Inocencia interrumpida

Nunca había ido con miedo por el barrio. El colegio estaba a cinco minutos andando de mi casa —«Ahí al lao», que decimos los madrileños, que, como todo el mundo sabe, medimos las distancias así—, el reguero de niños hasta el mismo era incesante y, aunque en el parque se veían algunas jeringuillas, la convivencia con los yonquis siempre fue pacífica.

Un barrio normal, con su típico abusón, el Johnny, que nos amargó algunas de las tardes en las que me juntaba con mis amigos para comer chucherías y reírnos de todo y, sobre todo, de nosotros mismos.

Un barrio de toda la vida, con el exhibicionista de turno que nos salió al paso a una amiga y a mí, cuando volvíamos del instituto andando, mostrando, orgulloso, su anatomía, y al que amenacé con darle un paraguazo si no se guardaba aquello.

Un barrio obrero, al que conocía muy bien; al que tenía tomado el pulso; del que conocía sus zonas oscuras y había aprendido a moverme por ellas, a las horas adecuadas, o a evitarlas, en otras ocasiones.

Un barrio humilde, al que volvía, tranquila, en el búho, a las tantas, después de unos bailes y unas copas en el centro.

Un barrio feo y gris, pero al que quería, aun sabiendo que era feo y gris.

Nunca había ido con miedo por el barrio. Por eso, esa mañana, a las seis, bajaba hasta el metro, recién abierto, confiada, con mi maleta, para irme de viaje.

Poco antes de llegar a la plaza, un drogata salió de entre las sombras de la parada del autobús, con una navaja en la mano, cortándome el camino.

—Dame la cartera.

«Mierda», pensé. «Maldita sea mi suerte. Con la cantidad de horas extra que he tenido que hacer para poder irme unos días de vacaciones… Joder. Es que no me lo puedo creer. ¿Pero por qué a mí? ¿Por qué no te vas a robar a un barrio en el que la gente maneje más pasta, que aquí somos todos pobres? A ver… Si le doy la cartera, me quedo sin vacaciones: tarjetas, documentación… ¿Y si le doy una patada? Yo creo que se cae al suelo. Puedo con él. Con estas botas, lo tiro, fijo. Pero adónde vas, alma de cántaro, que llevas una maleta a cuestas… Y él, una navaja, te lo recuerdo, por si te ha olvidado. Bueno, tranquilidad. De momento, ha dicho que le dé la cartera. Sólo la cartera. No ha dicho nada del móvil. Y este tío lo que quiere es dinero. Vamos, seguro. Ojalá el pico que se meta a mi salud lo deje frito en el sitio. Ya miraré en los periódicos… Pues vas a tener suerte, cabrón, que saqué dinero ayer».

—No te voy a hacer nada, tranquila.

«Tranquila, dice. Pues guarda la navaja, no te jode. Bueno, que tampoco te conviene que se ponga nervioso y haga alguna tontería, así que vamos a hacer esto lo más rápido posible».

—Toma —le dije, tendiéndole ochenta euros y observando su reacción.

Al yonqui se le salieron los ojos de las órbitas al ver los billetes. Mientras los contaba, incrédulo, por haber dado semejante palo cuando todavía no había amanecido, yo, poseída todavía no sé muy bien por qué, dije:

—Pero déjame, por lo menos, diez euros para poder coger un taxi.

El yonqui me miró y, después de unos segundos, que a mí me parecieron horas, me dijo:

—Toma veinte, anda.

Cogí el dinero —mi dinero— y, con las piernas temblándome sin parar, enfilé hasta la plaza. Cada uno siguió su camino como si nada hubiera pasado. Como si él no me hubiera intimidado con una navaja y como si yo no acabara de negociar con un atracador. Me marché sin mirar hacia atrás. Sin creerme lo que me acababa de pasar, a pocos metros de casa.

«Vamos, que… Todavía tengo que darle las gracias y todo al desgraciao este», pensé, ya una vez dentro del taxi que decidí coger en lugar del metro.

Nunca había ido con miedo por el barrio, pero para todo hay una primera vez, y la mía fue ese día.