‘Hórror vacui’

Hoy tengo uno de esos días en los que no me apetece hacer nada y no consigo centrar mi atención durante más de cinco minutos en cualquier cosa que haga: escribo una línea, la borro, apago el ordenador; cojo un libro, leo tres páginas, lo cierro; empiezo a ver una serie, me doy cuenta de que hace rato que no me entero de la trama, apago la tableta; miro el móvil, deambulo entre las aplicaciones, lo dejo.

En realidad lo que a mí me apetece es no hacer nada. Nada de nada. Tumbarme en la cama, ir de una idea a otra, sin comprometerme con nada. Levantarme, sentarme… No quiero hacer nada. Absolutamente nada. Pero me come el sentimiento de culpa, porque me imagino las conversaciones de mañana:

—¿Y qué hiciste ayer?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Algo harías.

—No hice nada.

—¡Pero que los años vuelan! Algún día te arrepentirás de no haber aprovechado el tiempo todo lo que podías.

Así que aquí estoy: intentando hacer cualquier cosa sin apetecerme ninguna.

Este hórror vacui no es de ahora, de los tiempos modernos; ha sido toda la vida así. Siempre nos ha obsesionado lo de tener que llenar todas las horas del día con actividades de provecho. O de no provecho. Da igual. Lo importante es tener todas las horas ocupadas para no irnos a la cama con la sensación de haber desperdiciado el día, porque, entonces, nos arrea el insomnio, pensando en que deberíamos haber hecho cosas, muchas cosas, y así pasamos a desperdiciar también la noche, sin pegar ojo.

Ya en el colegio, la semana transcurría entre clases de yudo, gimnasia rítmica, inglés e informática. Y deberes, claro. Y cuando, por fin, no había nada que hacer, había que hacer algo. Por narices. «Vete a jugar, que estás ahí, sin hacer nada».

Sin embargo, había dos situaciones en las que te obligaban a no hacer nada. Una era cuando había que cumplir con las dos horas sin tocar el agua después de comer (si me metía en la piscina antes de tragarme el último trozo de filete de pollo empanado, a modo de la campanada que anuncia la medianoche en el cuento de la Cenicienta, entonces, el hechizo del corte de digestión se rompía y vivíamos todos felices y comíamos perdices).

Un día, de casualidad, aprendes que puedes tener un corte de digestión sin estar haciendo la digestión; que no se llama corte de digestión, en realidad, sino hidrocución; que da igual si has comido o no, porque lo importante es bajar la temperatura corporal poco a poco, para que no se produzca un shock termodiferencial.

—¿Te has tragado «El libro gordo de Petete» o qué? Pues te esperas dos horas porque lo digo yo. Y punto. Así que estate quietecito, ahí, sin hacer nada.

Y no había más que hablar.

La otra era cuando tenía que dormir la siesta porque me lo mandaban, porque así aguantaba más por la noche, en las fiestas, y entonces me tiraba dos horas (qué obsesión con las dos horas…) a oscuras, con todo cerrado, apretando muy fuerte los ojos; invocando al sueño, que no venía; haciendo el paripé por si a algún mayor se le ocurría pasarse a vigilar y veía que no estaba durmiendo y se desencadenaba el apocalipsis y… Ay… Ojalá me obligase alguien ahora a dormir la siesta.

—¿Qué tal? ¿Has dormido?

—Sí —bostezo, estiramiento, sonrisa. And the Oscar goes to…

Y salía corriendo de allí, por si mi respuesta no los había dejado satisfechos y me hacían repetir la siesta.

Pero en cuanto terminaba de hacer la digestión o de dormir la siesta, la tregua finalizaba. Venga, a hacer algo. A bañarte. A jugar. A estudiar. A leer. A trabajar. A hacer un curso. A apuntarte a Pilates, a yoga, a macramé. «¿Has pensando en qué te vas a matricular el año que viene?». «¿Haces algo mañana? ¿Hacemos algo?».

Pues mira, al final, para no tener ganas de hacer nada hoy, he terminado escribiendo, porque sí: a veces, las ganas de hacer cosas aparecen justo después de ponerte a hacer algo que, en principio, no te apetecía.

Pero tampoco pasa nada si un día no se aprovechan las veinticuatro horas.

 

2 opiniones en “‘Hórror vacui’”

  1. “…a veces, las ganas de hacer cosas aparecen justo después de ponerte a hacer algo que, en principio, no te apetecía.”
    Efectivamente, pasa muchas veces.
    Un placer, leerte

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