La tiranía de la sonrisa

“Sonríe, que estás más guapa”, me suelta, en el metro, un tipo que no conozco y que está en el asiento de enfrente. Lo miro, con mi dolor de muela del juicio, y, como no sigo su consejo, contrariado, me dice: “Chica, qué siesa. Pues un día sin sonreír es un día perdido”. Miro el móvil: son las siete y cuarto de la mañana. Es demasiado pronto para una discusión, así que subo el volumen de mi lista de reproducción Canciones para hundirme en la miseria y cierro los ojos. Ya no lo veo ni lo escucho, pero sé, perfectamente, que él me está diciendo algo como “amargada”, “creída” o cualquiera de esas cosas recurrentes.

Al llegar al trabajo, después de pisar una caca de perro y limpiarme el zapato lo mejor que puedo, cojo mi taza, en la que pone “¡¡¡Sonrie guapa!!”, y me encamino hacia la máquina de café. No sé si me exasperan más los signos de admiración mal puestos, la ausencia de tilde, la falta de coma o el mensaje en sí; pero bebo ahí el café todos los días.

—Qué mala cara tienes —me dice alguien, cuando voy hacia mi mesa.

—Un mal día —respondo, evitando dar detalles sobre la mala noche que he pasado, por el dolor de muela; la ducha con agua fría, porque el calentador no funcionaba; los dos kilos más que marcaba la báscula; lo poco que me gusta el otoño; y el dolor de cabeza que me ha asaltado al llegar a la oficina.

—¡Pues tienes que animarte, mujer! Sonríe, que la vida vuela.

Tiro, lo más disimuladamente que puedo, del sujetador, que se me está clavando, y con el latigazo que me da la goma, al escaparse de mis dedos, continúo el camino hacia mi mesa.

Mientras intento leer un artículo en internet, salta una ventana emergente. Es un anuncio de una clínica dental. Sonríe sin miedo. Nosotros cuidamos de tu sonrisa, dicen. “Encima, recochineo”. Me toco la parte de la cara en la que está la muela del juicio que me está dando la lata e intento cerrar la ventana, un par de veces, sin éxito. Cierro el navegador. A la porra, el artículo. Me veo una mancha de café en la camisa. A la porra, todo. Apago el ordenador. Me voy a casa.

A esas alturas del día, me han recordado lo importante que es sonreír un desconocido, una taza, una compañera de trabajo, un anuncio y un montón de cosas más. Pero yo no quiero sonreír, leches; yo sólo quiero llegar a casa, quitarme el sujetador y llorar abrazada a un cojín.

Nos han vendido la moto de que podemos cambiar el mundo a golpe de frases motivacionales, así que las soltamos cuando no sabemos qué decir, cuando tenemos que rellenar huecos. Es la revolución de la sonrisa. La recomendación de sonreír. La obligación de sonreír. “Si no estás sonriendo, no estás viviendo”. “Tu sonrisa es mi regalo”. Sonríe, sonríe, sonríe. Tapa tus otras emociones con una sonrisa. Deja de hacer lo que estés haciendo y sonríe. ¡Que sonrías, hombre!

Al llegar al portal, siento que las lágrimas quieren salir. “Esperad un poquito más, que ya sólo quedan tres pisos”. Los subo andando, deprisa, y cuando meto la llave en la cerradura, la presa se rompe. Me quito el sujetador, me siento en el sofá y me abrazo al cojín. Él aparece instantes después.

—¿Qué te pasa?

—Estoy triste.

Me abraza, en silencio, sin intentar llenarlo con frases vacías. Le mojo el jersey. Luego, después de un rato purgando las penas, por fin, sonrío. Pero porque a mí me apetece.

Un comentario en “La tiranía de la sonrisa”

  1. Yo creo que la dictadura de la sonrisa consiste básicamente en que nos hemos vuelto muy egoístas; nadie quiere ver caras largas, porque cortan el rollo. Parece que la vida debe vivirse como una fiesta continua; si estás depre, debes abandonar el lugar para no amargar al resto.

    Es verdad que ver a alguien sonreír reconforta y que deberíamos sonreír más; pero también es verdad que, en ciertas situaciones, mucho más tristes, por cierto, que un dolor de muelas, es imposible sonreír aunque nos lo exijan. De hecho, en esas situaciones es contraproducente sonreír.

    Yo no creo, como dicen algunos, que la vida sea maravillosa. Todo lo contrario: la vida es en general sufrimiento, pérdida, violencia, tiranía, obligaciones, hambre e injusticia. Cada vez que digo esto, piensas que estoy deprimido, pero no lo estoy.

    Éste es el principal error que cometemos, el pensar que quien ve la vida de manera trágica está deprimido. Mi forma de entender la vida no me impide levantarme por las mañanas, sonreír o relacionarme con los demás; pero sigo creyendo que hay que ser tonto para pensar que la vida es maravillosa. Tengo la sensación de que la gente quiere engañarse para no sufrir. El optimismo pueril de nuestros días es un trasunto de las oraciones a los dioses; se piensan los optimistas que su optimismo puede de alguna manera cambiar el signo de las cosas y procurarnos paz, salud y, sobre todo, el sempiterno buen rollo tan típico en las redes sociales, que ya cansa.

    Buen texto. Enhorabuena.

    Un saludo.

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