La chica del autobús

 

Uno de mis pasatiempos favoritos cuando voy en el autobús es observar a las otras personas con las que comparto espacio durante un rato. Me gusta jugar a adivinar cómo puede ser su vida a través de los trocitos que se les van escapando, sin querer.

Subo al autobús y me coloco, de pie, al lado de una chica que está custodiando una maleta de gran tamaño. «Irá a la estación de tren, para pasar el fin de semana fuera», pienso. Pero no me da tiempo a jugar mucho más porque, de repente, después de hacer una llamada telefónica, la chica se aproxima al conductor del autobús.

Perdone, ¿puede aligerar?

He debido de escuchar mal. Es imposible que alguien le pida al conductor que aligere. Uno mis miedos más recurrentes, cada vez que subo a un autobús, es que el conductor tenga ganas de ir al cuarto de baño y me baje en mi parada con las cervicales descolocadas por las prisas.

La chica regresa a su sitio, junto a mí.

Esta se cree que estamos en el pueblo —dice bien alto, para que todo el mundo lo escuche, el conductor.

La respuesta de la chica de la maleta no se hace esperar.

Yo no soy de pueblo. Yo soy andaluza y soy profesora de universidad. Pero yo no he estado en un pueblo en la vida. Y mi trabajo como profesora lo hago estupendamente, no como usted, que va hablando mientras conduce, que no se puede, y por eso va tan despacio.

Si habéis presenciado algo parecido alguna vez —y seguro que sí, porque sólo hace falta subirse a un autobús y esperar un poco—, sabéis que las conversaciones con el conductor nunca son cosa de dos: siempre se suma, por lo menos, un tercero.

Oiga, señorita —aquí está el tercero; es un señor que está sentado al otro lado del pasillo y que no se ha podido aguantar las ganas de participar—. Que no tiene nada de malo ser de pueblo.

No; si yo no…

Que una persona de pueblo no es menos que una persona de ciudad y no es nada vergonzoso haber nacido en uno de ellos.

Pero si lo digo porque me ha escuchado el acento y ha pensado «Esta es una paleta». Y no. Que no soy de pueblo y soy profesora de universidad, hombre.

Ya, ya lo ha dicho antes. Pero que le digo que no pasa nada si usted es de pueblo. Que yo lo soy y no soy menos que nadie por eso.

Si yo lo único que quiero es que aligere, que voy a perder el tren. Que él será de ciudad, pero conduce muy despacio. Claro. Como va hablando…

El conductor, que no se ha perdido ni una palabra, responde:

Lo que tenía que haber hecho es haberla dejado en la parada, con la maleta. Eso es lo que tenía que haber hecho.

Que deje usted de hablar y conduzca.

Pues ahora me voy a tomar todo el tiempo del mundo, fíjese usted.

Perdonar los semáforos en ámbar; frenada suave en las paradas; bajada del autobús hasta el bordillo; apertura y cierre de puertas, tranquilos. «Buenas tardes, señora». «Pasen al fondo, que hay sitio». Quitando el cabreo in crescendo de la chica de la maleta, diría que está siendo el mejor viaje en autobús de mi vida.

Esto es acojonante —prosigue la chica de la maleta—. ¡Que aligere, hostias!

El conductor le dedica una sonrisa a través del espejo. Yo, a estas alturas del viaje, empiezo a preguntarme por qué nadie le ha sugerido que se baje del autobús y coja un taxi.

Miro por la ventana. Estoy a dos paradas de mi destino. Empiezo a lamentar estar tan cerca ya, porque me voy a perder el desenlace de la historia. Si no llevara prisa, me quedaba hasta el final.

Oiga —una cuarta participante entra, por sorpresa, en la conversación, porque las conversaciones de autobús siempre terminan siendo corales—, que por mucha prisa que usted lleve, hay que ir con prudencia; que luego ocurren accidentes y nos lamentamos.

Ya, ya. Si yo no digo nada, pero es que él va hablando y por eso conduce despacio. Y como pierda el tren, me voy a cagar en todo lo que se menea.

Llego a mi parada. Justo antes de poner un pie en la acera, escucho cómo se unen un montón de voces más a la conversación. A lo lejos, me parece que alguien, por fin, menciona la palabra «taxi». Ya me puedo bajar del autobús tranquila.