Misterios ochenteros

A la audiencia en los 80 le cabía un melón. Esa es la sensación que le da a uno cuando ve la cantidad de series míticas con efectos especiales de chichinabo, las actuaciones de medio pelo y las producciones made in ‘estamos pasando muchas fatiguitas’.

Reconozcamos que la Academia de Hollywood obviaba el cine de palomitas. Por completo. Por eso en los primeros años de la década fueron premiadas películas como Gente corriente (Robert Redford, 1980), un dramón sobre la ruptura de una familia, la épica Carros de fuego (Hugh Hudson, 1981), con aquella banda sonora épica a cargo de Vangelis, el biopic Gandhi (Richard Attenborough, 1982) y La fuerza del cariño (James L. Brooks, 1983), otro dramazo.

Era en la tele baratuna aquella, hecha con estrellas de capa caída que se agarraban a la cornisa de la fama jugando su última carta en la pequeña pantalla y talentos medios, en la que se desplegaba más nivel de imaginación y de cara dura.

Miren si no el spin off de Dinastía (1979-1989 Esther y Richard Alan Shapiro), titulado Los Colby (1985-1987, William Bast, Paul Huson, Eileen Pollock). Un fracaso de la cadena americana ABC tan sonoro que decidió echarlo en el olvido después de su segunda temporada. La falta de audiencia y la necesidad de cazar lo que fuera obligó a sus creadores a un esfuerzo máximo: la última temporada de la saga tenía espías de la KGB, enredos gubernamentales, negocios alrededor de una estación espacial, disparos, traiciones y, claro está, una abducción extraterrestre. Sí, la serie terminaba con un OVNI llevándose a Fallon Colby. ¿Por qué? ¿Y por qué no? Porque para lo que nos queda en el convento, pensarían sus productores, pues me cago dentro. Una buena estrategia si se piensa en que, pese a su fracaso en la televisión americana, la serie fue un éxito en mercados secundarios como España donde, nuestras tragaderas con todo lo que viene de USA, han sido siempre míticas.

Pero no es el único caso de tremendo barullo. Ahí está, por ejemplo, Dallas (1978-1991, David Jacobs). La serie tuvo 357 episodios, dos telefilmes y una larguísima vida. La serie volvió en 2012 y se mantuvo durante tres temporadas despidiéndose de la audiencia entre las lágrimas de los dallasliebers que, a día de hoy, siguen pidiendo la vuelta de las andanzas de la familia Ewing, unas personitas dedicadas a la explotación petrolífera, al lío familiar, a la borrachera y a los cuernos (no solo del ganado).

Aunque el personaje más mítico de Dallas fuera el malvado JR -interpretado por el actor Larry Hagman, tristemente encasillado en el personaje y recuperado después en papeles fabulosos como el que interpretaba en Nip/Tuck (2003-2010, Ryan Murphy) o Primary Colors (1998, Mike Nichols)-, tan mítico que hasta el cantante español Pepe Da Rosa le escribió una canción (Del Cabo de Gata/hasta Finisterre/hay que ver la gente como está con JR…) -una década antes le había dedicado otra canción a Banacek (1972-1974, Anthony Wilson) (Me han robado en el chalet/que venga Banacek…), el personaje protagonizado por George Peppard -otro actor encasillado- en la serie del mismo nombre- lo cierto es que el sexy masculino de la serie (que haya tiarrones y tiarronas en los culebrones es del todo necesario) recaía sobre Bobby Ewing, el personaje interpretado por Patrick Duffy. Bobby estaba buenorro (buenorro en los términos televisivo-ochenteros de llevar permanente, mostrar pelamen pectoral a través de la camisa abierta y mirar a cámara como si te acabaras de pegar un golpe muy fuerte contra el marco de la puerta y no quisieras que se enterara nadie) y era buena gente. Era el héroe de aquella familia de ratas texanas. Pese a que la audiencia de Dallas no se aburría de él lo cierto es que el actor que lo encarnaba, Patrick Duffy, comenzaba a estar cansado del tema y quería dar el salto al cine. Algo habitual. La tele era la segunda división y todo el mundo quería jugar en primera haciendo cine. El salto era tan grande como, por ejemplo, el que hay entre el cine convencional y el porno en la actualidad.

