El chiste: Ana Torroja, una tribu de zulúes y un japonés

Como si se tratase de black metal noruego, la deriva musical de la era posmoderna parece conducir al sentimiento de camaradería en torno a la canción gutural, tan propia de las sociedades colectivistas. Las que abogan por la convivencia en la necesidad más que en el afecto. Y es que la gélida Noruega o la calurosa Kenia jamás distaron demasiado en cuanto a su carácter inhóspito. La electrónica, que hunde sus raíces en la vanguardia krautrock, parece, a priori, no tener relación con colectividades o hermandades de ningún tipo. Pero veamos con más detalle.

El kraut, movimiento musical surgido a finales de los 60 en la Alemania Occidental, nos describe un amplio mapa sonoro, desde composiciones que rozan el soft-noise de Faust con It’s a Rainy Day hasta las más efímeras y escalofriantes de Neu!, no aptas para todos los públicos. El movimiento llegó a concentrar a una inmensa chavalería alemana y austríaca a la búsqueda de una identidad musical propia, alejada de los sonidos beat, rock, pop e incluso psicodélicos, todos ellos con el molesto sello de importación. Pero como tantas veces ocurre en la actividad vinícola, hay un momento en el que cada huerto tiene su parra, y, en medio de un creciente mercado musical, hasta el kraut tuvo su idiosincrasia en la vanguardia.

El kraut surge de la actitud vital de los hijos de la postguerra. Aquellos que abogaban por la continuidad y la reconciliación. El movimiento es genuinamente germano y premonitoriamente nacionalista. Extendiéndose rápidamente a lo largo de la Baviera a la velocidad del Danubio. La juventud, como siempre, quería encontrar su propio camino. Chicos desafortunados, perdidos en el plano ideal. Esos que achacaban su acné al exceso en las raciones de leche condensada del Plan Marshall. Terminaron por boicotear al mismísimo Elvis. No sólo fueron capaces de dar respuesta a una pregunta identitaria y situacional, sino que supieron reivindicarse en el plano cultural de una forma magistral, preconizando la hecatombe progresiva a favor de un sonido nuevo e inexplorado. En esa extraña peregrinación que supone el rechazo al mercado global y la conquista de la identidad de grupo. La colectividad, los lazos humanos, deben ser reforzados con una música grupal.
Tribu guineana componiendo.

Hagamos un alto en nuestra exposición. ¿Qué entendemos por música grupal? Desde nuestro punto de vista, serían aquellas composiciones destinadas a reforzar y construir las relaciones humanas, a aportar la cohesión en el grupo e incentivar la consciencia transpersonal. Esa descripción, si bien válida para el conjunto de la música, aparece como un espectro de mayor a menor intensidad. O de mayor a menor evidencia. Deténgase un momento para escuchar una típica canción africana:

Melodías reiterativas apoyadas en una potente línea rítmica que se alza por encima de la canción para soportar y acompañar el baile, figura primordial y objeto de interacción social por excelencia. Un baile que llega a resultar frenético, ya sea por la velocidad del compás o por la duración de cada uno de los encuentros. Algunos llegan a cinco horas. Se suceden los cambios de intensidad para provocar reacciones emocionales que, en el contexto social en el que emergen, inducen estallidos de éxtasis e infinita camaradería. El grupo se fortalece, las amistades o el amor se consolidan. El grupo aprende a defenderse en unidad. No nos interprete mal. No estamos promoviendo la música como único vehículo social. Sino como uno más de una larga lista que los antropólogos parecen haber dilucidado.
Kraftwerk “visionando”.

Volviendo a nuestro movimiento, el kraut, pese a matar al padre del rock progresivo, se ve fuertemente influido desde sus inicios por la tendencia británica. Comparten similares inquietudes intelectuales. Sin embargo, como se sabe, el progresivo emprende un camino sin retorno en el desarrollo del virtuosismo. Una extensión del ideal, de su filosofía, que resulta cuanto menos inalcanzable para las nuevas generaciones, o aquellos que en algún momento de su vida perdieron el tren de la vanguardia. En una Alemania muerta, que renace de sus cenizas entre el silencio y la vergüenza, la palabra tiene que ser devuelta. Las relaciones humanas debían ser reconstruidas y el progresivo no parecía ser el medio. El progresivo se eleva sobre la pureza del vencedor. El kraut parece hundirse en las vísceras de la miseria. La posmodernidad nos contó que no hubo vencedores ni vencidos, que más bien todo parecía resumirse en la fatalidad de la existencia. El ideal de la perfección quedó cuanto menos tocado. Mientras el kraut continuaba su ascenso a los infiernos el progresivo se convirtió en la música de las “élites” que es a día de hoy.

Como dijimos, el movimiento alemán comienza como una prolongación del rock para acabar en la electrónica. Basta escuchar las primeras composiciones de Can, con el peculiar estilo vocal del japonés Damo Suzuki. Con el tiempo, se explota la línea rítmica con mayor intensidad, conocida como motorik. ¿Acaso alguien ha bailado con Neu! ? Pero con el The Robots, de Kraftwerk, la cosa cambia. Un suave contoneo de cabeza parece indicarnos que entramos en sociedad. Que empezamos a bailotear y a dejarnos llevar con la multitud. El año no parece ser casual: 1978. Alemania adquiere mayor peso en Europa. Se establece como potencia europea. Las tensiones mundiales entre las principales potencias comienzan a enfriarse. Y ahí estaban sus jóvenes dándolo todo en la pista de baile. Muy cerquita de los 80, ¿verdad?

Si no gozamos de la riqueza y motivación del ideal, nos ponemos a bailar y esperar que aparezca algo nuevo. Reparando la grieta social que supuso el intento de consolidación de la vieja ideología. Curándonos de la neurosis y la alarma mediática. Sin embargo, parece que el mesías se está retrasando demasiado. Los documentales de La 2 comentan a menudo que los bailes africanos alcanzan las cinco horas. Nosotros llevamos desde el 78 bailando y nadie nos ha dicho nada.

El fenómeno no es particular. La música disco, el punk, el funk, el kraut o la Movida. ¿Qué tienen en común? Todos ellos exploran una línea rítmica más intensa.

El clásico de Roger Waters se viene quejando todos estos años: “La nueva música no respeta el silencio”. El pobre Waters cree que a la juventud le sigue importando su álbum conceptual o la crítica de sus líricas. El pobre hombre cree que a los muchachos les sigue interesando su opinión o A Saucerful of Secrets. Pero míralos, allí están bailando en el Fest-Ibiza de turno, cerquita de la playa, con la calor, el Dubstep y pasándolo bomba.