Respeta a los mayores

“Respeta a los mayores” es una frase con la que muchos de los que hoy peinamos canas —algunos más que otros, ¿Eh, Dani Bordas?— crecimos.

La edad era un rango, hasta tal punto que, si pudieras viajar en el tiempo en una de esas máquinas que parecen una lancha steampunk de cruzar los everglades de Florida —el Delorean ya es mainstream— (fijaos qué dominio de los anglicismos y del retraso que tengo) y te encontraras con tu padre, el respeto seguiría siendo el mismo. Porque te dio la vida, claro, pero también porque nació antes que tú. Quizás tendrías que imponerte en alguna situación, como le pasó a Marty con George McFly porque éste era un pánfilo de mucho cuidado; también tuvo que poner en su sitio a su madre porque, literalmente, quería follarse a su hijo. Que ella no lo sabía, pero ojito con Lorraine. Tan modosita que parecía. El respeto de Levi´s Strauss siempre estaba presente —o de Calvin Klein si has visto la versión original—.

El que viajó en el tiempo fue John Travolta en Grease. Una panda de rebeldes de instituto, se supone que repetidores -porque tenían más años que el hilo negro-, muy chulitos y valientes. ¿Sabéis por qué? Porque no estaban ahí sus progenitores; que si no, se peinan ‘patrás’, sí, pero del sopapo que le iba a dar el padre. No había más que ver a Sandy tomando el té en su casa, muy educada ella y luego enfundándose la ropa negra, qué menudas pajGREASED LIGHTNIN’!

greased lightnin

Al margen de padres, en la calle siempre ha imperado la ley del más mayor, ni siquiera la del más fuerte. Si llegabas a una pista de futbito y había unos enanos jugando y tú tenías dos años más que ellos, esos críos iban fuera. Eso era así. Incluso se plasmó en un anuncio de Coca-Cola en el que había prioridad de mayor a menor. Que por cierto, ¿qué coño hacen ahí Schuster y Futre?

Bueno, vamos al turrón, ya dejo de daros la vara con frikadas: En algún momento de nuestra cultura, el respeto hacia los mayores se volvió desprecio. Hay sitios en los que los ancianos eran —y aquí lo fueron hasta hace poco— depósitos de sabiduría. Su memoria era un tesoro, un almacén de historias y anécdotas que había que escuchar. Ese don era tan preciado, que nuestros ‘viejecitos’ vivían con nosotros y no eran desterrados a un asilo —También hay otras culturas en las que si ya estás de más, te montas en un cacho de hielo y te dejas ir, todo hay que decirlo—. Aquí envejecer es un estigma, ya tus recuerdos no sirven; y no me gustaría estar en lo cierto, pero mucho me temo que algo tenga que ver que la sabiduría ya no se almacene en las personas, sino en las máquinas. 

Ahora, haciendo de abogado del diablo, empezaré una minicruzada contra el progreso: todo avanza tan rápido, que el joven es el que llega con los conocimientos nuevos, el viejo ve como su saber hacer se va quedando obsoleto, y el reciclaje debe ser tan inmediato, que el ordenador de su cerebro se queda desactualizado si no lo alimenta constantemente. Lo habitual es que a ciertas edades, el cansancio se acumule antes y no tengas las mismas fuerzas para luchar. La información es antigua en pocos días y la habilidad necesaria para manejar una maquinaria se transforma constantemente. El progreso mata a los ancianos, los hace inservibles antes de tiempo… que sí, que tu abuela tiene Facebook, pero me explico. Que a lo mejor no me explico, ¿es que me he vuelto viejo sin saberlo? ¡mierda! ¡ya no sirvo para nada! ¡No me ignoréis, por favor!

A estas alturas ya habréis visto el anuncio de la Lotería de Navidad. El nieto no levanta la mirada del móvil y todos sabemos lo que está pensando: “Que sí, puta vieja”, a lo mejor no tan exagerado. Frivolizamos con la actitud del chaval en redes sociales, pero en el fondo todos sabemos que es una manera normal de actuar con los mayores. Muy triste.

Bueno, zagales, espero no haberos dado mucho la chapa. En resumen, que cuidéis a los abuelos; que respetéis a la tercera edad, que saben más que vosotros, a lo mejor no de Windows y Mac, pero sí de la vida; que algún día os tocará. Que algún día nos tocará.

¡Pero bueno! ¡Qué tarde es! Me voy que no llego a coger el iceberg de las cinco y media, que me han dicho que ya estoy chocheando y a ver qué hago ya aquí. Hasta Siempre.