Destino ‘Mahlerrrr’

Estaba intentando recordar cómo Mahler llegó a mi vida,  en qué momento se produjo esa incursión, ya que aparte de haberlo estudiado muy por encima en 1º de BUP en Música, no había escuchado casi nada de él. O al menos sabiendo que lo que escuchaba era parte de su obra. Hasta ese momento mis audiciones de música clásica se reducían a piezas sueltas (casi nunca aguantaba sinfonías completas) de “los de siempre”: Mozart, Beethoven, Chopin, Bach, Schubert…

No puedo asegurarlo pero tal vez fuera al ver Muerte en Venecia (1971), aunque tampoco recuerdo si he visto la película entera (toca revisionarla) o sólo el final en youtube (cosas de la mente cuando se rozan los 44), con esa escena final en la que Dirk Bogarde en su papel de alter ego del propio Mahler se va muriendo, ridícula y tranquilamente sentado en una tumbona, en la playa, intentando alcanzar al joven Tadzio, al son de los compases del cuarto movimiento (sí, el adagietto) de su 5ª sinfonía, creando una de las atmósferas más bellas y emotivas de la historia del cine.
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¡Jarl! —22 años después aún tengo expresiones de Chiquito de la Calzada, y seguro que no soy el único de los lectores que aún las utiliza—. 
O tal vez fue al ver Maridos y mujeres (1992), de Woody Allen, con la acongojante 9º Sinfonía… No, aquí no pudo ser, como tampoco lo fue en esa deliciosa película de animación de Isao Takahata Mis vecinos los Yamada, con la marcha fúnebre del primer movimiento de la 5º sinfonía.

Sí, está claro que fue posterior al año 2002, cuando me casé (te quiero Mayte) y pasamos media luna de miel en Viena, visitando su famosa ópera donde se encontraban, entre otras, sus características gafas: ¡cuántas veces me he dicho a mí mismo que ojalá en ese momento ya lo hubiera descubierto! ¡Cuánto habría disfrutado al estar tan cerca de algunas de sus pertenencias! Hubiera ido incluso, si mi ya esposa hubiera dado su consentimiento, al cementerio de Grinzing a visitar su tumba y permanecer inmóvil a centímetros de los restos de semejante genio… Una sepultura en la que sólo aparece su nombre, ningún  epitafio tal y como deseaba: “Aquellos que me vayan a buscar, sabrán quién fui y no hace falta que lo sepan los demás”. ¡Vaya frase!

En fin, el caso es que en un momento de mi vida, mi mente/corazón hizo click al escuchar alguna de sus piezas, lo que me llevó a profundizar en su vida y descubrir poco a poco, muy poco a poco su obra… ¡Quietorrrr! —de nuevo Chiquito, cuánto daño ha hecho este hombre a mi generación— ¡Ya lo recuerdo! Fue cuando mi buen amigo Fernando  me dejó en DVD, tal y como hizo con cientos de bandas sonoras y películas, que metódicamente me iba pasando a mp3 y DVD-R (gracias Fernando),  la integral de todas sus sinfonías conducidas por Leonard Bernstein. Sí, ahí fue. ¡Qué descubrimiento, amigos! Estaba claro que Mahler era para mí,  y más cuando leyendo alguna de sus biografías te das cuenta que muchos de los acontecimientos más destacados de su vida coinciden en fechas con los míos. Hay alguno más pero los dos ejemplos más destacables:

Fallece el 18 de mayo de 1911: ese mismo día, en otro año, nace mi primer hijo, uno de los momentos más felices de mi vida. Era como una reencarnación, si bien mi hijo es más de Minecraft que de Mahler, aunque su tiempo llegará.

Se casa el 9 de marzo de 1902 con Alma, su única mujer, uno de los personajes más fascinantes del siglo XX: justo 100 años después me caso, ese mismo día, esperad que lo confirmo con el anillo… joder no sale… ya… sí, 9 de marzo, lo que yo decía (te quiero Mayte).

Destino o causalidad, no lo sé, el caso es que un hilo invisible conectó mi existencia con la de Mahler, en diferente época y lugar, con una música que me ha hecho conocerme mejor a mí mismo, agitando algo que habitaba en mi subsconsciente, tristeza, pesimismo, esperanza, naturaleza, muerte… Aún hoy sigo sintiendo un nudo en la garganta cuando escucho alguna de sus sinfonías. Y es que, como leí una vez, para sobrevivir, todos debemos procesar de una forma u otra el dolor del mundo, y escuchar a Mahler es la mejor forma de conseguirlo.

En definitiva, hoy puedo decir a voz en grito que I’ve been Mahlered.