblo“. El Fanegas, que en gloria esté, le gustaba más el vino que toas las cosas y durante la verbena iba dando tumbos aquí y allá con la bota’vino siempre colgada al hombro. Alguien dijo “pobre Fanegas, ¿os acordáis el día que metió un pie en una rueda?

Creo que no fue idea de uno, sino que allí mismo en el bar fuimos varios los que nos acordamos de la anédota y vimos que era lo mismo. El Fanegas había metido un pie en una rueda tirada en un lao del camino que llevaba a su casa y se había pegao toda la noche intentando sacar el pie de allí, enganchao, con toa su borrachera.

Así que como no teníamos intención de irnos del pueblo, en lugar de pensar que a morir, había que intentalo.

Cogimos los tractores con los remolques y nos fuimos para el basurero de Don Crispín. Allí había mellones de ruedas viejas que cargamos y fuimos poniendo, perfetamente puestas, en toa la ladera de la colina. Eso nos llevó una semana y casi nos murimos de la paliza. Mientras, Don Crispín, que no movió un deo, no hacía más que apuntar lo que cogíamos y gritaba que lo tendríamos que pagar. Luego, en los campos de olivos, atamos cuerdas entre los arboles pero a lo loco, sin pensar, y pasar por allí era un follón.

Mientras, se contó tó lo que había pa’comer, se bajo a los silos a buscar grano, se subieron plantones y fuimos con toas las furgonetas a Madridejos a buscar las medecinas y cosas que se pudiera. Como el pueblo estaba vacío cuando llegamos arramblamos con tó lo que pudimos, y cuando volvieron traían de : hasta cartuchos descopeta, herramientas, y el Perales trajo dos rollos enormes de cable que encontró de la Telefónica. Muchos lo creticaron porque aquello no servía pa ná, pero luego nos salvó la vida.

[Espiridión vuelve a levantar el garrote y señala la ladera llena de ruedas perfectamente colocadas]

Si para una persona normal andar por encima de los numáticos es complicao, imagine a los revivíos. Cuando empezaron a llegar, intentaban subir a las casas pero se enganchaban metiendo los pies en las ruedas y allí se quedaban. Al principio fue bien porque eran pocos, pero una semana o asín después empezaron a llegar como la langosta. El médeco tenía razón.

Al principio, se quedaban enganchaos en las ruedas y no dejaban pasar a los que iban detrás, pero como había tantos, al final acabaron pasando por encima. Los que se caían hacían de suelo para los de atrás o simplemente se arrastraban por encima de los numáticos y subían más deprisa.

No crea que no estábamos asustados, pero semos gente del campo y no arreciamos por ná. Vigilábamos de día y de noche ver hasta donde subían y cuando nos dimos cuenta que los que se arrastraban iban a ser un problema, aprovechamos el cable que había traído el Perales.

[Espiridón señala una rueda con asa que han traído para que la pueda ver]

Mira, se hace un agujero en un lado de la rueda, se pasa el cable este que es medioduro, se hace un nudo en el extremo y un arco grande hasta el otro lado de la rueda hasta el otro agujero con otro nudo. Parece un asa, pero los revivíos que se arrastraban se quedaban allí enganchaos y ya no subían más.

Luego pasemos lo peor. Como había tantos, empezaron a formar montones mu’grandes y al final se derrumbaban y así iban subiendo monte arriba. Pa evitar eso, había que bajar hasta cerca de donde estaban cuando se hacía un montón grande y con unas varas largas entre tres o cuatro, se empujaba pa’tras el montón desde la parte de arriba para que cayeran rodando monte’abajo. Allí perdimos al Perales, al Antonio, al Luis y a unos cuantos más, sobre todo cuando volvían, porque andar por encima de neumáticos es difícil pa los revivíos, pero para gente mayor como nosotros tampoco es fácil.

Así aguantamos 6 meses. Comida no faltaba, lo pasemos peor con el agua y con las muchas horas que había que estar al borde del monte vigilando. Esa era nuestra vida: te levantabas, te ibas al borde, te sentabas en una silla, y a vegelar que no subieran.

Un día pasó un licotero y luego pasaron 3 o 4 más. Poco después una unidad del ejército, buenos zagales ellos, se descolgaron de uno de esos cacharros en medio’l pueblo y nos hicieron un montón de preguntas sobre como habíamos hecho eso.  Les enseñamos todo: las ruedas, las ruedas con asa, los olivos con cuerda y las varas para tirar montones. Se apuntaron y nos trajeron medecinas y se llevaron a la Felisa y la Gertrudis que estaban muy malas de sus cosas. Luego nos enteramos que nos habían copiao por todo el mundo lo de las ruedas pa sujetar a los revivíos mientras la gente se organizaba. Qué cosas, tanto listo pol mundo y mira cuatro paletos la que montamos.

Como un mes después, empezamos a oír música que venía desde Madrilejos y los revivíos empezaron a moverse pa´lla. Se ve que les gustaba Bertín Osborne, pero luego supimos que aquellos era una trampa pa matarlos a todos. A semana pasada de aquello llegaron camiones con gente por la carretera y limpiaron la ladera de todos los que se habían quedado enganchaos en las ruedas, que eran muchos, y nos dijeron que si nos queríamos ir para Granada, que era zona limpia y estaríamos seguros. El Zorzales les dijo que “unos cojones” y no hubo más que decir, nos quedamos allí, que para eso es nuestra casa. Claro que vinieron más revivíos, pero ya eran mu pocos, estaban mu podríos y era fácil acabar con ellos de un azadonazo en toa la testa.

[Le pregunté si pagaron a Don Crispín]

El pisacharcos ese nos quiso cobrar 1 euro por cada numático que habíamos cogido. Como le dijimos que ni una, se puso a chillar y salió de su casa con una escopeta diciendo que o le pagábamos o nos llevaba a la Guardia Civil. Le quitamos la escopeta, plantamos un poste en mitá de ladera y lo atamos allí para que no tocara más los cojones. Era solo asustar, pero esa noche se lo comieron los revivíos, así que mire usté por donde, no lo tuvimos que volver a aguantar nunca más.

Autor: Carlos Burges Ruiz de Gopegui

Editor de faq-mac. Autor de libros electrónicos sobre Apple y productividad. Formador de LinkedIn, video2brain.com. Cínico, mal hablado, Viriato.

Un comentario en “Capítulos apócrifos de Guerra Mundial Z: Montelamancha (España)”

  1. con el último párrafo he pegado una carcajada buena.

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