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Mi primera contraseña, chispas, fue el pin de la tarjeta de Cajamadrid que me dieron al abrir mi cuenta joven. Cuatro números.

Mi siguiente contraseña fue la de Hotmail. Unos pocos números más. 123456, claro.

INCISO
No entiendo muy bien por qué la primera vez que vimos Internet en nuestra vida fuimos directamente a crearnos una cuenta de correo, en vez de buscar porno, que es lo que cualquiera haría. ¿No? Eran otros tiempos, diría otro, ya teníamos la peli codificada del Plus los sábados. Aquella que si entrecerrabas un poco los ojos podías ver una teta. Pero una dirección de correo electrónico. ESO ERA LO MÁS.

Luego vino el PIN y el PUK del teléfono móvil. El PIN mola, pero el PUK es una mierda porque encima de volverte loca porque no puedes acceder al móvil y a saber qué se estará cociendo en tu grupo de Whatsapp “Sálvame Diario”, tienes que volver a rascar en la tarjeta, si es que la encuentras, y te manchas la uña y al final te cambias antes de teléfono que ir a la tienda Orange a que te lo desbloqueen.

A partir de ahí ya fuimos en picado.

Al PIN de la tarjeta de débito, el PIN del móvil, y la contraseña de Hotmail le fuimos añadiendo la contraseña de inicio de Windows, la firma electrónica para las transacciones bancarias, las contraseñas de Twitter, Facebook, Instagram, LinkedIn, Tuenti, Flickr, Badoo, otras tres de otras tantas nuevas cuentas de correo, la de Google, la de Yahoo, y la de telefónica.es, otros 3 números PIN, para las tarjetas de LaCaixa, el Santander y Caja Castilla La Mancha, la contraseña de forocoches, la contraseña de la alarma que pusimos en casa, la de la caja fuerte, algunos hasta le pusieron contraseña a la BIOS de su ordenador para proteger al 100% su carpeta MisDocumentos/Porno, la contraseña de la radio del coche, que si te quedas sin batería hay que meterla para poder seguir escuchando Radio Marca, la contraseña del ordenador del trabajo, esa que te olvidas cuando te vas de vacaciones, la contraseña del candado de la nevera cuando tienes hijos gordos, la contraseña que desbloquea TODAS LAS DEMÁS CONTRASEÑAS.

Y entonces me paro a pensar. ¿Qué pasará cuando me muera? ¿A dónde irán esas cien contraseñas como las gaviotas de Duncan Dhu?

He pensado que voy a dejar escrito en mi testamento que me han de enterrar al pie de una cuba con un ramo de uvas… no, espera, eso no es. Voy a dejar en herencia todas mis contraseñas a mis hijos y nietos, para que hagan con mis cuentas lo que les apetezca. Joder, ¿a quién no le gustaría recibir en herencia una cuenta de Twitter con 83.000 seguidores valorada en aproximadamente 0,00€?