Cosas que yo tengo y vosotros no (IV)

Una semana más, y van cuatro, volvemos al ataque con un puñado de historias de las que tocan directamente en la patata porque, como siempre, son muy de verdad.

Foto: Dani Bordas

Getafe, 1991

El tiempo corría diferente hace cinco lustros. Más despacio. Ahora se producen varias novedades a diario y lo que sale hoy quedará sepultado en el montón de lo viejo mañana. O dentro de un rato. Pero antes no, antes los ritmos eran otros, al menos en España, y si algo se lanzaba como novedad, como poco, aguantaba sus buenos dos o tres años sin perder esa condición.

Total, que aunque la Game Boy salió en el 89, cuando le eché mano dos cursos después seguía en lo más alto de la picota tecnológica y de flipe entre la chavalería.

Y tuvo que pasar todo ese tiempo porque es lo que tardé en superar la infranqueable barrera que me separaba se ella: 13.900 pesetas (no lo pongo en euros porque asumo que los millennials no le dedicarán ni un segundo a leer esto). Pero por fin llegó el día. Después de muchos sacrificios y algunos “toma una monedilla, no se lo digas a tus padres” de mis abuelos, reuní ese dineral y pusimos rumbo al Alcampo del Sector 3 de Getafe. Yo estaba de los nervios porque, además, como rondaba mi cumple, iba a caerme un juego, el que quisiera, ya a cuenta de mis padres.

Después de un interminable viaje de 20 minutos y de recorrer los ese día larguísimos pasillos del hipermercado, llegamos al mostrador donde custodiaban bajo siete llaves (13.900 pelas, recordemos) las videoconsolas. Solo se interponía entre mi sueño y yo un cristal y una ceremonia dialéctica con el dependiente.

-¿Qué desean? -preguntó aquel hombre.

Respiré profundo para tranquilizarme y, justo en el momento en el que iba a dar la respuesta más solemne de mi vida, mi padre se adelantó señalando con la cabeza y todo el desdén del mundo:

-Nada, una de esas.

Joder, qué rabia me dio.

 

@FlangeDoozer tiene el altillo repleto de recuerdos de mesa.

Foto: FlangeDoozer

“Los veranos hace 30 años eran más largos y mucho más calurosos (aire acondicionado solamente tenían los toreros consagraos y los ex ministros de Franco). No había forma de evadirse de nada porque Internet no existía… aunque sí montones de juegos que, igual que ahora, acumulábamos tras los cumples y Reyes Magos (a Santa Claus no le conocíamos).

En la tele podíamos ver una serie repetida mil veces en un canal, o un documental de la marmota en el otro. Bien es cierto que teníamos los primeros libros interactivos, los Elige tu propia aventura en los que, por lo general, terminábamos muertos. Así las cosas, hace 30 años, aunque ahora nos resulte revolucionario y transgresor, jugar era cosa de —al menos— dos.

Cuando no estábamos lanzándonos piedras, cazando murciégalos, jugándonos la vida en la piscina, poniendo petardos a la salida de misa o estrellando las bicis contra algo duro y punzante, buscábamos algún juego de esos que nuestras madres habían archivado en algún armario (increíblemente, ahí siguen). Había muchos, estos de la foto son algunos de los que forjaron nuestro carácter impertérrito ante la adversidad (caer en Avenida de José Antonio era, como su propio nombre indica, una desgracia solo comparable a que te cortase el pelo el peluquero del pueblo) y nuestras primeras e incipientes prevaricaciones (ainss, ¿quién no hay cambiado una regla sobre la marcha, como que el minero del Stratego pudiese poner bombas, y no solo desactivarla?).

Recuerdo con especial cariño aquel verano de 1984 en el que mis primos y yo jugamos una partida con El Palé de mi padre que bien duró dos meses. Y que solo parábamos para ver las Olimpiadas de Los Ángeles o para esquivar el zapatillazo de nuestra madre al llamarnos a comer.

Agradezco a Dani Bordas que me haya obligado a rebuscar en estos recuerdos, ha sido un bonito regalo para la Navidad 2016/2017 (esto lo pongo porque sé que es un sensiblón y le gusta)”.

 

Guillermo Macías es, bueno, un crack como la copa de un pino, qué queréis que os diga:

Foto: Guillermo Macías.

“Yo tengo una cosa y vosotros no. Mi tesoro es una camiseta del 10º aniversario de Grefusito, ese gran amigo de la infancia que nos dio tantos momentos buenos, tantas caras llenas de pizquillas y, cómo no, esos bebés que dejaban de ser apeteciblemente achuchables para convertirse en bichillos graciosos llenos de una pasta amarillenta y pegajosa por la boca, manos, ropa y un largo etcétera.

