‘El hombre de las mil caras’ o cómo nos engañó ‘Informe semanal’

Vi muchos reportajes de Informe Semanal durante mi infancia porque en casa de mis abuelos era lo que se veía los sábados por la noche. Recuerdo dos de ellos con más o menos nitidez: aquella tomatina de crímenes en Puerto Hurraco y la detención de Luis Roldán en Laos. En la matanza profundicé algo más por la curiosidad-morbo que de chico te provocan estas historias que conmocionan a un país —y que casi siempre tienen que ver con la sangre—, pero sobre la peripecia del delincuente que dirigió la Guardia Civil, en cambio, no logré completar el relato ni sus claves, aclarar la turbidez del asunto. Era uno de esos asuntos políticos enfangados en las cloacas del Estado que se oían como un runrún incómodo pero que no terminaba de ir contigo —fíjense hasta qué punto lleva arraigada la corrupción en nuestro subconsciente desde el año de la polka—.

En un goddardiano reportaje titulado El final de la escapada, el locutor de TVE, aún con voz de NO-DO, afirma: “Era la asignatura pendiente del Ministerio de Justicia e Interior. El lunes 27 de febrero el Gobierno español creyó haber aprobado con matrícula de honor. Un grupo de policías detiene en el aeropuerto de la capital tailandesa al ex director de la Guardia Civil, Luis Roldán”. Decían en los informativos que Roldán había sido detenido en Tailandia y tú, ajeno a casi todo, te lo tragabas igual que te tragabas un polo flash, sin esperar a que se derritiese. Decían que era un tipo que iba “con la mentira por delante, que esa era su divisa”, y tú no caías en que  los políticos que le auparon al cargo y los que luego lo derribaron funcionaban exactamente igual.

Al final del reportaje de la Primera, por aquello de no querer disparar al pianista, se apunta durante unos minutos a la verdad que cuenta el thriller aunque al final prevalece la versión oficial; y es esa la que precisamente se nos quedó alojada en algún lugar del cerebro. Ahora, gracias a El hombre de las mil caras, el nuevo filme de Alberto Rodríguez, he descubierto la historia casi como si leyera un reportaje largo y trepidante. Como si pasara una página tras otra con cada fecha que aparece rotulada en pantalla, con cada uno de los títulos intercalados que presenta a personajes tan siniestros como El algarrobo o El cochero de Dracula.

La película funciona sin tregua. De cabo a rabo. Y el ritmazo de las secuencias, de los hechos, de las fechas, de las conspiraciones, de las estratagemas, de los giros de guión y en las tretas de los personajes, no le va a la zaga a la velocidad con la que se suceden los dilemas e interrogantes que nos propone su guión (Rafael Cobos empieza a ser para Rodríguez el Guerricaechevarría de De la Iglesia en su época potable). Las interpretaciones, enmarañadas en la tela de araña que teje la historia, huyen del maniqueo, de lo superficial. Y solo podemos decir: gracias. La ambigüedad moral de los protagonistas se sintetiza en una de las chuscas frases auto exculpatorias de Roldán: “Hice lo que todos hacían”. ¿Quiénes eran todos? ¿Y qué hacían todos? ¿Políticos que manejaban caja b para financiar sus cosas o desviaban fondos públicos para arreglar asuntillos internos? ¿Ejecutivos que estafaban? ¿Personal que mangaba bolis y folios de su oficina? ¿El lazarillo que inaugura la picaresca española, la engañifa, el trincado sistemático?

Roldán, detenido en Laos, en 1995.
Roldán, detenido en Laos, en 1995.

El cine de Rodríguez parece anclado en los 80 y 90, pero en cambio está de rabiosa actualidad. Si la corrupción política se remonta a la Florencia de Maquiavelo, o más aun al Neanderthal —fijo que alguno ya usaba su posición de superioridad para dar coba al personal—, este cineasta de género hunde sus raíces ahí mismo. A un anteayer que es lamentablemente hoy. A El hombre de las mil caras, Rodríguez suma La isla mínima —ese relato que en parte cuestiona la Transición emanada del tardofranquismo y los ‘tics’ fascistas aún vigentes— y Grupo 7 —centrada en los albores del pelotazo de la España del 92 y en el todo vale para limpiar el decorado de un país ahora abierto al mundo—. Una suerte de trilogía inesperada que describe con precisión de neurocirujano esa gangrena que no se extirpa en un país de “mala memoria” y “malos hermanos”, como sostiene Sacristán en la irregular Toro.

Sin pretenderlo, según reconoce, Alberto Rodríguez se ha convertido en impagable cronista de la historia política, económica y social reciente de ese país posdictadura que aún pervive a golpe de trinchera y bandito. Y lo hace, a la manera de Chaves Nogales en A sangre y fuego, sin imponer buenos ni malos, exhibiendo a las bestias pero también a los mártires. Dejando que cada cual saque sus conclusiones. Digamos que con objetividad (esa cosa, esa quimera). La gente de mi generación, con cierta sensación de tiempo perdido cuando se percata de cosas así, siempre le agradeceremos a estos dos sevillanos, cada uno en su tiempo, que hayan arrojado luz donde hasta hace nada en este país solo había sombras, oscuridad, censura, mentira y manipulación. Unas lacras con las que hemos convivido desde chiquititos.

[ALERTA ‘SPOILER’]

El hombre de las mil caras es en realidad Paco Paesa —al que ni siquiera recordábamos y cuyo ambiguo personaje borda en la peli Eduard Fernández—, un tipo vinculado con los servicios secretos del Estado con una cara tan hard como su apasionante historia. Sigue vivo, a sus 80 años, pese a que su esquela apareció en ‘El País’. “Fallecido en Tailandia en julio del 98”. Y así todo.

4 opiniones en “‘El hombre de las mil caras’ o cómo nos engañó ‘Informe semanal’”

  1. Es una peli de las que considero fundamentales para nuestro cine y para nuestra historia

  2. impresionante peli, muy recomendable si no has oído hablar nunca de Roldán porque te sitúa muy bien y si conoces la historia igualmente buena

  3. Una historia muy buena llevada al cine por el mejor que podía plasmarla, además muy actual… cuantas mil caras tenemos hoy que no se saben

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