Los pasos perdidos

Esta mañana, mientras me duchaba, las he visto, después de mucho tiempo. Mis ojos están tan acostumbrados a ellas que ya no les presto atención. Tengo que hacer un ejercicio de concentración para fijarme en que siguen aquí. Hace mucho que sé que no tienen ninguna intención de abandonarme —y lo tengo perfectamente asumido y me da igual, marcas de cremas milagrosas que me estáis leyendo y os estáis frotando las manos en este preciso momento.

Las estrías me okuparon al mismo tiempo que otros complejos, porque la adolescencia es un terreno de arenas movedizas del que sólo con el paso de los años consigues salir. Y solamente cuando tienes las botas llenas de barro, después de haberla recorrido y desde la distancia que da el tiempo, llegas a reírte de ella, cuando ya estás a salvo y sabes que no vas a volver allí; pero mientras estás dentro, la sensación es bastante angustiosa.

La adolescencia es la lucha de la mente de un niño por adaptarse a un cuerpo que aún le queda demasiado grande. Corres, desesperado, de un lado para otro, intentando expandirte para llenar todos los huecos que hay en tu traje nuevo —«¿Otro traje? Pero si yo no lo he pedido. ¿Qué tenía de malo el viejo?»—; pero en cuanto consigues llenar uno de ellos, otro se queda vacío. Sobra tela; falta tiempo; faltas tú.

Si alguien me hubiese dicho que el secreto de la adolescencia es tener paciencia y esperar, probablemente no le habría hecho ni caso, porque la adolescencia es un saco de dramas, vergüenzas, complejos, «No me entiendes, papá» y «Ya lo entenderás dentro de unos años, hijo», que hay que llevar a cuestas, obligatoriamente, durante una etapa de la vida.

Las estrías, decía, llegaron al tiempo que los pelos en las piernas, que no había que depilar, porque, entonces, te salían más y «Eso ya es una esclavitud para toda la vida. Te los voy a decolorar y así se te ponen rubitos y no se te ven». Y ahí estás tú, en las fotos familiares, con tu falda y tus piernas pobladas de pelos, porque por mucha Andina que te echaras, se seguían viendo; porque la Andina no estaba hecha del mismo material que la capa de invisibilidad de Harry Potter; y tu madre y tu abuela están aguantándose la risa mientras miráis la foto, porque ellas ya sabían entonces que los pelos se iban a seguir viendo.

Estrías y pelos en las piernas. Y en las axilas. Y la regla. Y el acné. La verdad es que el precio que hay que pagar para crecer es alto.

La adolescencia es el purgatorio de la infancia. Intentaré recordarlo la próxima vez que coincida con un grupo de adolescentes en algún vagón del metro y mi instinto me grite que salga corriendo, mientras no dejo de escuchar esa cantinela, a modo de vacuna, que salta automáticamente cuando eso ocurre: «Yo no era así». Pero, probablemente, sí era así. Sin móviles; sin pendientes ni tatuajes; sin vaqueros rotos. Pero, por duro que sea aceptarlo, así: adolescente perdida.

Las mujeres nos libramos de tener que pasar por el trance del cambio de voz, porque la naturaleza explotaría de crueldad si la llegada de la regla, además, viniera acompañada de esto. Para mí fue un impacto dejar a algunos de mis amigos en junio y encontrarme en septiembre, tras las vacaciones de verano, con unos señores que físicamente se parecían a ellos, pero cuya voz era incapaz de reconocer.

La adolescencia es un puñado de hojas de diario llenas de descubrimientos, buenos y malos; es una extensa colección de capas con las que tapar inseguridades y miedos; es intentar aceptarse a uno mismo, aunque no te reconozcas en el espejo; es escuchar, varias veces al día, «Cuando seas mayor»; es una sacudida mental y corporal que se va calmando con el paso del tiempo.

A veces, cuando estoy un poco de bajón, pienso que si he conseguido sobrevivir a la adolescencia, puedo con cualquier cosa.

Si has llegado hasta el final de este texto habiéndote reído, al menos una vez, recordando alguna parte de tu adolescencia, enhorabuena: has pasado a la siguiente fase.