King of Kong

King of Kong: A fistful of quarters (Seth Gordon, 2007) cuenta la historia de la batalla personal que enfrentó a Steve Wiebe y Billy Mitchell. Una especie de Karpov-Kasparov, de Johnson-Lewis, de Alí-Frazer de los arcades.

Billy es toda una personalidad del mundo arcade. En 1982 batió el récord de Donkey Kong y, desde entonces, ha batido regularmente otros records mundiales en arcades como Pacman, Mrs. Pacman, centipede o Burguer Time. Carismático, con una mullet que envidiaría Chuck Norris, y una cierta tendencia a adjetivar a todo lo que hace como “famoso” y “Mundial” (ya sea su restaurante Rickey´s World Famous Restaurant o su propia línea de salsas picantes Rickey´s World Famous Hot Sauces). Billy sabe lo que es recibir el galardón al mejor jugador del siglo de las manos del creador de Pac-Man, Toru Iwatani, y cuenta con una legión de rendidos fans. Habla de sí mismo en tercera persona y siempre lleva corbatas patrióticas. ¿Se acuerdan del personaje de Peter Dinklage en Pixels (Chris Columbus, 2015)? Pues es una parodia de Mitchell

Frente a él se encuentra Steve Wiebe, un padre de familia de carácter presuntamente tranquilo y apocado que, durante toda su vida, ha sentido que se le negaba la fama y la gloria. Una lesión lo apartó de su emergente carrera deportiva y, luego, lo intentó con la música pero tampoco lo consiguió. Por carambolas del destino decide triunfar en el campo de los arcades y comienza a practicar con una máquina de Donkey Kong para arrebatarle el récord a Mitchell, que lo ostenta desde hace 25 años.

Lo mejor del documental es que va de cosas pequeñas y que parece que no tienen importancia, pero va revelándose como un reflejo espectacular de cualquier competición deportiva y de cualquier drama diario. Un ególatra frente a un hombre que siente la necesidad de reafirmarse, de devolverse los éxitos que consiguió en el instituto como deportista y, claro está, la lucha del aspirante que cuestiona la integridad y la autoridad de Twin Galaxies —la autoerigida institución que oficializa los récords—. Que parece tomar partido por Mitchell y su leyenda y no por un nuevo campeón poniéndole todas las trabas posibles; y por supuesto, la muy perversa personalidad de Mitchell que, instalado en la fama, no concede la posibilidad a su rival de enfrentarse públicamente.

El drama, la épica de lo cotidiano, la tristeza que provoca la mezquindad de los implicados y las personalidades de ambos contendientes hace que King of Kong rezume tristeza y belleza a partes iguales. Para un español que haya conocido las primeras salas de recreativos es fácil asistir sin pestañear a los detalles costrosos del asunto. Ya saben: los locales cargados, cutres y sucios donde se desarrollan las competiciones ahora y que nos recuerdan al aspecto que tenían aquellos Salones de Ocio de nuestra infancia y adolescencia. Se entiende que los americanos tienen ese aspecto después del paso de los años. Les puedo asegurar que los de aquí, al menos los que sufrieron la transformación de salas de billar a recreativos, tenían ese pinta horrible, esa falta de higiene y, en los peores casos, contaban con una clientela fija de pederastas y delincuentes juveniles (hay una descripción bastante buena en la novela Las Leyes de la frontera de Javier Cercas y dentro del género del “cine quinqui” tienen ustedes un buen material de archivo sobre el asunto).

Pese a que la industria del videojuego ha devuelto los laureles a las competiciones y se puede disfrutar de campeonatos gigantescos, bien patrocinados y convenientemente publicitados, el pequeño mundo de los récords de los arcade que retrata King of Kong es más entrañable, aunque solo sea porque, poco a poco, es un mundo que va desapareciendo a medida que más y más gente es capaz de conseguir partidas perfectas. Es decir, aquellas partidas en la que se pasan todos los niveles y se consigue el total de la puntuación posible.

SPOILER:

No sigas leyendo si no quieres pero Steve Wiebe batió el récord de Mitchell y, tras él, un cirujano plástico llamado Hank Chien lo ostentó durante unos meses antes de que Wiebe se lo volviera a arrebatar. Después vendría otro tipo llamado Dean Saglio y, este mismo año, Wes Copeland ha conseguido 1.218.000 puntos que, esta vez sí, parece que es la cifra más alta que se puede conseguir. Como no, Twin Galaxies, se tomó su tiempo a la hora de adjudicarle el récord por si, en un giro de los acontecimientos, Billy Mitchell era capaz de batir el récord nuevamente.