Jaco

El jaco, la heroína, el caballo, el pico… infinidad de nombres para referirse a algo prohibido. Todo lo que es de dudosa práctica se trata con eufemismos.

Amados 80, sí, qué recuerdos: la tecnología empezaba a despuntar, el destape ya era una realidad, las salas recreativas estaban llenas de chicos ociosos, grandes películas en el cine, grandes musicos amenizando las emisoras… y en un rincón o detrás de un coche, un chaval de 22 años perdiéndoselo. Ajeno a la realidad, metiéndolo todo en un cilindro de plástico y empujándolo con un émbolo adentro de sus venas. Como si fuera un desagüe biológico.

El yonki, el gran olvidado. En algún momento fue un chico que aprendió a montar en bici en uno de esos solares de la España preburbuja, donde las hileras de bloques se separaban por pequeños campos sin uso determinado. Las mismas extensiones, mitad escombros mitad malas hierbas, donde se despidió para siempre de sus ruedas pequeñas, sirvieron luego para coserse, a base de pinchazos, las alas de alucinar.

Descampados, solares, callejones y azoteas; cualquier sitio era bueno para dejar abandonadas las jeringuillas después del chute. Un instante para olvidar la responsabilidad de todos tus actos. Un dulce coma en el que ya no importaba si dejabas una aguja, infectada o no -quién sabe, no era importante-, cerca de un parque o un colegio. Los mismos lugares oscuros donde hoy yacen condones usados, antes estaban repletos de material sanitario. Era fácil reconocer donde había habido una reunión de heroinómanos la noche anterior. Eran los restos de un aquelarre sin el romanticismo de la herejía. La parte más oscura y vulgar del ser humano.

Se frivoliza con el hecho de que los niños de los 80 teníamos que esquivar jeringuillas para jugar al fútbol. No era para tanto, pero sí que te podías encontrar con alguna sorpresa en un sitio inesperado. Lo normal es que los ‘yonkódromos’ estuvieran señalados como puntos negros en los mapas del barrio.

Los yonkis no eran tan peligrosos como su legado inyectable. Éstos normalmente se ahuyentaban con una amenaza de pedrada. Sus cuerpos, débiles, lánguidos y sin fuerza, no tenían maldad comparado con los escorpiones que dejaban debajo de las piedras. Poco sabíamos del SIDA por entonces. Algún anuncio que otro -recuerdo muy bien el muñequito del bigote besando a otro de su mismo sexo, ¡qué escándalo para los tiempos que corrían!- y alguna charla fugaz sobre el tema. Sabías que existía y que era una enfermedad de gente de mala vida. Eso decían.

Alguna vez nos aventurábamos en una de esas explanadas de vicio para ver qué se cocía por allí. Una especie de morbo, confundido con el querer descubrir qué es lo que hacían los mayores. No siempre se diferenciaba si era un comportamiento adulto guay, o una locura de unos tontos que entregaban su vida a una ruina asegurada, social, económica, familiar y sentimental. No estoy orgulloso de esto que os voy a contar, ni quiero que lo interpretéis en tono de humor -aunque en cierta parte puede ser inevitable-: resulta que mi amigo Nicolás y yo estábamos jugando con la libertad que tenía un niño de seis años en los 80, esto es siempre que no te alejaras del radio de acción de la llamada universal de una madre. Junto a unas bolsas encontramos unas jeringuillas, algunas con varios mililitros de sangre dentro.

Los que vivimos aquello relativamente de cerca, sabemos que los drogodependientes no sólo se inyectaban, sino que recuperaban un poco de sangre para volver a inyectársela sin sacar la aguja. Una especie de mete saca que Freud diagnosticaría rápidamente. En mitad de un pico, muchos se quedaban extasiados y la jeringuilla quedaba llena; incluso quedaba clavada en la vena mientras que el tipo se recostaba hacia atrás con los ojos vueltos -menudos destrozos-. El caso es que por desconocimiento o por pura diversión, cogimos una de esas jeringuillas y se la inyectamos a Hércules, un cruce de mastín con algo más; era el perro del portero que siempre andaba suelto por ahí. Muy noble, evidentemente. Por castigo divino o por mal karma, me pinché en un dedo. No se me ocurrió otra cosa que llevar las jeringuillas a mi casa y decir a mi madre que la herida de mi dedo estaba causada por una de esas cosas. Imaginaos. No, no podéis imaginar lo que se montó en mi casa. En serio, no podéis. No recuerdo bien si estuve hospitalizado -por el pinchazo, no por los alpargatazos de mi madre-, pero sí recuerdo a mis padres dándome un abrazo porque no tenía nada, los análisis habían salido bien. Uf, por poco. Un abrazo sienta bien después de una colleja cada cinco minutos. No tener SIDA o hepatitis ni os cuento.

El peligro era real, estaba ahí, y sobrevivimos; no como los pobres que se fueron para siempre a lomos de un caballo. Como se fue también la felicidad de miles de padres que no pudieron evitar que su hijo estuviera “metido en la droga”.

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