Encuentros en un motel

Nadine tiene miedo a las relaciones a distancia. Una vez tuvo una, vivían juntos e incluso compartían cama cada noche, pero se sentían infinitamente lejos. Nadine ha dejado de creer en los compromisos. Los define como promesas emocionales eventuales.

—No hay mayor espacio que el que no se ataja caminando —comenta.

—¿Cuántos años llevabais juntos? —me atrevo a preguntar. Acto seguido, se muerde los labios y expira malgastando su mirada, fija en nada.

—En realidad no sé si hemos terminado. A decir verdad, tampoco recuerdo por qué empezamos algo que no sabríamos mantener.

—Y tú, ¿a qué tienes miedo?—desvía la conversación.

—No lo sé.

—Eso es imposible. Todo el mundo tiene sus miedos presentes.

—Yo no —le miento.

—Sí, bueno —se gira y continua mirando por el ventanal.

Fuera anochece con descaro. El cartel de neón, alojado en la fachada de aquel motel parpadea emitiendo un sonido tan molesto como inexistente.

Nos conocimos en la presentación de la novela de un amigo común. En ocasiones, las mejores historias se escriben entre líneas, al margen e incluso después de haber presentado el libro.

—Disculpe, ¿puedo? —irrumpí señalando la botella de vino que había tras su espalda.

—Sí, claro —respondió ella mientras retrocedía un paso hacia el costado.

—El vino ensalza el sabor de los momentos —añadí gratuitamente.

O le hacen a uno evadirse.

—Cierto, en ocasiones es lo mismo.

Nadine era de esas personas que transmiten calma de un modo tan intenso que llega a incomodar. A su lado sentía una mezcla de impaciencia y nerviosismo.  Deseaba saltarme los preliminares, decirle que lo nuestro era una apuesta segura y después, proponerle una huida. Hay un punto en el que dejarlo todo es la mejor forma de sumar. Pero por desgracia, la vida no siempre marcha a nuestro ritmo, así que me limité a contestar a su sonrisa con un gesto amable y caminé hacia mi derrota, dejando atrás una intuición enrabietada.

Posteriormente, nos buscamos en cada movimiento, mantuvimos una coreografía perfecta que duró toda la velada. Bebimos, hablamos de nada y nos contamos todo. Ella era escultora, tomaba el café solo, con una pizca de azúcar moreno. “Como si estuvieses echando sal a un tomate” y su mayor vicio era leer desnuda sobre la cama. Yo le conté que desayunaba tortilla de avena, que me dedicaba al flamante mundo de las editoriales y alguna mentira más.

El tiempo, ahora sí, pasó en un suspiro y Nadine miró su reloj angustiada, como si todos los taxis de la ciudad fuesen a convertirse en calabaza de un momento a otro.

—Debo irme.

—Vamos —me salté los protocolos y nos cogimos de la mano.

En ese preciso instante, todo se desbordó. Ella aceptó abandonar cualquier ápice de lógica, como quien deja de preguntarse por qué mantiene ciertas manías si realmente duelen. Siempre supo que le mentía, aún así prefirió confiar en mí. ¿Qué nos queda si no podemos engañarnos a nosotros mismos?

Salimos de aquel taxi, enlazados, semidesnudos. Sus zapatos de tacón pendulaban entre mis dedos. Ella apartaba constantemente su flequillo despeinado, vencido y alocado. Nos tambaleamos hasta la recepción de aquel motel, como otras tantas veces. Volví a desnudarla en el ascensor, deshojando la margarita de la negación. Zigzagueamos por el pasillo, nos besamos, mordimos, arañamos y deseamos por encima de nuestros sentimientos. Entramos en la 207, de un modo mecánico, sin despegarnos. Follamos en cada rincón. Nunca antes lo había hecho con una escultora. Ella volvía a caer en la tentación de hacerlo con un mentiroso compulsivo. Supongo que es más sencillo así, siendo otras personas, ajenas a lo que una vez fuimos. Nunca salíamos del rol adquirido hasta volver a encontrarnos en casa. Normalmente uno se quedaba en el motel mientras el otro llegaba a tiempo para acostar a los niños.

Con el paso del tiempo, aquellos encuentros se convirtieron en una mezcla de mentiras y verdades que llegaban a doler. “En realidad no sé si hemos terminado. A decir verdad, tampoco recuerdo por qué empezamos algo que no sabríamos mantener”.