Cosas que yo tengo y vosotros no (III)

Tercera entrega con cinco nuevas historias personales e intransferibles que, seguro, te van a gustar.

Foto: Dani Bordas

Fuenlabrada, 1989

En aquella época yo sabía una cosa y otra no.

La que sí es que los líderes me dan mucha tirria. Me ponían (y ponen) de los nervios esos que van de listos, guapos y fuertes y, además, lo cacarean a los cuatro vientos para que todo el mundo lo sepa.

Siempre he sido más de perfiles bajos, de los discretos, del triceratops en vez del todopoderoso tiranosaurio y, por supuesto, mucho mejor Donatello que Leonardo.

La tortuga ninja morada representaba lo que me gustaba y, por eso, en la carta a los Reyes iba lo primero, muchos puestos por delante de la paz mundial.

 

La cosa que no sabía, que lo decía al principio, es que los Reyes son los padres. Y que, por darnos el capricho de tener lo que pedíamos, a veces, les hacíamos pasar una pequeña odisea.

Aquella aventura, como supe después, le tocó a mi madre.

Yo quería la dichosa tortuga y resulta que Fuenlabrada aún no tenía cuarenta centros comerciales a mano. Los juguetes en las jugueterías. Y la juguetería era Los López, que pillaba en la otra punta de donde vivíamos entonces y, por supuesto, tenía agotadísimos los Donatellos. Después de varios intentos infructuosos, algo de luz al final del túnel en forma de vaga promesa: “mañana, quizás, vengan dos o tres. Pero no hacemos reservas”. Total, que los Reyes no sé si serán magos ni las tortugas ninjas, pero mi madre tuvo que hacer magia para salir de casa como una ninja para llegar la primera, comprar el muñequito y volver sin que se despertasen los cuatro ceporros que había dejado solos.

Ojo con las madres.

 

 

@Guarrapata lo ha tenido claro de toda la vida.

“Siempre quise ser pirata.

Quizás por eso el regalo más esperado en mi Comunión fue el de mi tío Paco: el barco pirata de los clics.

Aún recuerdo la emoción cuando, vestido con mi chaqueta beis que recordaba lejanamente a esas de almirante que llevaban los niños ricos (había que aprovechar la ropa y a ver dónde ibas luego con las chorreras de almirante), rompía el papel de esa pedazo de caja enorme para descubrir ‘el regalo’.

Todo lo demás murió en el agujero negro del tiempo, solo ese barco supo navegar y llegar hasta hoy en mi memoria, con su capitán, su grumete negro, sus espadas curvas y sus miles de aventuras surcando el pasillo de casa.

Seguramente aquello fue el germen de este personaje que ahora os escribe. Así que responsabilidades a mi tío Paco.”

 

 

Paco Alcázar, uno de los autores de cómics que más admiro, tontea muy seriamente con el Síndrome de Diógenes. Por suerte para nosotros.

Foto: Paco Alcázar

“Envoltorio de chicle de El Retorno de El Jedi. Llevo desde 1983 con esto metido en una cajita que me acompaña allá donde vivo. No sé por qué. No colecciono envoltorios de chicles ni soy particularmente fanático de la saga. Sólo se me ocurre una explicación: debe tener un valor incalculable para mí.”

 

 

Clara Bordas, envía una cosa que, doy fe, lleva pululando por este mundo un montonazo de años.

Foto: Clara Bordas

“Éste es mi Gusiluz, el original, no el de ahora. El mío tiene dos caras.
No me acuerdo de cuándo llegó a casa (imagino que en unos Reyes Magos), pero desde ese momento no nos separamos hasta que cumplí 12 años.
Dormía todos los días con él y si alguna vez se me olvidaba tenía horribles pesadillas. ¿Cómo puede ser que un muñeco al que se ilumina la cara pueda luchar con monstruos por la noche? Gracias a esta función, cuando me levantaba por las noches para ir al baño y tenía que cruzar ese horrible pasillo (que por la mañana y a la luz del día era inofensivo, pero de madrugada se convertía en un lugar horroroso en el que sentías que siempre había algún bicho malo siguiendo tus pasos), siempre iba conmigo, protegiéndome.
El tiempo fue pasando y un verano se me olvidó en casa y tuve que dormir sin él. Cuando regresé ya no volvimos a compartir lecho. Aunque lo tenía encima de la cama junto con otros veintiocho muñecos más.
¿Y cómo le devolví todo lo que había hecho por mí? Quemándole el culo.

Una vez, sin darme cuenta, que conste, lo dejé debajo del flexo de la mesa de estudio mientras leía en la cama. Mi madre, para calmar mi disgusto, le puso una pegatina de esas que tantos chándals han salvado.”

 

 

@lapijortera tiene nostalgia de la nostalgia de su papá.

Foto: Dani Bordas

“Mi padre pasó mucha hambre de pequeño. Mucha. Recuerdo que un día intercambiaba experiencias con una amiga de la familia y no tengo claro quién ganó en eso de a dónde les llevó la necesidad: mientras ella había comido sobras de una tísica, él le quitaba las bellotas a los cerdos a los que cuidaba.

 

Con los años, y como decimos los juristas, vino a mejor fortuna. No demasiado, pero sí lo suficiente como para que sus hijas no pasáramos penurias y tuviéramos regalos que agradecer a SS.MM. de Oriente: algunos muñecos, una bici, ¡hasta un tocadiscos!.

 

Pocas personas he conocido con tanta ilusión por los Reyes Magos como mi padre. Cada año, él se quedaba con nosotras preparando los zapatos, los dulces, la copita de anís, el agua para los camellos… Y cada año nos sacaba de la cama para ver qué nos habían dejado. También cada año, entre los juguetes, encontrábamos mi hermana y yo una cosa: una naranja. Una simple naranja. No creo que le dedicáramos más de una mirada de refilón, ni, por supuesto, que llegáramos a probarla (por Dios, ¡había mazapán!). Quedaba olvidada en un rincón, junto con los papeles de regalo y las cajas vacías de los juguetes. 

 

Tuvieron que pasar muchos años y desvelarse grandes misterios para que se me ocurriera preguntarle a mi padre por aquellas naranjas. Y la respuesta me hizo ver con otros ojos a la fruta que antes ignoraba: ese era su único regalo de Reyes cuando era pequeño. Mi padre, que empezó a trabajar con 5 años, que le quitaba las bellotas a los cerdos para poder comer algo, se sentía el niño más afortunado del mundo porque, el día 6 de enero, se encontraba una naranja en su zapato.

 

Y yo, ahora que conozco su historia, me siento muy afortunada por haber tenido esa naranja cada año entre mis regalos.”

 

 

Si te apetece, manda tu foto con historia a danibordas@cooltmagazine.com