Los sueños de verdad se alcanzan despierto

Mateo madruga.

Cada madrugada se levanta antes que sus ganas.

Se viste despacio, como en el espacio. Después, pisa el suelo de la cocina, como quien da un gran paso para la humanidad. Su existencia se limita a estar en otra parte, siempre distante. Mientras tanto Elisa, su pareja, yace en el lado más frio de la cama. Hace siglos que no coinciden, creen estar viviendo un sueño y sólo se ven mientras el otro está dormido. Ella trabaja cada noche en un restaurante de cocina Nikkei. Él se deja la vida atornillando piezas en un viejo taller. Los días pasan, pesan y les acercan al abismo. Él la ve acostada cuando comienza el día. Ella se acuesta con él al final de cada jornada.

En el piso de arriba, dos ancianos duermen cogidos de la mano, “por si el otro se va antes de despertar”. La soledad resultaría insoportable en una casa cargada de recuerdos. Llegados a cierto punto, nos alimentamos de lo que una vez fuimos mientras intentamos seguir siendo algo parecido.

En el edificio de enfrente una chica sube la persiana de su habitación, como quien abre el telón de una obra improvisada. Se deshace de su camiseta y tras recoger su pelo en una coleta, abre la ventana y extiende el brazo. Como queriendo alcanzar un trozo de mañana. Desayunarse el mundo es ilusionante y digestivo. Mateo la mira, sin pensar en nada, mientras termina su tostada. Después, como por defecto, cierra la puerta de casa con un cuidado excesivo, como si fuese de barquillo. Siempre desaparece sin hacer ruido.

El botón del ascensor parpadea eternamente emitiendo un zumbido indetectable que penetra dentro de su cabeza. En cuanto éste cesa, las puertas se abren y descubre en su interior los restos de la vida que quedaba en el piso de arriba. Ambos ancianos permanecen recostados sobre el espejo. Se les ve libres, rejuvenecidos, como si no se hubieran ido. Hablan del tiempo y miran las llaves mientras descienden a la planta principal.

Uno, incluso después de muerto, tiende a seguir los mismos patrones.

Mateo les abre la puerta del portal, aunque ellos podrían atravesarla sin mayores preocupaciones. La anciana se gira bajo el quicio de la puerta y le comenta pausadamente. “Ojalá tú también encuentres la salida.”

La vecina del edificio de enfrente se pasea desnuda por el ventanal. Elisa busca a Mateo para dormir abrazada a su espalda, pero encuentra vacío. Se están sacrificando por el lado que no es. Trabajan para mantener una vida juntos y se olvidan de vivir. Se echan tanto de menos que duele. Sin duda, lo que soñaron juntos un día no era esto.

Y es que, los sueños de verdad se alcanzan despierto.