Descubrimientos

—¿Quién es?

—Soy yo.

—¿Qué vienes a buscar?

—A ti.

—Ya es tarde.

—¿Por qué?

—Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti.

—¿Sabes que son hermanos?

—¿QUÉ?

Descubrir que los integrantes del dúo Pimpinela eran hermanos y no unos apasionados amantes me hizo escuchar sus canciones con una mueca extraña.

Enterarme de que dentro de Espinete, a modo de alma que lo sostenía y animaba, había una mujer tampoco me dejó indiferente; y por las búsquedas que me sugiere Google, creo que a muchos de vosotros os pasó lo mismo.

La mañana de un 6 de enero, tras leer una nota que me habían dejado los Reyes Magos, advertí que la letra se parecía sospechosamente a la de mi madre. “Jo, qué cara más dura, mamá —dije, guardando la lupa y sacando la pipa de Sherlock Holmes—. Además de copiarte la letra, los Reyes han abierto el cajón y han cogido el bote de típex que compraste hace unos días”. “Muchas confianzas se toman estos Reyes, sí…”, supongo que diría mi madre, dando gracias porque no se hubiera inventado el Grafologonova. Años más tarde, comprendí por qué ambas letras tenían tantas similitudes.

Me extrañó que el perro, de repente, hubiera decidido irse a recorrer mundo, porque parecía que estaba a gusto con nosotros, pero la verdad es que no me costó nada imaginarlo haciendo un hatillo y marchándose, con la cabeza bien alta, sin mirar atrás. Al fin y al cabo, D’Artacán y los tres mosqueperros vivían mil aventuras en cada episodio (porque entonces eran episodios; no había capis ni 1×01 – El viaje de D’Artacán. Amis, por si me lees: quiero que sepas que sigo esperándote). Unos años después, supe que al perro lo había atropellado un coche. Todavía hoy sigue gustándome más la versión de la aventura canina.

Cuando me enteré de que si a una lagartija le cortas el rabo, de ese rabo no crece otra lagartija, y que es justo al revés, me sentí fatal. Recordé las tardes mirando el bote en el que habíamos guardado esa parte mágica de la lagartija de turno, esperando que se obrara el milagro de un momento a otro, sin parpadear, por si nos lo perdíamos. Pero nunca pasaba nada. Fue la primera vez que empecé a sospechar que la magia no existía.

Después de unos años en este mundo, te vas dando cuenta de que la vida va precisamente de eso: de descubrir cosas todo el tiempo.

Que lo de que te vas a hartar de comer helados cuando te quiten las amígdalas, dicho con una sonrisa demasiado grande para mi gusto, que tenía que haberme hecho desconfiar, no es del todo cierto, porque no te apetece nada comer helados después de la operación.

Que puedes ver pasar la vida por delante de tus ojos con cada cucharada de Cola Cao en polvo que tomas y que se va por el lado que no es.

Que los cuentos no tienen por qué tener un final feliz, que los buenos no ganan siempre y que los feos no son malos.

Que la regla te viene cada 28 días, que existen compresas más pequeñas que esas que te compraban los primeros meses (¿compresa o pañal? Todavía no lo sé) y que si haces mayonesa en esos días, no se te corta. Ni la mayonesa ni la regla.

Que si la voz de la radio te enamora, no te pases por la emisora (¿sabéis de dónde es esta frase?). Cuánto daño hizo internet a esos locutores que creíamos guapísimos, porque tenían una voz preciosa, y a los que bajábamos del Olimpo de los dioses al ver su cara entre los resultados de Altavista.

Que “examen”, “resumen” e “imagen” no llevan tilde, aunque sus plurales sí la lleven, porque son palabras llanas terminadas en ene.

Que la selectividad no es el fin del mundo y que hay vida más allá, aunque en COU pareciera todo lo contrario.

Que ningún monstruo va a aprovechar para agarrarte el pie que has dejado fuera de la sábana y arrastrarte a su mundo infernal. Bueno, de esto último no estoy nada segura.

3 opiniones en “Descubrimientos”

  1. Maravilloso texto, como siempre.

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