Hay mentiras que son poesía

Cada mañana me preguntaba lo mismo y le respondía que sí, que habíamos dormido abrazados toda la noche; pero era mentira, yo nunca dormía. Normalmente me limitaba a permanecer inmóvil, llegando a sentir su cálida respiración en mi nuca, como una corriente de aire africano con esencia a berbere. En ocasiones se asimilaba más a la densa masa de aire procedente de las fosas nasales de un rinoceronte blanco, de poco más de 3 toneladas, antes de comenzar una carrera que haría vibrar al miedo allá por donde pisara. Y me abrazaba, como quien se acopla a su nave nodriza. Como un botón, que tras un leve giro se introduce de un modo perfecto en su ojal, pasé a ser el vacío donde ella penetraba y se quedaba a dormir, acurrucada. Y entrábamos en otra dimensión. Una más pausada, donde no sucedía nada. Yo me giraba despacio, como quien pasea por el espacio con una misión establecida, alunizar en su torso semidesnudo. Examinaba cada rincón de su cuerpo, como quien se encuentra cara a cara con una obra de arte inesperada. Fuera, la luz de una famélica farola provocaba siluetas oscuras que danzaban sobre el cabecero, alguna incluso caía al suelo. Sobre sus caderas la sombra de un árbol que asomaba tras la ventana, como queriendo echar raíces en su lado de la cama. El reloj de la mesita era digital, por lo que carecía de ese terrible y molesto tic-tac que tanto echaba de menos. Cuando no hay nada que decir el silencio se convierte en un ruido intenso que ensordece al resto de los sentidos.

Nos conocimos por descuido. Yo corría tras un tranvía que me evitaba, ella esperaba al tren en la parada del autobús, su idea era tomar el primer avión que pasase; tan sólo buscaba perderse entre las nubes que amenazaban tormento sobre su cabeza. En el suelo una maleta y en sus ojos el vacío donde cabían todos mis sueños. Sin excusa aparente fue que comenzamos a hablar sobre barcos e incluso submarinos, “la línea 12 te acerca a los sueños más profundos” dijo alguno de los dos mientras el otro asentía convencido. Hay mentiras que encajamos porque son verdades dichas de otro modo, algo así como la poesía de lo que sucede cada día.

Aquella tarde perdimos todos los medios de transporte posibles, por lo que avanzamos caminando, uno al lado del otro. Nos convertimos en dos personas que no esperaban nada, y viajamos, con los bolsillos cargados de espacio. Paramos en cada puente y nos asomamos al abismo del compromiso, dejando medio cuerpo fuera. Saltamos charcos medio vacíos con total optimismo. Jugamos a girar el columpio hasta enredar las cadenas, era nuestra forma de darle vueltas a todo. Nos burlamos del reflejo en cada escaparate, como si no fuese nuestro. Nos buscamos en cada portal, jugando al escondite con lo establecido. Nos besamos sin besarnos, nos pensamos sin pensarlo.

Me pregunto qué estará soñando. Lleva tanto tiempo dormida que es inevitable andarme por las ramas reflejadas en su cintura. Hace unos días me preguntó si recordaba la tarde en la que nos conocimos. -Claro- comenté seguro de mí mismo-, yo volvía de la universidad, había perdido el tranvía y tú viajabas sin rumbo.- Sonrió y no volvió a sacar el tema, pero aquello era mentira, ambos lo sabíamos. En realidad yo salía de un trabajo que aborrecía y corría como pollo sin cabeza detrás del autobús, no debía llegar tarde a una vida en pareja que me consumía. Me encontraba en ese punto de la vida en el que te dejas llevar por la monotonía y no te paras a pensar en nada. Ella también tenía un compromiso que le desgastaba.

Puede que nos conociésemos en una parada de autobús, quizá en la cola del supermercado, o en Paris, a los pies de la torre Eiffel, ella buscaba la fotografía perfecta y yo la inmortalizaba en mi lienzo. No lo sé, ha pasado tanto tiempo que apenas recuerdo nuestras propias mentiras. Sé que esto no va a durar mucho más. Ella partirá y yo me encontraré perdido. Ahora estamos en un motel de carretera, hemos guardado bajo la cama un maletín con el botín y yo le espero fuera. Al menos hasta que el doctor salga de la habitación. Hay lugares que huelen a despedida, como ciertos hospitales.