En ruinas

Nadie entendía sus solos.

Eran demasiado largos, asincopados, nada fluía como se suponía que debía fluir. No encajaban en ninguna escala predeterminada.

Y cuando por fin conseguías entrar en ellos, cuando te acomodabas y te sentías seguro, un quejido agudo y estridente te sacaba a empujones de allí.

Algunas notas caían rompiendo un suelo cubierto de serrín, vómitos y colillas manchadas de carmín barato.

Él, con los ojos cerrados. Ausente. El pianista bebía cerveza. El contrabajista intentaba seguirle. El baterista manejaba las baquetas con incertidumbre, sin tener muy claro cuál sería su siguiente paso. Sin saber cuál sería el siguiente paso de nadie. No hubiese podido repetir ni tres de las notas que acababa de marcar aunque su vida dependiese de ello.

El que improvisa te obliga a improvisar. Lo que no te esperas te lleva a lugares insospechados. Mejores o peores, pero nunca iguales.

La lengüeta de su boquilla estaba empapada en tuberculosis.

La fina madera laminada se había reblandecido por una saliva rancia como sus días y un aliento espeso como sus noches. Un aliento que nunca había dejado de ser un último aliento.

El solo había dejado aquel local prácticamente vacío. Un hombre parecía seguir interesado en saber cómo acabaría aquello. “Gran error”, pensó él. Los finales no son importantes. ¿Preparar el final de un solo para que enganche bien con la melodía? ¿Preparar? ¿Pensar? ¿Plantear?

Una frase se acaba sin más. Un vaso de whisky se termina con un último sorbo, uno exactamente igual que el anterior y que todos los demás. Él lo bebía sin hielo.

Sus dedos subían y bajaban por las nacaradas llaves como si de hormigas se tratasen. Siguiendo una constante pero entrando y saliendo de ella en función de lo que iban encontrando por el camino. Una miga de frustración. Una brizna de angustia.

Una mujer moría en su silla. La cabeza apoyada en la pequeña mesa de madera. Una botella de ginebra medio vacía.

El solo terminó, nadie aplaudió. Ladeó la cabeza. Se empotró otro cigarrillo en la boca. Miró al pianista. Quería escuchar. Saber algo más. Entender la vida.

Le costó un par de segundos reaccionar. Continuó con la melodía de Everything happens to me como pudo. Cuanto peor es un local mejor suena un piano.

El barman escuchaba apoyado en la barra. Llevaba años escuchando. Susurros. Fracasos. Fragmentos de algo que nunca sería nada. Sostenidos. El golpe de una moneda que deja otra muesca en aquella noche de cemento aún sin fraguar. La agonía de una botella de bourbon.

El cuarteto volvió a reunirse por última vez en la melodía. La melodía. La melodía. La melodía.

Impecables. El tañido de una gran campana. Crees que ha terminado pero no tiene fin. Sigue sonando pero ya nadie alza la cabeza. Perfecto. Abriéndose camino entre muros impasibles. Arrastrando todo aquello que encuentra a su paso. La mujer resucitó y volvió a llenar su vaso.