Los perros tienen la clave de la felicidad

Es un lunes cualquiera, vacío, de esos en los que no hay fútbol. El cielo está parcialmente nublado. Los semáforos mantienen una coreografía perfecta con los vehículos que bailan al compás de un tango intermitente. Una sombra acecha sobre la calzada, grotescos edificios se vuelcan sobre los peatones de un modo vertiginoso. Entre tanto caos, una chiquilla lucha contra dragones mientras sujeta un libro. Un mocoso escribe poesía recostado sobre un árbol deshojado y una anciana tira migas de pan a cualquier tiempo pasado.

En el noveno derecha de un edificio de dos plantas, un caballero amenaza con saltar al vacío desde el balcón de su castillo de naipes.  Un camión de bomberos enloquece a los vecinos con su canto de sirena. El perro que permanece atado a una farola frente a la caja de ahorros se lame con descaro. Ojalá llegase a quererme de ese modo. Como se quieren las personas que se han perdonado.

De pequeño, pasaba horas delante del espejo, intentando averiguar quién se escondía al otro lado. Dicen que si repites una palabra muchas veces seguidas, ésta deja de tener sentido y pasa a sonar de un modo diferente. Como si no la hubiéramos escuchado jamás. Es el efecto de las cosas desgastadas, que de tanto usarlas se quedan en nada. Lo mismo sucedía cuando me buscaba en el espejo hasta consumirme y dar con otra persona diferente. Miraba mi nariz tanto tiempo que dejaba de ser mía, incluso había un momento en el que no era una nariz. Al mirar mi boca, sonreía. Era una sonrisa contagiosa, porque acto seguido, volvía a sonreír. Sin embargo, nunca pude aguantarme la mirada. La encontraba vacía. Aun siendo mía me inquietaba. Esa sensación me abordó años después, como quien se lanza a las vías sin pensárselo dos veces, aprovechando la llegada de un tren que no para en ninguna estación. Pasé a convertirme en un garabato de piel y hueso, en un ser abstracto, en un Picasso sin firmar. En un completo extraño que extraña lo que un día fue. En ocasiones, uno no se reconoce pero se recompone. Pero eso no sucede siempre. Al menos, no a cierta gente.

Es un lunes cualquiera, como ayer y anteayer. El cielo está parcialmente nublado, justo encima de mi cabeza. Los semáforos bombean el tráfico por las arterias de la ciudad. Grotescos edificios parecen caer vencidos. De pronto el teléfono suena, como un canto de sirena.

-Hola papá.

-¿Sonia?-pregunto incrédulo.

-…ayer te vi, asomado en tu ventana… en realidad, te veo cada día. ¿Sabes? Desde la calle resultas un cuadro enmarcado.

-Ni te imaginas lo que resulta la calle desde mi ventana.

-… mamá no va a volver. No deberías seguir encerrado.

-¿Volver? Tu madre sigue aquí, pero no me reconoce. En el fondo yo tampoco lo hago, y me siento frustrado.

-Las niñas quieren verte, preguntan por ti y no sé qué decirles.

-Sonia, estoy olvidando su cara. Tengo miedo de perderlo todo, incluso lo que ya he perdido.

-Mañana iremos a verte. Intenta estar presentable.

Me lanza un beso y cuelgo antes de que llegue a rozarme. Camino hacia el espejo de la entrada y me enfrento a su reflejo. Debería afeitarme si quiero que mis nietas me reconozcan. Es curioso, llevo tanto tiempo descuidado que hasta había olvidado mi propio rostro. Tengo el poder de desaparecer de mi cabeza, como quien actúa en un escenario y con el paso del tiempo no recuerda el personaje que había interpretado. Acto seguido, me asomo a la ventana, casi por defecto, y ahí sigue el perro, atado a la farola, frente a la caja de ahorros. Sin mayores preocupaciones que ver pasar la vida mientras menea el rabo. Un estudio afirma que los perros no son capaces de reconocerse ante un espejo. Quizá la clave de la felicidad radica en eso.

A decir verdad, tan sólo hay 5 animales que pueden hacerlo: Los chimpancés, los orangutanes, los delfines, los elefantes y el ser humano. Que no deja de ser un animal, en ocasiones abandonado.