Coppola

Coppola se volvió majara rodando Apocalypse Now (1979). Literalmente perdió la chaveta en la selva de Filipinas mientras intentaba convertir El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en una historia sobre Vietnam. Mejor: la historia de cómo el capitán Willard (Martin Sheen) viaja hasta las entrañas de la selva para asesinar al Coronel Kurtz (Marlon Brando) y, en el camino, se obsesiona con el tipo.

Alucinada, errática, chunga, zumbada, enérgica, violenta… se puede decir que Coppola consiguió su objetivo de trasladar la guerra a una película a golpe de escenas lisérgicas, ¿no es la guerra un mal viaje? ¿No es el proceso creativo de una película mayestática que se va a pique por las circunstancias de producción (tifones, sobornos, drogas, alcoholismo, egomanía…) un mal viaje? Todo lo que se podía contar sobre la película está reflejado en los diarios de Eleanor Coppola, la esposa de Francis, que se publicaron en España bajo el título de Con el corazón en tinieblas y en el documental Corazones en tinieblas (Fax Bahr, Michael Hickenlooper y Eleanor Coppola, 1991), un trabajo a medio camino entre la venganza personal por los cuernos, los desprecios y la ruptura —temporal— que sufrió y el trabajo necesario de poner orden en la memoria de la locura de producir una de las películas más caras de la historia y presentarse con dos años de retraso en el Festival de Cannes diciendo que lo que iba a verse era un trabajo inacabado, un work in progress que Coppola no culminaría hasta el estreno de Apocalypse Now Redux en 2002 y en la que acabaría incluyendo dos largas escenas descartadas del montaje final.

Antes de irse a Filipinas a enloquecer Coppola había declarado su intención de abandonar la férrea disciplina de los grandes estudios y, por ello, fundó (junto a George Lucas) Zoetrope Studios —luego rebautizados como American Zoetrope—. Se llevó los estudios a San Francisco, para no tener ni que oler Hollywood, la idea era hacer una compañía plenamente artística donde poder apoyar películas que se salieran de la norma. Pero Apocalypse Now había costado una pasta loca y, en los años siguientes, Zoetrope solo puedo producir Salve quien pueda, la vida (Jean-Luc Godard) y Kagemusha (Akira Kurosawa) en 1980. Mucho prestigio pero poco dinero.

Pero lo peor está por llegar porque, no es que Zoetrope pierda dinero con proyectos laterales de mucho prestigio y bajo presupuesto, es que a Francis Ford ya le ha vuelto a atrapar la megalomanía y ha decidido fundirse todo lo que le queda rodando Corazonada (1981). ¿A qué se debe esta manirrotismo? ¿Este soltar los dólares como si fueran los pagarés de La ruta del tesoro? Pues nadie lo sabe pero, aquí un ejemplo: Las autoridades de Las Vegas no le dieron permiso a Zoetrope para rodar en la ciudad porque una de las secuencias necesitaba que fuera apagado el alumbrado de los casinos del Strip durante un rato. Siendo el Strip de Las Vegas la calle del mundo donde nunca se apagan las luces de los casinos, ¿qué hizo Coppola? Pues construirse su propio Strip de Las Vegas en un hangar de San Francisco y esquilmarse el 30% del presupuesto de la película en trabajos de electricidad, pintura y carpintería. Un decorado, por cierto, a tamaño real. La película es un sonoro fracaso, otro más, y Coppola se ve obligado a cambiar el rumbo de su carrera artística y la de su estudio que hace aguas.

Así que en 1982 Coppola decide hacerse menos comercial y produce Maestro en fugas que dirige Caleb Deschanel (el papá de Zoey y Emily Deschanel) como un intento de hacer un éxito juvenil protagonizado por un joven valor del que se hablaba mucho en aquel entonces: Griffin O´Neal. La cosa no resulta y, pese a la infinita calidad de la película, fracasa en taquilla. También lo hace, ese mismo año, El zorro gris (Philip Borsos) que también es notable pero que no engancha al público.

Por si fuera poco ha fichado a Wim Wenders para rodar Hammet pero tienen tales broncas y desacuerdos que parten peras cuando Wenders no ha terminado ni la mitad de la película y se pone a los mandos del proyecto para terminarlo. El resultado es amargo en lo profesional y en lo personal.

