Ciencia-ficción cotidiana: la verdad de las mentiras

Leo en El Mundo un apasionante relato de amor salvaje, narrado con el ritmo novelesco y la grandeza sencilla de la firma de Pedro Simón. Va sobre un padre que abrirá los mares en dos con tal de salvar a su hija terminal. Nadia tiene tricotiodistrofia. Una enfermedad extremadamente rara que le hace, a sus once años, tener la mente de una niña de cuatro en un cuerpo de una mujer de 80.

La desgarradora odisea de su padre, enfermo terminal de cáncer que se niega a darse quimio para no perder tiempo en buscar cura o alivio para Nadia, es tan épica como probablemente inverosímil. O al menos increíble para el común de los mortales. Malvende todas sus propiedades; convence a un prestigioso especialista en genética de Houston para que trate a su hija, y éste a su vez le exige que reúna al mejor equipo para intervenir; busca, junto a la niña, a uno de esos especialistas en una remota cueva de Afganistán; y hasta conversa con el vicepresidente Al Gore para sumarlo a la causa. “Es usted un héroe”, le responde el candidato al Nobel de la Paz tras hora y media de conversación telefónica.

Devoro el texto casi a la misma hora en la que me meto en el cine para ver La llegada, del canadiense Denis Villeneuve. Dicen que es la peli del año. Es la misma historia: una madre arrasada por la pérdida de su pequeña que multiplicará sus esfuerzos por cambiar el final de su propia historia. En este caso, la doctora en lingüística, capaz de traducir el sufí y el sánscrito como la que descorcha una botella, es requerida por las fuerzas militares norteamericanas para contactar (y comunicarse) con la tripulación de una de las doce naves alienígenas que han tocado tierra.

Con una cautivadora y poética puesta en escena, alejada de los manidos tópicos del cine de ciencia-ficción convencional (que no suele llamarme la atención lo más mínimo), la peli nos lanza una serie de dardos envenenados que nos dejan cavilando. ¿Y si el final solo fuese el principio? ¿Y si cambiar el curso de los acontecimientos solo consistiera en traducir las señales que nos van llegando a cuentagotas y, sobre todo, entendernos a nosotros mismos? ¿Si conocieras tu vida de principio a fin, qué cambiarías? ¿No necesitamos muchas veces ficciones y creencias mitológicas para seguir avanzando en nuestro propio relato?

Llego a casa y un colega me alerta en Facebook, en el mismo post donde he compartido la epopeya del padre de Nadia, de un enlace en el que se discute la veracidad de muchos de los insólitos hechos que narra Simón en su pieza periodística. Se critica que el redactor se haya dejado contagiar por una historia tan terrible sin cerciorarse de que los hitos de esa batalla redentora sean totalmente ciertos. Actúa casi como un activista de la solidaridad junto a una familia que pelea cada segundo por salvar a una niña enferma. Vuelvo a La llegada, en la que su principal reflexión es cómo reaccionamos ante lo desconocido y frente a lo que nos perturba (generalmente, con impaciencia y por las bravas). También habla de la verdad de la mentira, como en el texto que acababa de leer. La moraleja final (obvia) de la parábola, con una ácida crítica al establishment político mundial, es: juntos somos más poderosos contra las amenazas externas. Aunque, la mayoría de las veces, esas mismas amenazas sean puros infundios del poder (a la tragedia de las migraciones me remito, por ejemplo) o de nosotros mismos. La moraleja soterrada es: ¿merece la pena luchar? ¿merece la pena creernos nuestras propias ficciones para combatir el miedo a lo inevitable?

Cuando detectaron la enfermedad a Nadia, un doctor del Clínic de Barcelona le dijo a su padre que era una batalla perdida, que no tenía sentido seguir luchando, que se arruinaría y caería enfermo. “Ya. ¿Pero qué haría usted en mi caso?”, le preguntó Fernando, el padre de la pequeña. A lo que respondió el médico: “Exactamente lo mismo”. Ocurre como con la pregunta capital de La llegada: “¿Si conocieras tu vida de principio a fin, cambiarías algo?” Pues eso.