Deberes y obligaciones

Mis tardes de los 80 y 90 eran más o menos así: bocata, capitulito de los dibujos que echasen, hacer el gamba y, por supuesto, los deberes. Siempre los deberes.

Desconozco cómo se lo gestionarían los que nunca los hacían y, además, se la soplaba. Tampoco tengo la más remota idea de cómo se siente alguien olvidadizo o que no podría encargarse de estos asuntos por cualquier problema logístico o familiar.

Yo solo sé que por mi carácter, y por cómo me educaron, era muy cumplidito y cada día me enfrentaba a un montonazo de tareas con el agobio que puede sentir un oficinista que debe hacer un informe para antes de ayer.

 

Análisis morfosintácticos de frases infinitas, conjugaciones de los verbos más puñeteros e irregulares del castellano y el inglés, copiar cuarenta veces las tablas de multiplicar y cien cada falta de ortografía, colocar en un dibujo partes del cuerpo que ahora no recuerdo ni que existen, dibujar mapas con ríos, montañas, cabos y golfos; y los putos míticos cuadernillos Rubio. Y esto en el colegio, que luego vino el instituto y la resolución de problemas físicos, químicos, matemáticos y los que surgían en mi casa cuando me daban las notas.

 

El caso es que esto era perfectamente normal en la mayoría de hogares y, hasta donde recuerdo, nadie puso nunca el grito en el cielo.

 

Ahora hagamos bueno el dicho de que el tiempo vuela y plantémonos en hoy mismo y en la campaña Fines de semana sin deberes promovida por la Confederación de Asociaciones de Padres de Alumnos (CEAPA), quieres reivindican “la recuperación del tiempo familiar que nos corresponde”.

CEAPA Deberes Noviembre
©CEAPA

Pero, ojo, ¿qué se entiende por deberes? ¿Se piensa en los niños o en los adultos? El lío está servido.

 

Los chavales son la alegría del hogar y sus sonrisas se cotizan al alza, bien. Lo que pasa es que, A LO MEJOR, de vez en cuando, suponen un incordio. Sobre todo cuando en el escasísimo rato que se coincide con ellos no están libres. Y, oye, jode un huevo no poder ir de casa rural porque resulta que el niño tiene una pila de cosas por hacer.

 

-¡Eh, que a mí mis hijos no me molestan!

 

Claro que no, amable espontáneo, sobre todo cuando están en inglés, kárate o termodinámica nuclear hasta las 8 de la tarde.

 

– …

 

No se sienta culpable, nos pasa a todos. Incluso al jefe de tu jefe, que es el que tiene en su mano hacer más racionales los horarios laborales, incluso al Ministro de Educación de turno que podría, para variar, echarle valor y reestructurar el sistema. E incluso a los que se guardan en el bolsillo el dinero de todos impidiendo que haya recursos para construir escuelas, contratar profesores y evitar la masificación de las aulas.

 

-Hombre, visto así…

 

Vas tirando del hilo y todo se complica. Y, si te fijas, ni siquiera hemos hablado de si es recomendable que los chaveas resuelvan ecuaciones en casa para repasar lo estudiado, explicado y requeteaclarado en clase, o si se les infla a actividades en una suerte de prórroga de lo que no da tiempo a contar en el aula y que debe hacerse para cumplir con planes de estudio desquiciados; o si, idealmente, las tardes deberían dedicarse a explorar, ampliar o comentar temas que desarrollen el interés por aprender.

 

La solución, como siempre en estos casos controvertidos, está clarísima: ni idea.

 

-Po sí.

 

 

Gracias a @JuAntx0k por su ayuda y tiempo.

Foto: Katia Herreros.