De aulas y jaulas

Pink Floyd se desgañitaban pidiendo a los profesores que dejaran a los alumnos en paz. Tú eras un enano que sobrevivía en unos colegios pobretones cuyas aulas olían a pollo mojado o seco según la climatología de los días. Sobrevivías a esa raza voraz de los repetidores de amplio espectro que se tiraban en la escuela hasta los 15 años y que administraban su poder con los métodos de un Señor de la Guerra liberiano o a aquellos maestros que tenían la mano nerviosa y ligera.

Recuerdo especialmente a ‘El Puro’, el maestro que se había ganado a pulso el mote pues siempre llevaba un puro barato agarrado en su mano derecha, decorada con un anillo coronado con una piedra roja. 

Las iras de ‘El Puro’ iban y venían y se repartían con igual dureza entre culpables e inocentes. Su método era terrorífico: Te veía pasar, te llamaba y te acusaba de que andabas demasiado despacio o demasiado deprisa, decidía que aquello era sospechoso y te informaba de que ‘alguien’ te había acusado de algo horrible (robar una goma de borrar, sustraer tizas, escribir barbaridades en una pizarra), cuando te estabas defendiendo hacía con que no te escuchaba y, cuando más embebido estabas en tu alegato, te daba una hostia que no te esperabas. A veces lo hacía con la mano libre y, a veces, con la mano del puro y el anillo hortera. Un día llegué a casa con el ojo hinchado. Mis padres protestaron en el colegio. ‘El Puro’ se defendió así: “Lo confundí con una niña que había robado tizas, lleva el pelo muy largo. Cortádselo”. 

Por suerte tuve más maestros buenos y repetidores buenos a mi alrededor. Unos me defendieron contra el analfabetismo y otros de los peligros del patio del colegio. 

No es de extrañar que en ese caldo de cultivo existieran, desde las artes, tantas llamadas a la revolución y a la rebelión contra el orden escolar establecido. Alaska y Loquillo cantaban El pupitre de atrás en La Bola de Cristal (No soporto la gimnasia y el francés/ni las matemáticas, las ciencias y el inglés/lo que a mi me gusta en realidad/es, es, es, es vagabundear...) y en el cine podías ir a ver Curso 1984 (Mark L. Lester, 1982) todo un hito en el género ‘Maestros y Alumnos liados a mamporros’ o Taps, más allá del honor (Harold Becker, 1981) donde unos alumnos de una academia militar se rebelaban porque les querían cerrar la institución.

Cómo estaría la cosa que hasta los, en teoría, inocentes Parchís protagonizaron las dos partes de La Guerra de los niños (Javier Aguirre, 1981 y 1982)  donde no se le daba un minuto de aliento al muermo y que parecían remedos naïf del llamado ‘Cine quinqui’ que disfrutaban los adultos. En TVE disfrutábamos de la serie El Valle Secreto (Roger Mirans y Terry Bourke, 1980), una coproducción hispano-australiana, donde unos muchachos ayudaban a un viejo llamado McCormack a ponerle freno a un malvado especulador inmobiliario llamado William Wopper, encarnado por el actor Hugh Keays-Byrne el actor que encarnó al malvado Toecutter de Mad Max, salvajes de autopista (George Miller, 1979) y al no menos chungo Inmortan Joe de Mad Max: furia en la carretera (George Miller, 2015).

Pese a todo la mayor y más bestial voz de alarma la había dado ya Chicho Ibáñez Serrador en 1976 —en pleno cambio político— con la brutal ¿Quién puede matar a un niño?. Niños enloquecidos por el horror de la posibilidad de una III Guerra Mundial, por la violencia, por las masacres que asolaban el planeta que deciden revolverse contra los mayores y eliminarlos. Si eras un empollón siempre podías soñar con que algún día podrías largarte de aquel antro de colegio o instituto y ser aceptado en Escuela de Genios (Martha Coolidge, 1985) donde Val Kilmer era un locuelo empollón con más de 180 de coeficiente intelectual y rebelarte contra el dichoso decano. 

Es más, soñabas con ser como Sean Penn en Aquel excitante curso (Amy Heckerling, 1982) y ponerte el mundo por montera y pasar de los convencionalismos. Por cierto, esta película fue la que popularizó al modelo de zapatillas ajedrezadas de Vans porque las llevaba Sean. 