Los guionistas le preparan, pues, una muerte de esas de las que el personaje no puede escapar. Es decir, Patrick Duffy se asegura de no volver a Dallas palmando en un accidente de coche del que es imposible escapar. No queda en coma. No se abre una puerta a la esperanza. Nada de nada. Bobby Ewing está kaputt. Muerto. Está correteando por los campos de Nuestro Señor. Es un ex vivo.

Su mujer, Pamela (interpretada por la guapérrima Victoria Principal), le llora amargamente tumbada en la cama. Fin del capítulo. Bobby left the building.

Peeeero…resulta que a Patrick Duffy las cosas no le van tan bien como cree. Fuera hace frío y, coño, Dallas flojea en audiencia. Los productores deciden recuperar al personaje pero… eh, a ver, el personaje está fiambre. Todos hemos visto a Bobby Ewing palmando de forma horrible, no hay manera de que vuelva a la vida… ¡O sí!

Bien, pues hete aquí que, 364 días después, después de un absurdo episodio, Pamela despierta en su cama completamente azorada, escucha la ducha y ¡PAM! Dentro de ella hay un señor con el culo al aire que se gira y le dice: ¡Buenos días!

Ese hombre es Bobby Ewing.

¡¡¡¡¡¡¿Qué?!!!!!!!

Los productores decidieron que todos los episodios que había pasado desde la muerte de Bobby hasta su resurrección habían sido una pesadilla de Pamela Ewing, su esposa. 31 episodios. Nada más y nada menos. Mucho sueño para un adulto, quizás. El caso es que, aprovechando este giro, los productores de la serie pudieron retomarla en el punto exacto en el que la dejó Bobby Ewing y cargarse ¡31 episodios! De tramas idiotas para recuperar la cordura y el control de la situación.

Más tarde se nos iría la olla con Falcon Crest (1981-1990, Earl Hamner Jr.), otro pedazo de culebrón mítico, donde uno de los personajes, Chase Gioberti, moría en un accidente de coche. El personaje desaparecía pero, hete aquí, que durante un tiempo los productores estuvieron negociando con Robert Foxworth, el actor que lo interpretaba, para que volviera a la producción. Así que, en la ficción, la chunga Angela Channing (la mala malísima vieja interpretada por Jane Wyman) se pasaba yendo y viniendo de sus viñedos a un misterioso convento para consultarle cositas a un no menos misterioso fraile que, así al trasluz, parecía tener la permanente y el barbón de Chase. Que el personaje se mantuviera en las sombras era una estupidez, claro, que llevara ese pelucón también, claro, pero aquello nos hizo mantener las esperanzas sobre la vuelta de uno de los héroes de la serie que, desgraciadamente, jamás se produjo.

O ocurriría como en la serie Camuflaje (1984-1985, Glen A. Larson), emitida en España en 1987, en la que el protagonista cambiaba en el séptimo episodio de la primera y única temporada. ¿Por qué? El actor que encarnaba el personaje de Marc Harper, Jon-Erik Hexum, estaba enredando con una pistola cargada con munición de fogueo, se disparó en la sien pensando que no iba a pasarle nada pero lo hizo demasiado cerca y la deflagración le produjo una fractura craneal y la muerte. Fue sustituido por el actor Anthony Hamilton que dio vida a Jack Stryker, el compañero de pelotón de Marc Harper. Hamilton fallecería en el 95 de SIDA convirtiendo a Camuflaje en una producción maldita.

Pero el gran misterio de la televisión de los 80 sigue siendo cómo era posible que nos tragáramos aquellos truños sin rechistar, es más, celebrando cada episodio con una ovación final. El otro misterio irresuelto es cómo era posible que Jessica Fletcher, la protagonista de Se ha escrito un crimen (1984-1996, Peter S. Fischer, Richard Levinson, William Link) no recibiera un disparo del asesino que atrapaba en cada episodio nada más aparecer en la escena del delito. ¿No ves que esa viejita es cantidad de lista? ¿No ves que te va a descubrir? ¿Te crees más listo que La Bruja novata, guapo de cara?