El niño perdiz

Aquel hombre pasaba tanto tiempo fuera de casa en busca de perdices que su hijo deseó convertirse en una de ellas. Y con tanta fuerza lo deseó, con tanta ilusión y esperanza, que no tardaron en salirle las primeras plumas bajo del cuello.

Al poco tiempo, el niño sonrió cuando sus brazos empezaron a convertirse en alas y su boca en un fino pico. Una mañana durante el desayuno, su madre detuvo su cálida mirada en él con cariño y le dijo:

“¿Por qué quieres ser un pájaro? ¿Tanto te gustaría volar?”. Mientras se pensaba la respuesta, el niño intentaba sorber su leche con cacao. “¿Ya sabes que un pájaro nunca podrá ser futbolista, ni astronauta, y mucho menos descubridor de tesoros?”, insistió la mujer mientras le daba al niño una pajita para que consiguiese beber de la taza con aquel fino pico.

“No me importa”, dijo él. Y su madre le miró con tanta ternura que al niño le dieron ganas de abrazarla, pero no pudo, porque sus brazos ya eran suaves y sedosas alas.

Un día el niño despertó siendo perdiz. Salió de su habitación y voló hasta la habitación de su padre para darle la gran noticia. “Ahora me querrá más que nunca”, pensó mientras se posaba sobre el respaldo de una silla . Pero su padre no estaba allí, había salido con las primeras luces del alba en busca de perdices.

Así que el niño perdiz fue a su encuentro. Sobrevoló montes, ríos y valles tan rápido como pudo hasta que dio con él. Estaba exhausto, resulta que volar era agotador, al menos para una perdiz.

Allá iba su padre, dando grandes zancadas sobre un sembrado tras los pasos de su fiel perra Tana. Y hacia allí se dirigió raudo el niño para recibir todo el cariño y el amor de su padre. “¡Papi ya soy perdiz!”, gritó mientras se acercaba a su padre. Entonces Tana se quedó muy quieta con el rabo tieso y una pata levantada, su padre encaró su arma con rapidez y dos disparos rompieron el silencio.

¡PUM – PUM!

El niño perdiz hizo un rápido escorzo en el aire al tiempo que veía cómo otra perdiz salía de un matorral cercano y caía abatida por el plomo de los cartuchos.

Voló y voló. Se alejó de allí todo lo que pudo convencido de que su padre acabaría con él tan pronto como le viera. Se detuvo a descansar y unas lágrimas humedecieron sus bellas plumas.

“¿Por qué había matado papá a aquella pobre perdiz?”, pensó mientras se limpiaba el plumaje con el pico. “Yo pensaba que para él no había nada en el mundo tan amado como las perdices. Volveré a casa. Quiero ser un niño, ya no quiero ser perdiz”, graznó mientras levantaba el vuelo.

Cuando llegó a su casa su madre le estaba esperando en la cocina con la cena preparada. “Hola hijo mío. ¿Dónde has estado? Me tenías preocupada”, dijo su madre acariciándole suavemente con el dorso de la mano el plumaje de la cabeza mientras le servía un plato de migas de pan bañadas en leche. “He ido en busca de papá, pero no le he encontrado”. “Pobre hijo mío. Me gustaría tanto que volvieras a ser un niño para besarte y abrazarte durante horas y horas”.

Entonces, el niño perdiz se fue a la cama y volvió a pedir un deseo. Quiso volver a ser un niño para que su madre pudiese besarle y abrazarle durante horas y horas. Y después ser futbolista, astronauta o descubridor de tesoros.