Los surfistas nazis deben morir

En los últimos años, han surgido una serie de películas irreverentes y que saben reírse de si mismas, teniendo cierta acogida entre un público quizá no masivo, pero significativo. El mayor ejemplo es la saga Sharknado, que ha cosechado audiencias récord en el canal temático Syfy y ha sabido llamar la atención de un público no marginal. La saga Sharknado, por poner un ejemplo de este tipo de cine, presenta una insólita mezcla entre el subgénero de catástrofes medioambientales con el de ataques de animales peligrosos, en este caso tiburones. Otras películas en la misma línea absurda, nos han mostrado a zombis nazis o a tiburones zombis y nazis, tal cuál.

Aunque, nuevamente, diré que estos conceptos que parecen novedosos y vanguardistas ya tuvieron su lugar en el pasado. Hoy hablaré de Surf nazis must die, título traducido literalmente como Los surfistas nazis deben morir.

Producida por la Troma, quizá la productora más referencial de la denostada serie Z, estamos ante un film realmente peculiar estrenado en el año 1987.

En un futuro no muy lejano, Los Ángeles (California) padece un brutal terremoto que además de devastar edificios y dejarlo todo patas arriba, sume en el caos a la población. Las autoridades no dan a basto y peligrosas bandas callejeras campan a sus anchas. De todas ellas, una es especialmente poderosa y peligrosa: los nazis del surf. Liderada por un individuo llamado Adolf, autodenominado como el führer de la nueva playa, junto a sus secuaces (Eva, Mengele, Hook, Smeg y Brutus) controla el cotarro, saquea todo lo que puede y atemoriza y roba a los ciudadanos inocentes. Además, extorsiona a los miembros de las otras bandas exigiéndoles tributos y no permite que nadie practique surf en sus dominios.

Eleanor y Leroy Washington, madre e hijo afroamericanos, han perdido su hogar. La madre, entrada en años y con un carácter rebelde, ingresa en una residencia para la tercera edad y el hijo, inspector del suministro energético, contribuye a que la situación mejore y las aguas vuelvan a su cauce.

Leroy, cuando va a nadar a la playa, evita un robo por parte de un miembro de las juventudes nazis y tiene un encontronazo con Adolf que, cómo no, le suelta un comentario racista. Cuando Leroy intenta pegarle, aparecen dos de sus secuaces, Brutus y Hook, y le quitan la vida. Su madre, desolada, clama venganza.

Estamos ante un film cutre que no pretende ser ni parecer serio, algo muy en la línea de la filmografía de Troma. Aunque la temática resulte estrambótica y pueda dar juego, estamos ante un film generalmente tedioso. Aún así, algunos detalles son dignos de resaltar.

Las escenas de surf, no demasiadas, tienen un punto que resulta entre patético y desternillante. Los especialistas que ruedan las escenas, además de deleitarnos con su habilidad sobre la tabla, llevan trajes de neopreno con esvásticas pintadas (bastante mal hechas) e incluso se permiten hacer el saludo nazi mientras surcan las olas. Todo un primor visual.

Aunque el componente más llamativo, sin lugar a dudas, es la insólita heroína de la película: Eleanor. Además de tener una edad avanzada, es una mujer obesa. Aunque su carácter portentoso y su sed de venganza le harán convertirse en el azote de los surfistas nazis. Como curiosidad, aunque en la película la actriz Gail Neely interprete a mujer de unos sesenta años, en realidad solo tenía cuarenta cuando se estrenó la película. Lamentablemente, falleció en 2004. Su personaje es, sin lugar a dudas, el mejor de la película y la interpretación de la actriz es también la más destacable de todo el elenco, no suponiendo esto un mérito dada la mediocridad reinante en éste. Para que luego digan que las heroínas del cine solo han sido representadas como mujeres exuberantes y con mallas apretadas. He aquí la excepción que confirma la regla.

¿Recomendaría el visionado de esta película? No es una película para todos los públicos y no solo por sus escasas e insulsas escenas de violencia explícita o los destapes de rigor de este tipo de cintas. Desde luego no se la recomendaría a cualquiera. Aunque considero que para valorar el buen cine, se ha de hurgar en este cine cutre, mediocre y, a ratos, anodino. Nunca está de más darle una oportunidad.

¡Hasta la próxima peli!