Con los ojos de un niño

Fotograma de 'La historia interminable'.

Es inevitable pensar alguna vez en nuestra vida —y más de una vez, dos y tres— que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sí, ya no hablo sólo de los que sentimos por nuestras venas esa sangre freak de la que tan orgullosos estamos, no, a todos nos ha venido ese pensamiento alguna vez. Si tuviera que enfocarlo a lo que en esta maravillosa revista se trata, podría aludir al ya tan manido “es que joder, antes sí que molaba la tv y los programas que daban”.

O: “Antes nos divertíamos con menos, con juguetes que nosotros mismos hacíamos”. Bien, no te voy a dar la chapa con eso pues creo que ya se ha hablado mucho de esto, pero piénsalo por un momento: ¿a que tú también lo has pensado alguna vez? Pero ahora, yendo más lejos, piensa algo: ¿cuántas veces has oído lo mismo de boca de tus padre, tíos, lo que sea? Vamos, que su pensamiento no dista demasiado del tuyo. Y claro, te asustas. Lo primero que te viene a la cabeza es: ¿me estoy convirtiendo en mi madre?

No. Tranqui. Las cosas no van perdiendo calidad con el paso de los años. Lo de la tv, viendo la telebasura sí es discutible, pero no. Lo de antes no era mejor. Eras tú el que era mejor.

No te me tires al cuello, tranquilo, que te lo explico.

Resulta que con el paso de los años vamos perdiendo la capacidad de ilusionarnos. Antes no era la calidad de lo que veíamos en la tv lo que nos apasionaba. Era la alegría de levantarte un sábado por la mañana, encender la tv y dejarte maravillar por lo que fuera que estaban dando. Era dejarte llevar por la pasión de jugar con tus amigos, daba igual el juguete. Era la capacidad de dejarnos sorprender por lo que nos rodeaba. Era eso. Con el paso de los años hemos ido perdiendo —o quizá nos han ido matando— ese sentimiento tan maravilloso.

Y no, no es que la vida haya ido cambiando, evolucionando, que lo ha hecho. Los que hemos cambiado hemos sido nosotros.

Es triste que me haya tenido que dar cuenta a través de mi hijo. Tiene dos años. He sabido reconocer esa ilusión por todo a través de su mirada, a través de sus risas y de su ilusión al descubrir el mundo que le rodea. Ese mundo que a muchos nos pesa, pero que a él le encanta. Y, siendo sinceros, le envidio.

El pensamiento más lógico sería el de decir: “Claro, él no tiene hipoteca, facturas que pagar, mil problemas en el trabajo, con la pareja…” Pero no, joder, no es eso. No es nada de eso. Todo esto va mucho más allá de los grandes problemas que creemos nos vapulean.

Estoy seguro que dentro de unos años él pensará que ya no se hacen programas de televisión como él veía, ni los juguetes tienen nada que ver con los que él disfrutaba. Pero ahora tengo clara una de mis labores como padre. Trataré de enseñarle a no perder la ilusión jamás, es más, yo mismo intentaré contagiarme de ese espíritu y apreciar esos detalles que antes me hacían sonreír y disfrutar de mi día a día.

Dejemos de engañarnos. Todo cambia, todo evoluciona, será a mejor o a peor basándonos en no sé muy bien qué criterios. Pero los que más cambiamos, los que más evolucionamos, somos nosotros mismos. Y en esto último sí estoy seguro que es a peor.

Sin duda, a peor.

Deja salir al niño que llevas dentro. Despierta de nuevo ese sentimiento de apreciar esas cositas que antes te hacían feliz. Olvídate del qué dirán o del cómo te mirarán. Que le jodan a los que piensen que haces cosas que no son propias de tu edad ni del estatus que nos hemos inventado y que dices representar.

No soy imbécil, sé que tú tampoco lo eres. Los problemas no se acabarán, no, olvídate de eso ya. Pero, al menos, serás feliz. Jodidamente feliz.