Lo que ocurre cuando una mujer habla de la regla

Nosotras, las que la padecemos, la conocemos vulgarmente como la Señora Roja. Es una de esas personas a las que ves cuando vas por la calle y que realmente no tienes ganas de saludar e intentas evitar a toda costa, incluso sin disimulo. Pero no.  Esa persona termina viéndote e insistiendo. Ves por el rabillo del ojo que se dirige hacia ti. En tu mente planeas una huida rápida. Pero fracasas. Finalmente consigue acercarse, te habla, y más tarde se presenta en tu casa sin que tú hayas propuesto nada.

Sí, señores, nosotras lo llamamos: la visita de la Señora Roja. Eso es la regla. Algo anclado a la mujer de manera irremediable. Un lastre, aunque también un beneficio biológico. También un síndrome, aunque muchos no lo sepan. La regla es de la familia, la queremos a ratos —cuando nos anuncia que no estamos embarazadas accidentalmente— y la odiamos —cuando llega con fuertes dolores y nos irrita—. Sí, es como una hermana.

Pero… ¿qué tiene que ver la menstruación con el sexo? De todo, y es fundamental hablar de ello en base a las relaciones sociales. El sexo es tabú, y por cosas de la vida, porque la sociedad —como he comentado en anteriores artículos—  está chalá y es odiosa, también ha establecido que la regla sea “tema políticamente incorrecto”.

Seguro que os ha pasado más de una vez que habéis acudido a la universidad, al trabajo, o a donde sea, con una cara de muerta y con un dolor infernal en el abdomen, y habéis querido expresarle dignamente al mundo: ¡TENGO LA REGLA! Pues bien, ¿qué hay de malo en que la gente empatice con tu estado? ¿Qué hay de malo en que la humanidad sepa que estás con la regla? Aquel que está resfriado no va a impedir un estornudo para que la gente no se entere de que está enfermo. Yo normalmente cuando me pilla una regla de las malas, necesito tirarme en el sofá con una mantita y retorcerme de dolor mientras abrazo a mi gato, y tengo la necesidad de comunicarlo. Ya sea a mi familia, a mis amigos o a quien me pille. Y diréis: pues ole tú. No, no. Esto no ocurre siempre. Las mujeres más jóvenes, e incluso alguna mayor que aún no sabe cómo introducirse un tampón, interiorizan el dolor y prefieren que pase inadvertido porque no es de “señoritas” hablar sobre la regla. Sí. Esto existe.

Pero también es cierto que muchas veces nos callamos porque no queremos escuchar la frasecita esa de: “ten cuidado, que tiene la regla”. ¿Perdona? ¿Te voy a comer? La regla es un chiste, pero entre mujeres nos entendemos y podemos mofarnos de ella. Lo malo es cuando el hombre comenta sobre nuestras “dolencias”. Sí, lo pongo entrecomillado porque para muchos nos quejamos por gusto. ¿Quién no se perdió algunas pruebas físicas en el instituto por esos días del periodo? “Ya están estas aprovechando la excusita”. ¡Já! Qué sabrán ellos. Nosotras jamás cuestionaremos lo que duele una patada en las pelotas, pero ellos sí pueden opinar y asegurar imbecilidades sobre nuestro temperamento y nuestros dolores cuando estamos “en esos días”.

Se ríen de nuestro estado. ¿Nos irritamos? Sí, pero no siempre.  Todo lo causa el síndrome premenstrual que se presenta justo antes o durante el primer o segundo día. Este trastorno genera dolor abdominal, malestar general, náuseas, dolor de cabeza y cansancio. ¿Siempre? No. El asunto está en que preguntéis cómo estamos, no que deis por hecho que vamos a morder a alguien en cuanto goteemos sangre.

Entre mujeres es más común hablar este asunto. A veces nos alegramos cuando coincidimos en el día inicial, o le echamos las culpas a esa amiga por estar siempre tan cerca y adelantarnos el periodo. Pero lo que sí les cuesta —a algunas— es hablar sobre las herramientas que se utilizan durante la menstruación. ¿Quién no ha pedido una compresa a una amiga y la ha guardado rápidamente en el bolso para que nadie la vea? ¡Ah, que nadie se dé cuenta de que mancho! Por favor… Son niñerías. Cuando por fin me di cuenta de que esta “vergüenza” era algo absurdo, cogí y pregunté en voz alta si alguna tenía un tampón jumbo. Las reglas son como las mujeres. Hay de todos los tipos. La envidiada que dura tres días, la que mancha poco, la de tampón y compresa, la que apenas tiene dolores, la que tiene que medicarse cuatro veces al día, la moderna que se pone un kinesiotaping para reducir las molestias…

Pero ya hablaremos en otro momento de la variedad de cosas que se pueden introducir por una vagina.