Las mujeres también tenemos pelos

Desde pequeñita –y ahora la cosa no ha cambiado mucho– siempre vi que en las películas las mujeres nunca tenían pelos en las axilas, en las piernas… o en el bigote. Yo crecí fijándome siempre en lo que hacía mi padre, un hombre que no se ha dejado influenciar por la moda de las barbas frondosas.

Creo que lo imitaba ya con 8 ó 9 años. Bien, pues siempre observé con muchísimo detalle cómo mi padre cogía su brocha y esparcía la espuma blanca y esponjosa sobre la barba. Una vez que ya tenía principio de Papá Noel, empuñaba su cuchilla y la deslizaba de abajo arriba y de arriba abajo con delicadeza. Hasta me gustaba escuchar cómo la hoja degollaba cada pelo negro. Sí, puede parecer enfermizo, pero contemplar en reiteradas ocasiones dicha escena me llevó un día a imitarlo. Fijaos. Yo, tan pequeñita, que podía tener el pelo recogido con un precioso lazo rojo –rosa nunca, gracias– me encerré en el cuarto de baño, cogí sus cachivaches de hombre, e hice cada uno de los pasos que mi padre hacía dos veces por semana.

Recuerdo que solo lo hice una vez. Nunca más. No me gustó hacerlo, pero lo peor sin duda fueron los remordimientos, el secreteo. No me gustaba esconderme para hacer cosas, ¿por qué no contarlo después? Sabía que estaba haciendo algo mal. Pero bueno. Hoy escribo sobre ello. No para confesarme ante la red, y menos ante mi padre –que sé que no me lee– sino para hablar sobre ese detalle tan pequeño como el vello, cosa que nos creemos que es solo asunto de hombres. Años después de ese acontecimiento tan “varonil”, escuché entre señoras que utilizar la cuchilla era una cosa devastadora para la piel, sobre todo tratándose de la carne de las féminas. Que si nos afeitábamos el pelo, este salía luego más duro y negro. Horror, tendré bigote para toda mi vida porque hice esa gilipollez. Fijaos hasta donde llega la inocencia. Diréis: “Oye, pensaste eso porque eras tonta y una rebuscada de cojones”. Bueno, yo creo que se debe más a la ignorancia que normalmente tiene una niña de 10 años sobre “aspectos de higiene”.

Mujeres, ¿sintieron apuro la primera vez que dijeron que se quitaban los pelos con una cuchilla? Aquella que lo manifestase se convertía en una paria. Lo normal era gastarse el dinero en cera caliente, ir a la esteticista o comprarse las bandas esas frías y pasar horas quitándote cada pelito que había hibernado entre tus pantalones durante el invierno. Hoy hablo de ello porque todavía, mi núcleo familiar se asombra cuando se percatan que utilizo una cuchilla. Mi padre tiene una y mi hermano también –comprada por el cabeza de familia, claro está–. Mi madre no. ¿Por qué? ¿Cómo se quita los pelos ella? Pues para mí es todo un misterio. Y yo, me las avío y le pillo alguna a mi padre. Todo destrangis. La cosa es que a veces se me olvida colocarla en su sitio, me pillan y me arman la marimorena. “¿Para qué quieres tú la cuchilla?”, me dijo la última vez. Pues verás papá, yo también tengo pelos, y de vez en cuando me da por quitármelos aunque sea invierno. “Pues cómpratela tú”. Vale. Tendré que autofinanciármela, pero oye, a mi hermano bien que se la compra.

¿En qué momento la depilación femenina se convirtió también en un tema tabú? Parece que las mujeres no tenemos pelos por arte de magia, como aquellas que despiertan en su cama perfectamente maquilladas. ¿Cuándo decidimos las mujeres hacer del cine y la publicidad nuestra realidad, nuestro canon de vida? Lo cierto es que las mujeres, cuando decidimos esperar a mañana o a algún otro día próximo para depilarnos el bigote, vivimos atemorizadas a que toda persona con la que hablemos nos mire hacia los labios y se percate de nuestro fino y alargado mostacho. ¿Por qué? No sé, lo hablé con varias amigas y es una fobia común. Pero oye, el miedo mengua conforme creces, aunque siempre tengas al ilustre de tu hermano para mirarte con una lupa y decirte: “¡Mira la bigotuda!”. Mujeres, hablemos de sexo, de menstruación, de vello corporal o facial. En fin, de lo que nos dé la gana. Pero hablemos. Es urgente.