Coppola comienza a trabajar de encargo y hace La ley de la calle (1983) y ‘Rebeldes’ dos adaptaciones de novelas de la autora S.E. Hinton. Dos proyectos muy ambiciosos de corte juvenil. El primero es protagonizado por Matt Dillon, debutante, y el siguiente cuenta también con dicho actor y con C. Thomas Howell, Emilio Estévez, Tom Cruise, Ralph Macchio, Rob Lowe y Patrick Swayze. Todos ellos serían conocidos luego como el Brat Pack (La panda de los niñatos) homenajeando al Rat Pack de Frank Sinatra y tendrían, casi en su totalidad, una exitosa carrera cinematográfica (o televisiva). Nicholas Cage, hijo de Talia Shire (hermana de Coppola), sale también junto a Chris Penn. Los dos resbalones en taquilla son notables porque el director italoamericano gasta muchísima pasta. Gasta en todo. Ni siquiera el hecho de tener tanto ojo para los castings le es propicio para no tirar la pasta ajena.

Al año siguiente rueda Cotton Club (1984) y vuelve a tener problemas. Esta vez épicos: el proyecto es una apuesta personal de Robert Evans —productor de El padrino y uno de los artífices del boom del cine americano de los 70 desde su puesto de Jefe de Estudio de Paramount— que, un poco ciego, se ha metido en un embolado de 45 millones de dólares que quiere dirigir personalmente. Sus productores se ponen nerviosos pues ha contratado a Mario Puzo como guionista, pero no da resultado. Contrata a William Kennedy en su lugar y, rodeado por todos los flancos, apuesta por Coppola que se sube al carro deprisa y corriendo primero como guionista y, luego, como director y guionista. Lejos de hacer las cosas de forma mesurada Francis Ford decide chiflarse de nuevo y el presupuesto finalmente se dispara por encima de los 70 millones. Tal es la desesperación de Evans que convence al millonario Adnan Kashoggi (famoso por ser miembro de la jet set marbellí de los 80) de que invierta dinero y, así, pueda quitarse parte de la presión del gobierno americano por el asuntillo ese del tráfico de armas y el Caso Irán-Contra.

Cuando la película llega a los cines pues, bueno, resulta que se convierte en un nuevo fracaso. Apestado por los estudios e incapaz de levantar un proyecto propio pasa dos años sin hacer otra cosa que lamerse las heridas. En 1986 Disney le ofrece dirigir un cortometraje en 3D para su parque, Epcot, protagonizado por Michael Jackson y Angelica Huston. Se llama Capitán EO y no se estrenará nunca fuera de los Parques Disney. Dice que sí pese a que Steven Spielberg ha desechado el trabajo antes que él porque no aguanta el asfixiante ambiente de Disney. Él acepta de buen grado y se embarca en proyectos como productor de Barfly (Barbet Schroeder, 1987) junto a la odiada Cannon de Golan y Globus que alternan proyectos chalados de bajo presupuesto con películas de prestigio y que, aunque no lo sepan, también se dirigen al abismo.

Posteriormente Coppola iría gradualmente recuperando su prestigio: en 1986 rodaría Peggy Sue se casó, que comienza a recuperarle económicamente y a quitarle su etiqueta de mal productor y peor gestor. Acaba de perder a su hijo Gio en un accidente naútico. Luego llegaría la prestigiosa Jardines de piedra (1987) que significa su vuelta a los trabajos de prestigio medio y mesurado presupuesto. Por primera vez desde hace muchos años puede trabajar con un protagonista de mucha enjundia, James Caan.

Pese a todo lo que ha pasado en los últimos años, desde que abandonara el Vietnam filipino de Apocalypse Now, en 1988 estrena Tucker. Una película sobre un fracasado constructor de automóviles que se adelantó a su tiempo y que fracasó por adelantarse a su tiempo incluyendo en sus diseños cinturones de seguridad. La película no resulta rentable pero es tan buena que Coppola recupera su prestigio. Además todo huele a que Coppola se identifica con su protagonista. Aunque es una película de encargo, Francis Ford Coppola la firma con su nombre completo por primera vez desde Corazonada. En 1989 dirige una de las historias de Historias de Nueva York titulada Mi vida sin Zoe. Las otras dos las dirigen Martin Scorsese (otro genio en vías de recuperación por aquel entonces) y Woody Allen. La escribe a cuatro manos con su hija Sofia. Una forma como otra cualquiera de hacer las paces.

La década se cierra con El Padrino III, la inesperada tercera parte de la trilogía. Una película que no está a la altura de las anteriores pero que cierra de forma brillante la historia de la familia Corleone. A la vuelta de la esquina están los 90 y su último éxito de taquilla: Drácula de Bram Stoker (1992). Desde aquel tiempo a esta parte ha llovido mucho, pero eso ya es otra historia. Lo mejor que se puede decir de la década de los 80 de Coppola es que fue irregular pero nunca mala, que alergó grandísimos aciertos, que intentó conectar con un público reacio a los cambios y que, al menos, consiguió que su talento no se agotara del todo.