Cosas que yo tengo y vosotros no (II)

Seguimos esta semana haciendo el retrato de la nostalgia en el que cada brochazo lo das tú.

Arranco con otro objeto de mi infancia para que nadie piense que se me ha ocurrido la sección para tocarme los huevADELANTE CON COSAS QUE YO TENGO Y VOSOTROS NO.

El color de la foto es original. Ha pasado el tiempo suficiente como para que el filtro vintage haya salido solo.

Algeciras, junio de 1985

Hemos tenido que tirar de archivo fotográfico y echar cuentas en casa.

La cosa oscilaba entre el 84 y el año siguiente. Por mi aspecto no estaba tan claro si ese día cumplía dos o tres años. Pero mi hermana… quizás estaba demasiado tiesa para no tener ni un año. Y, además, comparándola con una de sus hijas, mi sobrina pequeña, claramente tenía que aproximarse a los dos. TOTAL, que 1985.

Y la cosa es que estaba emperrao con que quería un He-Man. He-Man, He-Man, He-Man.

-¿Qué vas a querer para el cumple?

-Un He-Man.

-¿Seguro que quieres eso, Dani?

Nani, no. Naniel.

Siempre he sido de piñón fijo. Pero mereció la pena porque cayó el He-Man y sobre él construí mi imperio infantil con castillos, naves, guerreros, un par de guerreras y animales salvajes. Muchos cumpleaños y Reyes patrocinados por Mattel.

Foto: Dani Bordas

También, tirando del hilo, recuerdo que la serie animada fue lo primero que mis padres alquilaron para nosotros en el videoclub cuando se hicieron socios algunos años después y que mi abuela me cosió un disfraz para la fiesta de Navidad del cole fijándose en un cromo de Adam, el príncipe de Eternia (que era He-Man cuando iba de paisano).

Pues eso, que por mi He-Man ma-to.

Extraído de “El arte de He-Man y los Masters del Universo”. Ed. ECC

 

@neleblas ha pasado por muchas mudanzas y casi todo se le ha ido perdiendo. Casi todo.

“Mi hermano y yo, cuando llegaba el mes de julio, nos íbamos a casa de mis abuelos a un pueblo de Ávila que se llama Pedro Bernardo. Recuerdo las tardes en el patio de abajo, mientras ellos dormían la siesta, leyendo tebeos de Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón… y ya de un poco más mayores los libros de Los Cinco que intercambiábamos con mis primos que tenían la colección de Los Siete Secretos, las dos de Enid Blyton”.

 

@palasrrisas sabe que la unión hace la fuerza.

“Corría 1988, así que yo andaba por los 11 años. Nunca hacía colecciones de cromos porque el poco dinero que podían darme mis padres lo ahorraba o, como mucho, lo gastaba en chicles Boomer o en flashes Burmar.

Mi mejor amigo de la infancia, Juanfran, me dijo que por qué no hacíamos una colección de cromos a medias. Le expliqué que yo no podía gastar dinero en “tonterías”. Me propuso un trato: él elegía la colección y los compraba, yo cambiaba los repes. Y ahí empezó mi larga carrera como asalariado en trabajos basura.

Y eso hicimos. Eligió una colección de Coches. Siempre fui raro y no me gustaban los coches -siguen sin gustarme, de hecho no conduzco- pero me hizo mucha ilusión. Al final, no sin esfuerzo, logramos terminarla.

Ahora venía el peliagudo tema de decidir quién se quedaba el álbum. Él había puesto el dinero, sí, pero yo había pasado horas en la puerta del colegio y en parques buscando gente que hiciese la misma colección: sile, nole. Acordamos que cada semana se lo quedaría uno.

Y eso estábamos haciendo cuando, repentinamente, su padre murió y su madre decidió que se mudaban de Madrid a Extremadura. El álbum estaba en su casa en el momento de la muerte, yo ya ni me acordaba. Pero, en la despedida, con el coche en marcha, me lo dio y me dijo que ya se lo daría cuando volviésemos a vernos.

Nunca pasó. Hace unos años contactamos por Facebook y hablamos de muchas cosas, pero no saqué el tema del álbum por si acaso quería que se lo devolviese. Y es de las pocas cosas que me llevé de casa de mis padres cuando me fui”.

 

@Espiralhya, Alicia Moreno, se codeaba con lo más granado de los ochenta.

1986. Torrespaña. Madrid.

Esa mañana falté al colegio. Me soltaron en el vestíbulo principal, con un montón de niños que no conocía. Nos llevaron a una sala y nos hicieron escuchar, una y otra vez, una canción, que tampoco conocía: «Quiero saber si existe ese lugar, y lo sabré. Yo quiero ir, lo quiero conocer. Y allí estaré».

STOP.

—Otra vez, niños, que tiene que parecer que os sabéis la canción cuando suene en el estudio; que si no, Torrebruno se pone triste.

PLAY.

Después, vinieron horas de grabación; de repetición de tomas; de «¡Silencio!»; de aplaudir, aunque no tuviera ganas y me picaran las palmas de las manos; de reírme, aunque los chistes que contaba Torrebruno no tuvieran ninguna gracia; de cantar aquella canción muchas veces; de ver que lo que yo veía tan bonito desde casa era de cartón, de mentira y mucho más pequeño; de darme cuenta, en definitiva, de que la tele, en realidad, era un rollo.

—Pues te vi ayer por la tarde en el «Hola, chicos» —me dijo la señorita Pilar, en mitad de una lectura en clase, días después, cuando se emitió el programa.

Yo me puse roja como un tomate y seguí leyendo en alto, sin saber qué responder.

Quién me iba a decir que, muchos años después de esta foto, mi idea sobre la televisión iba a cambiar tanto que terminaría viviendo de ella.

 

@ToscaTuca creció en un Western.

Foto: Dani Bordas

“Yo tuve una infancia de barrio. Distinta a la que la mayoría habéis conocido.

Era la época en la que estabas todo el tiempo en la calle, tu madre te llamaba a gritos desde el balcón, corrías por los descampados y existía el Hombre del Saco.

Sí. Es la infancia de Cuéntame cómo pasó.

En mi casa se guardaban los juguetes en un cajón de madera antiguo, que alguna vez fue baúl para viajar. En él cabían todos nuestros juguetes. De tres hermanos. Y de ese viejo baúl surgían todas las historias inventadas, cada día.

La mayoría eran juguetes de plástico, salidos de la horma y perfilados con punzón.

Vaqueros, indios, caballos y caravanas del Oeste. Yo jugaba con mi hermano pequeño, el que más disfrutaba con ellos. No había muñecas.

¿Por qué? Muy sencillo. Esas figuritas no eran compradas, sino regalos de mi abuela. Tenía una habitación llena de caballos y caravanas porque era su trabajo. Con el punzón lidiaba con el plástico, cortando perfiles y dándoles forma. Tenía dos grandes bolsas en la habitación: la que venía de la fábrica y la que se iba llenando de juguetes terminados.

Mi abuela nos regalaba el fruto de su trabajo.

Por eso, el juguete de mi infancia es una caravana del Oeste. Con sus vaqueros y caballos”.

 

Si te apetece, manda tu foto con historia a danibordas@cooltmagazine.com