Cuando Hisaishi encontró a Miyazaki

Hayao Miyazaki según Joe Hisaishi.

Cuando un amigo, de esos de los que sabes que aunque pasen años sin veros siempre podrás contar con él, me propuso, sabiendo de mi afición por las bandas sonoras, escribir algo para esta nueva revista, inicialmente le dije que no me veía capacitado para ello; que esto de escribir no es lo mío, como se podrá comprobar desde este punto.

Soy un apasionado de las BSO, o al menos lo era, ya que es algo que a día de hoy tengo abandonado por las diferentes obligaciones familiares, laborales y, por qué no decirlo, por el exceso de aficiones: música clásica, fotografía, jazz, videojuegos, cine… que dejan poco margen y que hace que nunca llegue a profundizar todo lo que me gustaría en cada una de ellas.

Al grano, como ya he comentado, al tener algo abandonada esta afición y no verme capaz de hablar de la actualidad bandasoneril se me vino a la cabeza, no sé muy bien el motivo, esa grandiosa obra maestra que es la película Manhattan de mi antes adorado Woody Allen, cuando su alter ego en el film, Ike Davis, se encuentra recostado en un sofá, grabadora en mano y se pregunta, “¿Por qué vale la pena vivir? Es una buena pregunta” (suspira).

Esto me llevó al más puro estilo de Rob Gordon, protagonista del bestseller de Nick Hornby, High Fidelity,  y que en su día protagonizó en la gran pantalla John Cusack, a elaborar a pesar de lo manido del tema, una lista que respondiera a la pregunta ya indicada más arriba, eso sí,  con una pequeña variación: qué composiciones incluidas en bandas sonoras de películas y escritas expresamente para ellas hacen que valga la pena vivir. Sí, por dramática y exagerada que parezca la pregunta, la música es capaz de eso.

Ahora venía lo difícil: elegir, algo que a veces me cuesta tanto. En este punto me vienen a la mente infinidad de piezas que hacen un trabajo arduo esa elección, por su calidad incuestionable o simplemente porque en algún momento de mi vida significaron algo. Pasan por mi cabeza los Bernard Herrmann (este tiene que ir primero) con su impagable colaboración en tantas películas de Sir Alfred Hitchcok; John Williams (sus composiciones, desde Star Wars a Indiana Jones, tarareadas hasta por los más pequeños); Ennio Morrricone (el genio italiano, ¿qué sería de esa escena final de Cinema Paradiso sin su música?); Jerry Goldsmith (en mi cabeza ocupa un lugar especial La casa Rusia, si bien tiene mejores composiciones); John Barry (uff, imposible decidir, ¿Somewhere in Time?, ¿Frances?, ¿Bond? ¿Robin y Marian?); Dave Grusin (con The Goonies o ese fantástico piano de En el estanque dorado), …

Mientras voy apuntando a la mayor velocidad que puedo todas esas composiciones que deberían ir en esa lista con la idea de hacer posteriormente una selección definitiva, giro la cabeza y veo a mis hijos ensimismados visionando por enésima vez El viaje de Chihiro, del MAESTRO Hayao Miyazaki con el MAESTRO Joe Hisaishi. Y digo: ¡Ya está! ¡Eureka! Olvídate de listas, (ya os he dicho que a veces me cuesta decidir) y céntrate en Joe Hisaishi y en su colaboración con Miyazaki, pero no digas mucho.

Por ello, no voy a hacer un estudio sobre sus composiciones, ya hay bastante escrito en la red o en papel sobre ello y poco podría aportar, ni tampoco quiero espoilear las películas, ni indicaros diferentes escenas que, si bien a buen seguro os emocionarían al verlas de forma aislada, pero que no lo harían con la misma intensidad que si nos encontramos inmersos en el film.

Simplemente  quiero invitaros a que descubráis este binomio que, si aún no lo habéis hecho, (por desconocimiento, por los prejuicios que muchas veces tenemos los adultos ante el cine de animación,…)  necesita ser “resuelto” por cada uno de nosotros, y que ojalá en el momento de su visionado tengáis el estado emocional que más favorezca el afloramiento de esos sentimientos que hacen que se te mueva algo dentro. Empezad por Porco Rosso, continuad con Nicky la aprendiz de bruja,  El Castillo Ambulante, Laputa castillo en el cielo (al fin con doblaje en castellano y en bluray sin censurar el nombre del castillo), y por último El viaje de Chihiro, o en el orden que queráis, da igual, pero prestad especial atención a la música y cómo poco a poco os va envolviendo en la historia de forma magistral.

Y si vuestro tiempo libre es escaso tenéis la opción de visualizar en la red el concierto del maestro de Nagano: Joe Hisaishi in Budokan, celebrando los 25 años de Studio Ghibli (desgraciadamente no ha sido editado en Europa, hasta donde sé), en el que se tocan piezas de las diferentes películas, acompañándolas con imágenes de las mismas.  Os dejará sin palabras.

En fin, tal y como dice James Rhodes en su recomendable libro Instrumental, la música puede llevar luz a sitios a los que nada más llega, abramos esas ventanas y descubramos cómo esta música, al igual que muchas otras, hace que valga la pena vivir.