La juventud y la infancia querían movimiento y aquí, recién abierta la puertita de la libertad, lo normal era desenvolverse en una especie de doble realidad: colegios donde había maestros que rezaban antes de comenzar la clase o al terminarla y maestros que no lo hacían, niños que iban a clases de ética (la revolución) y los que se mantenían en la asignatura de religión (católica) y, claro está, según el aula donde te tocara, pues te tocaba un maestro o maestra que hacía proselitismo antiabortista o antidivorcio (según tocara) y tú, pequeño y atolondrado, estabas en el medio de aquel cambiazo generacional viendo como una parte de la sociedad se agarraba a eso que llamaban ‘normalidad’ y ‘lo de siempre’ o ‘lo nuestro’. Un poco como le pasa a Norma Aleandro en La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) donde hace de una profesora de historia que, básicamente, no se ha enterado de nada de lo que ha pasado en la dictadura argentina y se la toma todo el mundo a pitorreo. 

El humor “oficial” seguía riéndose, un poco, de aquellos cambios y proliferaron las imitaciones chuscas del hablar cheli de nuestro rebelde, también oficial, Ramoncín. Poco se le va a reconocer al cantante madrileño su incansable labor de aquellos años en el campo de advertir que los tiempos ya no iban a ser como solían. 

Se puso de moda, definitivamente, el tipo que iba por su cuenta, el maverick, y así disfrutamos de Footloose (Herbert Ross, 1984) donde Kevin Bacon aterrizaba en un pueblo donde estaban prohibidos el baile y la música o Wisdom (Emilio Estevez, 1986) donde Emilio Estevez y su novia, Demi Moore, se rebelaban contra la falta de empleo iniciando una torpe carrera criminal que parecía un remedo de Al final de la escapada (Jean Luc Godard, 1960) -El mismo Richard Gere interpretó el papel de Jean-Paul Belmondo en la versión americana, Vivir sin aliento (Jim McBride, 1983)- y Timmothy Hutton protagonizó Turk 182. El rebelde (Bob Clark, 1985) donde se convertía en graffitero y se enfrentaba a un malvado alcalde.  En esa línea la palma se la llevaría Todo en un día (John Hughes, 1986), tan famosa entonces y tan vituperada en la actualidad. Casi tanto como Karate Kid (John G. Avildsen, 1984) que, personalmente, adoro por ir de un pringado al que enseña karate un viejo ex combatiente de la II Guerra Mundial con tendencia a la alcoholemia que acaba regalándole un coche. ¿No es ese el sueño de cualquiera?

En la fabulosa y olvidada Star Drive In: Campo de exterminio (Brian Trenchard-Smith, 1986) la cosa se había puesto tan mala con los adolescentes rebeldes que decidían engañarlos y meterlos en campos de concentración disfrazados de autocines que eran un remedo del mundo comercial más pasteloso de los ochenta. Incluso en El Rector (Christopher Cain, 1987) se daba respuesta a la necesidad de meter a toda una generación en vereda: armar a Jim Belushi con un bate de beisbol y soltarlo por los pasillos de un instituto conflictivo.  

Pero en cuestiones de rebeliones violentas contra el sistema protagonizadas por chiquillos posiblemente la palma se la lleve la rarita La revolución de las mariposas (Bert L. Dragin, 1987) donde un campamento de verano caía en manos de los chavales por culpa de un manipulador alumno que decidía convertir aquello en su Camboya. 

Spike trasladaría toda esa ‘violencia juvenil’ a School Daze (1988) y los conflictos dentro de la comunidad negra antes de rodar Haz lo que debas (1989) donde se centró en los problemas interraciales. La década se cerraría con un canto a la rebeldía y a los profesores ‘guays’ con El Club de los poetas muertos (1989, Peter Weir) que, posiblemente, marcara a toda una generación de alumnos que honraron a sus profesores, solo a los mejores, con el famoso “¡Oh, Capitán! ¡Mi capitán!” con el que los muchachos de la recta Academia Welton despiden al bueno del profesor John Keating (Robin Williams) que les había llenado la cabeza con sueños tan estúpidos como los de ser felices y divertirse antes de hacerse viejos. La respuesta, muy chunga, sería Clase de 1999 (Mark L. Lester, 1990) donde un grupo de alumnos se enfrentaban a un claustro formado por robots asesinos. Con violentos resultados. No podía ser de otra forma. 

Por cierto, en diciembre veremos el estreno de un concurso sobre conocimientos de la década en la que la gente cursaba EGB que no son los 90, ni los 70. Un nuevo episodio de la infame lucha entre profesores y alumnos. Entre apocalípticos e integrados. No habrá pescozones para los más olvidadizos.