Hitchcock, o por qué me siento Janet Leigh cuando voy a la ducha

Nacemos con miedo. Pensar de adultos en algo que nos da miedo es retrotraernos a la infancia. O lloramos de puro miedo al nacer, o no respiramos. Luego viene el hombre del saco, el ‘si te portas mal no vienen los Reyes’, el ‘si no te callas, te llevará un viejo’, ‘estudia o no tendrás futuro’, ‘cásate cuanto antes o morirás solo’, ‘no te quejes, al menos tienes trabajo’, ‘cuídate o te va a entrar algo malo…’. El miedo es progresivo y consustancial a nuestras vidas. Del miedo irracional pasamos a ser algo temerarios de niños y adolescentes, por eso suelen ser épocas felices y sin consciencia del peligro; luego vuelve lo irracional y se instala un miedo que ya nunca nos abandona si no se le combate adecuadamente. Casi casi siempre acaba venciendo.

Alfred Hitchcock sabía mucho del miedo. Con cuatro o cinco años su padre lo mandó a comisaría con un carta; el comisario la leyó y lo metió unos diez minutos en una celda: “Esto es lo que le pasa a los niños que se portan mal”. Desde entonces, siempre tuvo miedo de los policías. Después de aquel episodio de iniciación en el miedo, estudió en los jesuitas –su familia era católica, una excentricidad en su Inglaterra natal—, y allí tenía miedo a todo lo que los jesuitas entendían que estaba mal y tenía miedo a una vara con la que golpeaban a los jovencitos que no hacían caso. Aprendió a convivir con el miedo. Y lo filmó como nadie siendo un miedoso, como apunta Truffaut en El cine según Hitchcock, libro de cabecera de todo cinéfago.

Quiso ser ingeniero pero desde su adolescencia quedó atrapado en el cine. No amaba el cine, amaba el celuloide, dirían los grandes cineastas franceses que sacaron brillo a su figura, algo minusvalorada tras su salto a Hollywood, y la situaron en el olimpo del cine de autor. Y es cierto, él mismo reconoce en diversas entrevistas en profundidad su máxima preocupación por controlarlo todo, por supervisar toda la producción y no dejar nada a la improvisación tratando de contar siempre con los mejores (desde Saul Bass en los créditos a Herrmann en la banda sonora). Su obsesión por dominar la técnica fue absoluta. De hecho, como cineasta total, cualquier contratiempo en un plató le aterraba.

Psicosis. Cortesía de Universal Studios Licensing LLC © 1960 Shamley Productions, Inc
Psicosis. Cortesía de Universal Studios Licensing LLC © 1960 Shamley Productions, Inc

El miedoso sir Alfred debió de ser además un cachondo mental. Quizás por eso de que cuando tenemos miedo nos entra la risa floja o por eso de convertir el miedo a las despedidas para siempre en una sesión de chistes en el tanatorio. Solo él pudo convertir en un juego continuado en el tiempo el aparecer de refilón en sus películas (hizo cameos en 39 de sus 53 títulos) para alborozo de los espectadores: en La trama (Family plot, 1976), la última que rodó, solo aparece su silueta tras la cristalera de la puerta de una oficina de nacimientos y defunciones; murió cuatro años después en su casa de Los Ángeles.

Sólo alguien como él se atrevió a perturbar a la puritana sociedad anglosajona rompiendo tabúes en el cine (derribando miedos, al fin y al cabo), como mostrar el plano de un urinario mientras alguien tira de la cadena o a una mujer en lencería en el cartel de uno de sus filmes. Y solo alguien tan miedica pudo tomarse a pitorreo una de sus películas más aterradoras, esa donde el sexo y la violencia campan a sus anchas en el Motel Bates. En una entrevista en la BBC llegó a admitir que le horrorizaba que la gente se hubiese tomado tan en serio Psicosis (Psycho, 1960), cuando para él fue como subir a una montaña rusa de la que cuando nos bajamos “nos reímos con placer”.

Una de las instalaciones de la exposición 'Hitchcock, más allá del suspense', en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid.
Una de las instalaciones de la exposición ‘Hitchcock, más allá del suspense’, en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid.

Hitchcock, por cierto, solo rodó una comedia —como género puramente dicho— en su extensa filmografía, Matrimonio original, un comprometido encargo al que no pudo negarse. Por miedo o no, yo sé que es raro no entrar en la bañera y no sentirme por un instante como Janet Leigh (menos rubio y con menos pelo) tras la cortina de la ducha, a punto de ser apuñalado por un Norman Bates cualquiera y como si me envolviera una aterradora música de violines como cuchillos. Y así todo.

Coda: no deben perderse, si tienen tiempo y pueden, la exposición ‘Hitchcock, más allá del suspense’, en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid (Fuencarral, 3). Comisariada por Pablo Llorca, estará abierta con entrada gratuita hasta el 17 de febrero de 2017, y es una estupenda oportunidad para sumergirse (casi literalmente) en el imaginario completo de uno de los artistas más grandes y más acojonados de la historia del cine.