Los cinco sabores básicos

Últimamente no duermo muy bien, por lo que me dedico a no hacer nada de la forma más constructiva posible. Planeo la pérdida de tiempo de un modo tan meticuloso como absurdo. Cada noche igual, el mismo protocolo. Ceno a eso de las ocho, siempre en la cocina, sin televisor ni teléfono móvil que me pudiese evadir de una buena conversación, de una charla que últimamente nunca sucede. Llevo una década viviendo solo. Desde que me separé de Gloria no he vuelto a rehacer mi vida. “Como si antes hubiera tenido alguna” pienso en ocasiones.

Desde pequeño, me inculcaron el valor de la palabra de quien habla con la boca llena. La mesa es el diván de los sabores, el punto de reunión de los que precisan un contexto para comunicarse con la familia. La hora de comer era el momento preciso para hacer recuento de lo que había sucedido durante el día. Mi madre comentaba que esa era la primera vez que se sentaba en todo el día, después preguntaba a papá por la jornada en la oficina, a mi hermana por la mañana en el colegio y conmigo usaba un tono molesto y desinteresado con el que me preguntaba por qué no iba a la universidad más a menudo.

Todos contestaban que bien, nada del otro mundo, lo mismo de siempre, ya sabes… Sin embargo, yo ya estaba cansado de explicarles que hacía meses que había dejado de lado mi formación universitaria. Ahora colaboraba en una especie de taller literario donde devorábamos libros para después vomitarlos junto con las sensaciones más viscerales que nos habían producido. Nos reuníamos dos o tres veces por semana. En ocasiones alguien leía en alto. Otras veces traían una guitarra para amenizar la prosa. Eso, cuando no fumábamos maría enganchados a una botella de vino peleón que terminaba desplomándonos en la lona, donde follábamos los unos con los otros. Era un club especial, cierto. No creo que hablarle de ello a mis padres durante la hora de la comida fuese la mejor opción.

Ahora revuelvo un bol de ramen cargado de glutamato mientras recuerdo, con cierta melancolía, aquellas orgías literarias. El glutamato monosódico es mi obsesión, mantenemos una relación amor-odio, como todas las relaciones que realmente merecen la pena, aunque te destruyan. El glutamáto monosódico es una neurotoxina que potencia el sabor de los productos, acercándolo al “umami”. Dicen que hay 5 sabores básicos y/o esenciales. Dulce, salado, amargo, ácido y el “umami”, que en japonés significa “sabor agradable”.  Yo no supe esto hasta que tuve la oportunidad de hablar con Xabier Gutiérrez, un cocinero muy lírico con el que discutí por qué el picante no está en la lista de los sabores esenciales. Xabi me respondió que más que un sabor, el picante era una sensación. Supongo que por eso hay sensaciones que dejan mal sabor de boca.

El caso es que el glutamato monosódico es tóxico, arruina el cerebro, provoca cáncer, elimina la hormona leptina, que es la encargada de disminuir el apetito, y además provoca esterilidad en las hembras roedoras. En realidad, el estudio no se ha hecho con personas, pero la soledad en ocasiones le invita a uno a tratar temas que terminan por irse de las manos. Es la parte mala de acostumbrarse a hablar durante las comidas, que cuando lo hacemos con nosotros mismos terminamos siendo presa de los miedos más profundos. Aunque no siempre.

Leo en voz alta, y con la boca llena, cada uno de los ingredientes impresos en los envases que hay sobre la mesa. De pronto, una sucesión de golpes en la puerta interrumpe mi lectura. No espero a nadie, del mismo modo que nadie espera nada de mí. Alzo la mirada, como queriendo no ver nada y vuelco mi atención en la etiqueta del bol de ramen. La misma sucesión de golpes, esta vez algo más violentos, hace que me levante y camine hacia la puerta. El último metro y medio lo realizo de puntillas, como un astronauta sin prisa, queriendo evitar así hacer el mínimo ruido posible. La madera del suelo cruje, coloco la palma de mi mano en la puerta y miro a través de la  mirilla. Es entonces cuando veo pasar mi vida delante de los ojos. Mis pulsaciones se detienen, un estúpido aliento emerge de mi boca entreabierta, tensa y seca. A duras penas, consigo abrir la puerta y allí estaba ella, la muerte, sin ninguna prisa aparente.

-¿No me vas a invitar a pasar?- comenta con un tono amable.

-¿Vienes por lo del glutamato?- se me ocurre decirle.

-¿El qué?- contesta confundida, con medio pie dentro de mi casa.

-¿Es mi hora?- pregunto arriesgadamente.

-No, no. Para nada. No vengo a llevarte.

-¿Entonces?- me la juego.

-He venido a quedarme una temporada.

-¿Cómo? ¿En mi casa?- pregunto descolocado.

-Si no te importa- contesta-. Bueno, a decir verdad, va a ser así te importe o no.

-Pe, pero… ¿y el resto? Quiero decir. Tendrás trabajo que hacer. Fuera de aquí, me refiero.

-La verdad es que no.- Alza los hombros con un gesto inocente, como el niño que ha terminado los deberes y sólo piensa en jugar un rato.

-¿No va a morir nadie más?

-Morir, morir, sí. Pero cada uno tiene su propia muerte, rara vez atendemos a dos personas a la vez.

Le ofrezco ramen, me pregunta sobre el glutamato, le comento eso y muchas cosas más. Conversamos, comemos, bebemos y reímos como si fuésemos dos amigos de la universidad. Ella, muy correcta, me cuenta qué tal le ha ido en el trabajo. Yo relato con lujo de detalles los encuentros en aquel club literario. También le hablo de Gloria, de los niños y de mi posterior soledad. Me escucha detenidamente y después comenta que estaba al día de todo, pero que le daba apuro cortarme. Ella, acostumbrada a dar las peores noticias posibles. El caso es que ha venido para quedarse y eso es maravilloso.

-¿Si fueras un sabor, qué sabor serías?- le pregunto.

-Uhmmmm- piensa con la mano en la calavera, a la altura de su mandíbula-. Creo que picante.

-No, eso es imposible, el picante no es un sabor, es una sensación.

-¿Y cuál es la diferencia?

No supe qué contestarle, pero su respuesta me dio qué pensar. En ocasiones tengo la sensación de estar muerto. Atrapado en un bucle de cosas que suceden por defecto. Ahora, con ella a mi lado, me siento más vivo que nunca. No quise preguntarle si esta casa era el infierno. Si cabía la posibilidad de haber fallecido décadas atrás. Quizá ella llegase tarde, puede que mi certificado de defunción se haya traspapelado o perdido en algún trámite en el otro barrio y desde entonces permanezco atrapado en un limbo de sesenta metros cuadrados, parquet flotante y una mesa que cojea.

Puede que nada de esto tenga sentido. ¿Qué hace ella aquí, conmigo? Quizá la muerte no sea más que una sensación pasajera que nos invita a sentirnos vivos tras la tragedia.