Cuando recuerdas lo que olvidas

Me gusta recordar las cosas que olvido. Es como encontrar recuerdos perdidos, convivir con ellos cara a cara en un metro cuadrado y pasar las horas mirándonos a los ojos hasta aprendernos de memoria. Me gusta tener en mente lo que va desapareciendo de mi cabeza. Soy adicto a la sensación de tenerlo todo presente.

Vivir en el recuerdo es un error, aunque en parte, quien recuerda lo olvidado vive en el olvido. Llegados a este punto, qué es mejor, ¿olvidar de un modo descarado o recordar lo que nuestra mente ha desechado?

Luka viaja en el metro, sentado de espaldas a la dirección del vagón mientras mira por la ventana cómo retrocede lo avanzado. De este modo, ve pasar el futuro antes de alcanzarlo. Frente a él, una niña de unos 15 años. En su rostro una sonrisa leve, cual luna menguante. Acaba de recordar que cierta persona no le olvida. Al fondo del vagón, una mujer consulta su agenda recostada en un desconocido que intenta recordar si ha recogido la ropa tendida. El olvido es la duda de lo que ha sido.

Ayer pensé en mi segunda novia. Fuera quien fuese. Su nombre no me venía a la cabeza. Quise visualizar su rostro pero no logré crear nada más allá de un garabato que se difuminaba, como el olor de un mal perfume. El caso es que desde entonces, no me la quito de la cabeza. Es como cuando ves cierto actor o actriz en una serie y no recuerdas dónde le habías visto antes. En ese momento desconectas de lo que estás viendo y tu mente se centra en revolver entre la ropa amontonada que forma una montaña de recuerdos olvidados en el suelo de tu pasado.

¿Quién no ha ido a la cocina y una vez allí ha olvidado a qué iba? Quedándose descolocado. Como si le hubieran abducido y soltado delante de su nevera.

En el fondo, encontrarse perdido es un jet lag emocional. Es como vivir por primera vez, pero con la ventaja de haber vivido. Es revivir de un modo parecido, sumidos en la nostalgia de lo que fue y no volverá a ser. Con la esperanza quizá, de olvidar nuestras ansias por recordar.