¿Os preguntaréis por qué yo y solo yo tengo esta camiseta conmemorativa?  Bueno, todo empieza en mi infancia. Mi abuela tenía una panadería en unos de los mejores y más castizos barrios de Madrid: San Cristóbal de los Ángeles.

Como sabréis, la picaresca y las buenas artes se manejaban tantos entre vendedores como entre clientes. El caso es que mi abuela, haciendo gala de su protocolo para con el cliente, casi todos niños, no les daba los premios de los Phoskitos, Matutano ni los póster que venían con los helados. Y os preguntaréis, ¿quién se los quedaba? Efectivamente, su nieto favorito que solo perdía ese título cuando se comía una docena de huevos Kinder.

Pero como ya os imagináis, todo en la vida tiene un coste y esa camiseta de Grefusito de algodón del bueno, del que se hacía antes, y no las mierdas que fabrican ahora los chinos, tenía un precio: vigilar el negocio familiar. Vigilar que todas las bolsas de cualquier alimento apetecible para los niños siguieran en su lugar cuando mi abuela se incorporase de coger los palitos de azúcar de la parte baja del mostrador. En definitiva, era el “puertas” de la panadería de mi abuela.

P.D. En el barrio de San Cristóbal nadie acabó ninguna colección de pegatinas ni consiguió ningún premio regalado por las diferentes marcas de snacks y bollería industrial. Si alguno de vosotros sois de esa zona y nunca terminasteis la vuestra a pesar de hincharos a bollos y patatas, lo siento, la avaricia me cegó”.

 

El compi Luis González, @neoclor, era un viciao. Y no se esconde.

Foto: Luis González.

“Si algo tenían los veranos en mi casa es que no teníamos tiempo para aburrirnos con tanto juego. Recuerdo las tardes de aquellos veranos. Se formaba una especie de gabinete de crisis en el que después de comer, a eso de las tres o cuatro de la tarde, decídíamos en reunión urgente a qué juego íbamos a jugar esa tarde. Prácticamente no existía la opción de “cambiar de juego”. Eso no iba con nosotros ni con nadie de aquella época.

Y jugábamos todos. Hasta mi madre. Esto unía mucho. Pasábamos la tarde riéndonos de las desgracias del que jugaba. Cuando le mataban o cuando derrapaba con una mancha de aceite que aparecía en el circuito de uno de los juegos de carreras de coches que teníamos por ahí. El caso es que todos estábamos en el salón impacientes hasta que llegaba nuestro turno. ¡Qué desgracia si te mataban rápido!

Sí que es verdad, que los días en los que decidíamos jugar al Arkanoid la cosa era bien distinta. Teníamos todos un cierto vicio que hacía que jugáramos 15 o 20 fases cada uno y claro, esos días te daba tiempo a jugar dos veces y a merendar nueve.
Con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero quién pudiera volver a aquellas tardes de verano con esas esperas infinitas alrededor del MSX”.

 

Y acabamos con mi amigazo, e inventor de todo esto, Eloy Baztarrica (@sketchproduce):

Foto: Eloy Baztarrica.

“El trastero de la casa de mis padres es un cementerio de recuerdos. Cuando me independicé bajé allí parte de mi infancia —mi madre lo hubiera tirado todo—. Desde que Dani empezó con esta sección, me propuse ir a visitar a un viejo amigo: mi Autocross. Allí estaba, triste y abandonado. Con un paño le quité el polvo y saqué el cochecito que estaba guardado en el compartimento de las pilas, de las gordas. El Autocross funciona con un imán que vas conduciendo por el circuito, y por supuesto, colocando encima el coche. Busqué el imán como un zahorí, tentando con el pequeño auto, hasta que se quedó pegado al asfalto de plástico, moví un poco el volante y reaccionó levemente. No le puse pilas, así que se trataba de un estertor mecánico, giré hacia un lado y hacia otro. Nada. Me recordó a cuando me quedaba sin pilas y me frustraba. Con este cacharro no me aburría, porque aun sin energía, juntaba las partes bajas de los coches —el otro a saber dónde está— y alucinaba con las propiedades de los imanes. Se repelían. Una especie de levitación mágica, haciéndose la cobra. ¡Ay, viejo amigo! La próxima vez bajaré pilas y echaremos un rato, pero por ahora quédate donde estás, que a mis hijos le ibas a durar cinco minutos. Te veo pronto”.

 

Si te apetece, manda tu foto con historia a danibordas@cooltmagazine.com.