‘A kind of magic’

Cuando mi profesora de parvulitos —palabra que me encanta, aunque ya no se use, porque es decirla y acordarme de los Phoskitos (tragaldabas se nace) que me comía en los recreos, cosa impensable ahora, creo, entre tantos L. Casei Imunitass— me enseñó a leer, yo no podía imaginar que, en realidad, estaba haciendo mucho más que darme la clave para descifrar lo que ponía en los carteles de las heladerías de «Mágala», como me empeñaba en referirme a Málaga (la dislexia hacía que sonase mágico), lugar donde mis padres me llevaron algunos veranos.

De un año para otro, aquellos carteles de símbolos ininteligibles que había por las calles pasaron a tener sentido para mí, que, con los ojos como platos, ante semejante descubrimiento, gritaba «¡Mamá! ¡Ahí pone “Horchata”!». «¡Sí, cariño! ¿Quieres una?». «¡Sí!».

Después de aquella «horchata», una de las primeras palabras que recuerdo haber visto escritas en mi vida (lo que decía sobre el tragaldabas…), me he bebido muchas más. Horchatas y palabras.

Justa, que así se llamaba la profesora que me hizo el mayor regalo de mi vida, me dio la llave que abriría la puerta de muchos sitios donde poder esconderme cuando lo necesitase, cuando la realidad fuera tan aburrida o tan dura que tuviera que refugiarme entre las páginas de un libro para poder soportarla. Y aún sigue siendo así. Treinta y muchos años después de haber aprendido a leer, todavía hay libros que son casa y que me han salvado de muchas cosas.

«Tú no lees; tú te bebes los libros», me decían mis padres, un poco abrumados por la cantidad de letras que solía meter en la maleta, cuando nos íbamos de vacaciones. Me encantaba leer, en las calurosas noches de verano, cuando todos se habían acostado, en el silencio sólo roto por el zumbido de los mosquitos. Rara era la vez que no volvía a casa, terminadas las vacaciones, con algún libro más, comprado en algún puesto o librería del destino vacacional de turno.

Mientras algunos de mis amigos me decían que ellos no leían en vacaciones («Ya bastante hay que leer durante el curso. Hay que dejar descansar al cerebro»), las estanterías de casa iban engordando al mismo tiempo que la angustia de mis padres, que habrían respirado aliviados si hubiera existido el libro electrónico en aquella época. «Si es que no cabe un libro más», decía mi madre, al tiempo que acudía a abrirle la puerta al del Círculo de Lectores, momento que a mí me encantaba, porque eso significaba que, al menos, un libro nuevo se sumaba a la familia cada tres meses.

Mis primeras lecturas siguen allí, en la que fue mi habitación. Han sobrevivido a años de expurgo, porque me he negado a deshacerme de ellas, de las primeras veces en las que fui consciente de que la magia existe y muchas veces está al alcance de los dedos.

Ahora puedo ir allí, sentarme en la cama y, como si fuera una máquina del tiempo, retroceder varios años, sólo con pasar unas pocas páginas, y volver a sentir la misma emoción que entonces e, incluso, recordar en qué circunstancias leí cada uno de esos libros.

Siempre que me reencuentro con un libro que ha sido importante para mí, revivo las mariposas en el estómago, al plantarme delante de la estantería y, después de un rato, terminar eligiendo ese libro; la emoción, al empezar a leerlo y notar cómo me iba atrapando la historia; el hambre, la sed, el deseo y el ansia, tras darme cuenta de que me había vuelto a enamorar; la tristeza, al ver que las páginas que me quedaban por leer eran ya muy pocas; la satisfacción y el sentimiento de vacío, a partes iguales, al terminar un libro que me ha gustado.

Hace muchos años, repasando una agenda antigua, encontré el teléfono de Justa. Sin pensar, en uno de esos muchos arrebatos que me dan, lo marqué. Una voz de mujer me respondió al otro lado del teléfono:

—¿Justa?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—Bueno, es que no te vas a acordar de mí. Fui alumna tuya hace muchos años. Soy Alicia…

—¿Moreno? —completó ella.

—Sí —respondí con los ojos llenos de lágrimas y gratitud.

Nos enfrascamos en una conversación de esas de las que apenas recuerdas los detalles, pero que, todavía hoy, te calientan el corazón cuando las evocas.

Gracias, Justa.

1 opinión en “‘A kind of magic’”

  1. Muy bonito. Me ha encantado

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