La peligrosa democracia de lo digital

-¿Has visto los dinosaurios? Parecían de verdad.

-Sí, muy realistas pero no creo que en todas las escenas fueran 3D…

-Que sí, que sí. Que Spielberg dijo que sí.

Esta conversación seguro que la tuvimos todos al salir de ver Parque Jurásico en 1993. Esa película que abofeteó el imaginario en cuanto a efectos especiales que hasta entonces reinaba en las películas taquilleras, dejando claro que todo iba a cambiar a partir de entonces en las factorías de Hollywood. Por primera vez, algo como un dinosaurio, evidentemente irreal quedaba verosímil en pantalla.

Comenzó entonces el lento ocaso de los artesanos de los efectos tradicionales en todos los apartados: stop motion, sobreimpresiones, rotoscopia con pinceles, matte painting en lente… Los ordenadores llegaban para quedarse y se producía a un nivel aceptable que reemplazaba o mejoraba lo presente.

Bien es verdad que Parque Jurásico vendió muy bien sus dinosaurios digitales, pero si miramos con lupa el metraje, descubriremos la maestría técnica de Stan Winston, creador de los animatronics (muñecos físicos animados con pequeños motores) que era el responsable de las criaturas en la mayoría de los planos donde la acción no fuera muy intensa. Pero no es menos cierto todos tuvimos la intuición de que las puertas a un campo creativo infinito se habían abierto. El 3D, esa técnica experimental de creaciones de imágenes que poblaba el programa de La 2 Metrópolis, por fin daba el salto cualitativo al mercado mainstream. Y lo hacía subyugándose a la historia, al director de fotografía y al tempo del director.

Dos años más tarde, las computadoras desembarcaron en el mundo de la animación de la mano de Pixar con Toy Story, un trabajo impecable del uso de una novedosa técnica a favor de la historia y los personajes. Otro impacto descomunal. Lo que empezó con un mero subgénero, en menos de 10 años, cambió la industria de la animación de arriba abajo. Disney vio tambalear sus cimientos y acabó no sólo comprando Pixar, sino poniendo además a sus creadores John Lasseter y cía. al frente de sus estudios.

En 2002, George Lucas lanzó Star Wars, episodio II: El ataque de Clones. El primer gran lanzamiento de una película rodada con cámaras digitales. Se desataba pues la proliferación de equipamiento digital para los profesionales del cine. Si bien la llegada de lo digital ya poblaba algunas cadenas de televisión a finales de los 90, el salto al cine ofreció mucha más resistencia, ya que suponía superar la calidad de las cintas de celuloide de 35 mm. Años más tarde, Kodak, el gigante de la industria fotográfica y unos de los precursores, irónicamente, del avance digital, sucumbía y cerraba su negocio de cámaras. Sus ventas de celuloide hoy quedan restringidas a unos pocos directores que aún se resisten a rodar en digital.

¿Ha supuesto algún cambio lo digital en el modelo de industria? Por supuesto. Mirando en cada punto de la cadena necesaria para hacer una película, hoy vemos muchos más agentes (empresas) compitiendo que en la era del celuloide. Antes eran procesos muchos más caros y aparatosos, el negocio quedaba repartido entre unos pocos. Hoy en día, y mirando el lomo de un libro que me regaló mi padre, cualquiera puede tener Hollywood en su PC. Desde los primeros conceptos, los diseños, los story boards, la coordinación de equipos, los envíos de planos de rodaje, el 3D, la integración, el sonido, la música, el etalonaje y la misma proyección en sala comercial pasan por ya por ordenadores. Si además, contando que pueden estar conectados por Internet, la agilización del proceso y la reducción de costes es radical.

No es que cualquiera pueda hacer una buena película desde su casa, pero unos pocos bien organizados, sí.

Pero ojo; al igual que cualquiera con un bolígrafo y un papel no es escritor, tampoco cualquiera con las herramientas necesarias es automáticamente un cineasta. Es necesario, lógicamente, saber dirigir películas.

Dejando al margen estos aspectos, podemos decir sin dudas que la tecnología ha jugado un factor democratizador en el cine. No sin ofrecer peligros, claro está.

Las grandes pantallas verdes para el chroma key en estudio ofrecieron la posibilidad de extender el decorado en postproducción… los personajes digitales, tanto secundarios como protagonistas, se hicieron realidad… la tecnología de seguimiento del movimiento de cámara mejoraron muchísimo… En la década de 2000 eso dio pie a multitud de directores para que pecaran  de incautos y se metieran en un estudio para rodar íntegramente con chromas. Los resultados, a veces sutiles, a veces vergonzosos, eran una imágenes encorsetadas, con un exceso de tratamiento en su estilización y fondos muy recargados.

Sirva como ejemplo el propio George Lucas, que llevó su nueva saga de Star Wars a sitios cerrados de grandes ciudades, renunciando por completo a la estética Western de grandes paisajes de las películas originales. Proliferaron los personajes digitales sin razón alguna (¿recordáis a Jar Jar Binks?), los soldados imperiales eran 3D, todo lucía majestuoso y surreal… Claras señales de un horror vacui en toda regla: el miedo de un artista dejar un hueco vacío.

Hoy día, pasada la fiebre digital, los grandes estudios de Hollywood han tomado nota. Saben de este factor democratizador de la tecnología y los riesgos que conlleva su abuso. Se impone el equilibrio. Volviendo a mirar con lupa las últimas grandes producciones, observaremos que unos de los elementos del cine clásico, denostados a principios de 2000, han vuelto a cobrar valor: salir a grabar de nuevo en exteriores y usar efectos especiales en el propio set, como aplicando otra vez lo bueno que nos enseñaron Stan Winston y Steven Spielberg en Parque Jurásico: un buen equilibrio entre imagen real y elementos digitales.

Por ejemplo, las imágenes de cómo se hizo Mad Max son sencillamente alucinantes; la mayor parte de los elementos en pantalla son reales, usando lo digital en lo imprescindible y detalles secundarios (efectos blancos). Fast and Furious, otro ejemplo, también usa muchos más coches reales y especialistas de lo que uno pueda creer. Y, cómo no hablar de ello, en la nueva de Star Wars: el despertar de la Fuerza, podemos ver cómo se vuelve a los grandes exteriores, con actores disfrazados de soldados y réplicas de naves a escala real.

No podemos olvidar tampoco el increíble trabajo que se realiza para las series de televisión. Por poner el ejemplo más mediático, Juego de Tronos cuenta un nivel de efectos visuales impensables para un producto televisivo hace 10 años. Da gusto repasar la parrilla de televisión, encontrarte series de época, de ciencia ficción o de cualquier género y contemplar exquisitos trabajos a nivel técnico.

Vivimos la edad de oro de los efectos visuales, sin duda. No es el glamour artesanal de aquellas cintas imprescindibles de los 80 como E.T., Regreso al Futuro o Indiana Jones, pero hay que reconocer que, hoy, muchos más directores y guionistas tienen al alcance de sus manos estas valiosas herramientas para contar sus historias. Jamás ha habido tantas empresas en el sector de los efectos especiales y se han producido tantas películas y series de televisión con tanto nivel en este apartado.

Podríamos decir que cualquier tiempo pasado es de cartón piedra.

Autor: Clausman

Vida monacal con Wi-Fi; un asceta al día.

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